Necesidad del perdón

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Una de las realidades más reconfortantes de la existencia humana es la certeza, la seguridad de saberse perdonados. Es verdad que previo a esta experiencia, o como su condición de posibilidad se necesita reconocer la culpa, lo que no es tan fácil. Solo quien reconoce la culpa es capaz de pedir perdón, y el perdón más pleno, más profundo, que implica acoger y levantar desde dentro a la persona puede ofrecerlo solo Dios.
Perdonar al prójimo es una fuente de crecimiento personal, porque en el fondo nos asemeja a Dios; en efecto, Dios es el que realmente sabe perdonar, nosotros en realidad no sabemos hacerlo, y en la medida en que somos capaces, en esa medida reflejamos el perdón divino. Perdonar nos engrandece, pero pedir perdón también: nos hace agradables a los ojos de Dios, porque nos hace humildes: aceptamos la realidad de nuestra pobre condición pecadora y al mismo tiempo reconocemos nuestra dignidad de hijos de Dios, es decir, criaturas amadas por Él, sea cual sea muestra conducta.
Desgraciadamente –y es una de las facetas en las que más se nota la huella del pecado- no es fácil ni perdonar, ni pedir perdón. El orgullo, el amor a la  propia excelencia pueden cegarnos de tal forma que ya no aceptemos al prójimo –si nos cuesta perdonar-, o que no nos aceptemos a nosotros mismos –si nos cuesta pedir perdón-. La no aceptación personal puede adquirir dos modalidades: desesperanza, sentirnos incapaces de ser perdonados a fondo, y por tanto de cambiar, es su forma depresiva; o por el contrario la de no reconocer el pecado, el error, o la culpa, la de disculparse a sí mismo parapetados en un cúmulo de justificaciones más o menos coherentes. En el fondo es la negación de la culpa, que suele ir unida a la facilidad para descubrir las culpas ajenas. Pablo VI en este sentido hacía notar que el gran pecado del s. XX era “la pérdida del sentido del pecado”: como para todo tengo excusas -“razonadas sinrazones” diría san Josemaría- en el fondo soy siempre inocente
Benedicto XVI recientemente hacía considerar a un grupo de obispos brasileños la necesidad de perdón que anida en el fondo del corazón humano. “El núcleo de la crisis espiritual de nuestro tiempo tiene sus raíces en el oscurecimiento de la gracia del perdón”. Muchas veces la culpa se esquiva, considerando que en la práctica no se dan las condiciones necesarias para que se verifique. “Pero en sus corazones, las personas así "liberadas" saben que esto no es cierto, que el pecado existe y que ellas mismas son pecadoras”.
Frente a esta actitud el Papa recuerda que “todos necesitamos de Dios como el escultor divino que elimina la acumulación de polvo y los residuos que se depositan en la imagen de Dios inscrita en nosotros. Tenemos necesidad del perdón, que es el núcleo de toda verdadera reforma: renueva a la persona en lo más íntimo de su corazón”.
La tarea de perdonar y de saberse perdonados es tremendamente positiva, fuente de auténtica alegría, esa alegría de fondo que tantas veces se extraña en la sociedad actual. “A medida que se realiza la purificación, también la subida -que al principio es ardua- es cada vez más alegre”. Alegría porque el perdón de Dios no es sólo una declaración externa que nos exonera de la culpa, es mucho más, nos hace realmente agradables a Él, nos transforma.
Para ello obviamente no bastan buenos deseos, es un don, una gracia. “Una obra como esta no se puede realizar con nuestras fuerzas, sino que son necesarias la luz y la gracia que vienen del Espíritu de Dios y actúan en el fondo de los corazones y de las conciencias”. Esa gracia y esa fuerza ordinariamente nos alcanzan a través de la confesión, nuevamente “sacramento de la alegría”. Si nos sabemos efectivamente perdonados por Dios, seremos más comprensivos con los demás, más sencillo nos resultará perdonar, porque comprenderemos su debilidad al sentirnos nosotros mismos débiles y necesitados del perdón divino y ajeno. Sabernos perdonados nos ayuda en definitiva a perdonar, a comprender, a querer a los demás como son y no como nos gustaría que fueran.