No child left behind... o cómo acabar con los alumnos brillantes

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Obama ha reconocido que la reforma del sistema educativo conocida como “que ningún niño se quede atrás”, aprobada por republicanos y demócratas en 2001 ha fracasado. ¿Está la escuela americana condenada a la mediocridad?

Washington no tiene competencias en materia de Educación. No porque las haya transferido, sino porque la Constitución reserva ese derecho a cada Estado. Sin embargo, en la campaña presidencial del año 2000, el conservador compasivo George Bush –hijo– y el demócrata ecologista Al Gore no debatieron sobre otra cosa. Quizá debatir no sea el verbo adecuado. Los dos candidatos estaban de acuerdo en que la nación estaba en peligro, que el nivel educativo era paupérrimo, que todos los intentos de Washington de meter baza desde la década de los cincuenta habían fracasado y que en el país había cerca de 20 millones de pobres –hoy son 42,3 millones – cuando Lyndon Johnson lanzó su guerra sin cuartel contra la pobreza –operación Head Start– que se basó en alentar –con pasta – a la clase baja para que estudiase, por lo menos, hasta niveles de Bachillerato.

Johnson no fue un buen presidente –Jackie Kennedy lo calificaría de otro modo –, pero impulsó la Ley de Colegios Primarios y Secundarios y rebajó la tensión racial llenando las escuelas públicas de negros, lo que resucitó las escuelas parroquiales en las que los blancos de clase media acomodada –mezcla de pragmatismo y racismo – matricularon a sus hijos para evitar que fueran formados en una escuela pública que perdía calidad a marchas forzadas.

El presidente Reagan se alarmó. Pero no mucho. Sólo ordenó que una comisión no partidista evaluara el problema. Las conclusiones fueron devastadoras. El informe se tituló “Una nación en peligro” y señaló que entre los males de un sistema educativo –tan flojo que un alumno conocía el 80% del temario sin ni siquiera abrir el libro–, el peor era la capacitación de los profesores.

Bill –“Es la economía, estúpidos”– Clinton se empeñó en mejorar la situación. Acertó con el diagnóstico –hay que formar mejores profesores para que formen mejor a los alumnos e involucrar a los padres en la educación de los hijos para que sigan estudiando y terminen, por lo menos, el Bachillerato–, pero se equivocó con la solución. Clinton dio dinero –casi sin necesidad de justificación– a los colegios a cambio de que estos se comprometieran a redactar informes anuales sobre los progresos realizados. La lógica se impuso y los informes fueron floridos y hermosos sin que la inspección estatal los podara. Los colegios y los inspectores mentían. El tinglado del buenista de Clinton se vino abajo.

Y entonces llegó George Bush hijo. Tras el recuento de la última papeleta preñada que le dio la victoria en Florida, el exgobernador de Texas le dio forma a la ley federal “Que ningún niño se quede atrás” (No Child Left Behind). Era 2001, el mundo –todavía– estaba en paz y Bush quería que el primer proyecto que llevara al Congreso fuera el de la reforma educativa.

Los republicanos quisieron implantar el cheque escolar para que los padres eligieran el colegio que quisieran. Los demócratas se negaron. Los demócratas quisieron que se crearan más colegios. Los republicanos se negaron. La idea general de consenso fue la de hacer públicos los resultados de los colegios e ir retirando las ayudas a los peores hasta forzarles –en un máximo de cinco años– a despedir a todos los profesores y ceder el control a la Administración. Esa forma de chantaje creaba algo delicioso: competencia entre las escuelas, pero también –y eso no lo supieron ver– competencia entre los estados. Y eso no fue tan delicioso. A ver qué político, como, por ejemplo, un gobernador con aspiraciones, permite que su estado quede mal.

Entre negativas y afirmaciones –negociación–, se llegó al acuerdo de sacar adelante una ley carísima que, básicamente, tenía el magnífico objetivo de conseguir que ningún niño se quedara atrás. Y lo consiguieron de la manera más fácil posible: haciendo que todos los demás niños, los que iban por delante, esperaran al rezagado. Todos los niños se quedaron atrás. Se acabó eso de dejarle al soldado herido una cantimplora y una pistola cargada. Todo el pelotón se queda a morir.

La idea básica del NCLB, el nuevo sistema educativo, era que el 100% de los alumnos dominara conocimientos estándares de lengua –inglesa, hablada y escrita– y matemáticas... Para eso, para conseguir el 100%, los profesores debían trabajar hasta la extenuación con los peores y abandonar esa extraña obsesión por dar otras asignaturas que alimentan el espíritu, como Arte, Sociales, Ciencias, Lenguas Extranjeras, Música...
Los objetivos de los mejores ya no importaban. El caso era que los torpes de cada clase no se traumatizaran y llegaran al minimísimo que marcaba el gobernador –con aspiraciones– del estado. En algunos territorios, los exámenes se convirtieron en una broma cósmica de lo fáciles que eran –y son–, mientras que en otros se mantuvo un compromiso de exigencia mucho más alto. El resultado es que ni siquiera así se conseguía mejorar la calidad objetiva de la educación.

Para 2009, con un mundo en guerra y la presidencia de Obama, Estados Unidos ya había conseguido que los peores monopolizaran a los aburridos profesores y que los mejores se frustraran sin remedio. Eso sí, el cuerpo de Marines se ha llenado de graduados y el segundo gran objetivo de la ley, el de crear un entorno seguro y no amenazante para los alumnos, se ha cumplido con creces con tanto marine dando charlas y con tanto abandono de los programas deportivos –que el torpe no se frustre–.

La pasada semana, al levantar la amenaza a muchos colegios de cerrarles el grifo de la financiación, el presidente Obama reconoció de manera implícita que la enésima modificación del sistema educativo ha fracasado. Otro borrón para Bush. No será porque nadie les había advertido de que el mejor camino para desacreditar a la escuela pública es no dejando que algún niño se quede atrás.