No tenemos nada que decirnos

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Hace 4 años dos jóvenes se casaron. El amor hizo que rompiesen las amarras de lo conocido y se lanzasen a la aventura emocionante del vivir juntos, con el compromiso del “para siempre” que sólo son capaces de dar los que se aman. Dos años después nacía una encantadora niña. Cuando la niña cumplía sus dos años, los esposos estaban separándose. ¿Por qué? Cuando le preguntaron eso al esposo y papá, respondió, no sin un deje de tristeza y de fracaso, con estas palabras: “No soy capaz de comunicar con mi esposa, no tenemos nada que decirnos”.
La historia, el drama de esta pareja y de su hija de dos años no es, desgraciadamente, algo insólito. Que fracasen matrimonios es algo que ocurre por infinidad de motivos y en todos los continentes. Que fracasen a los 4 años de casados no es algo del otro mundo, cuando hay quienes empiezan los problemas antes de celebrar el primer aniversario de bodas... Que se rompa la pareja incluso cuando hay de por medio uno o varios hijos pequeños tampoco es novedad. Entonces, ¿podemos declarar ya algo normal el que se diluya un matrimonio que unió precisamente a dos personas porque antes brillaba un amor intenso entre ellos, y ahora se apagó?
Al lado de tanto dolor y de tanta amargura encontramos otro tipo de parejas. “Viven juntos”, pero no sólo eso: cada día es un creciendo de amor, de proyecto común, de sueños y de planes para el mañana, de luchas y de fatigas para superar los problemas que se van presentando. Por eso no sólo “viven juntos”, sino que se aman, y por eso están juntos...
Alguien decía: “Si al mirarme te acuerdas de mí, no me mires; pero si al acordarte de mí me miras, ¡mírame siempre!” Los esposos felices, cuando vuelven a mirarse no lo hacen porque se crucen al ir de un sitio a otro de la casa, sino porque todavía hoy necesitan volver los ojos con el corazón a aquel o a aquella en quien siguen pensando con cariño y sin pausa...
Son parejas, también hay que decirlo, que pasan por momentos difíciles, por luchas, por “crisis matrimoniales”. Pero saben ver lo que hubo antes y lo que vendrá después de la tormenta. Quizá incluso discuten y no llegan a un acuerdo sobre esto o sobre lo otro (la nueva lavadora, el color de la pintura del cuarto, la madera para construir una silla nueva, el modo de tratar al hijo pequeño o al que inicia la adolescencia), pero encuentran las fórmulas para que el choque no lleve a daños mayores, y restablecen lo más pronto posible los lazos de la unidad y de la armonía.
En contraste con lo que nos decía el joven esposo y padre que nos llevó a iniciar estas reflexiones, estas parejas felices “sí tienen mucho que decirse”, porque están continuamente renovando un amor desde las nuevas experiencias y situaciones que la vida presenta sin interrupción.
El amor entre un hombre y una mujer tiene mucho de aventura y de pasión. Pero sobre todo es compromiso y entrega madura y responsable. Entre nosotros, a diferencia de casi todos los animales, no hay periodos fijos para la vida sexual ni para la vida comunitaria. Cualquiera puede entrar a formar parte de un matrimonio un radiante día de primavera (aunque haya un calor de espanto o caiga una tormenta tropical), y cualquiera puede abandonar sus compromisos porque le aprieta el zapato derecho, porque él o ella pesan 10 kilos de más, o por motivos más serios, incluso justos. Cada uno afronta la situación desde su propia libertad, y los mismos problemas pueden hacer que unos esposos maduren en su amor, y que otros pasen durante varios meses o años ese infierno de juicios y de riñas para lograr una separación lo más ventajosa posible... si es que se puede “ganar” una causa que no es sino la consumación de una derrota existencial.
Desde luego, hay casos en los que no sólo conviene separarse, sino que parece no haber otra salida. Cuando la otra parte está siempre en actitud de lucha y de acusación, busca y piensa sólo en el dinero, en el vino, en la droga o en el placer adultero y degenerado, o golpea una y otra vez, de modo incluso gravemente peligroso, a los niños o al otro cónyuge, y no da muestras de ningún deseo de cambio ni de superación... uno no puede no declarar fracasada una convivencia que ya no existe, que sólo genera odios y heridas siempre abiertas.
Por desgracia, no siempre el noviazgo ayuda a prevenir estas situaciones, a descubrir los problemas de incompatibilidad que podrán nacer en la vida matrimonial. Por eso los novios deberían darse cuenta de lo que implica buscar la otra media naranja para el resto de sus años, y pensar muy bien si se encuentran con la persona justa, o si quizá conviene todavía esperar un poco antes de dar un paso en falso del cual hay que arrepentirse luego, una vez que se han producido daños a veces irreparables.
Fuera de casos que merecen el juicio de un psiquiatra o de personas competentes, ¿cómo lograr que un matrimonio normal no naufrague? La respuesta es fácil y es difícil. Es fácil porque muchos ya han triunfado: basta que los dos pongan lo poquito que esté de su parte. Antes de casarse, pensándolo bien. Una vez casados, buscando continuamente que el amor crezca y madure. Pero también es difícil, porque cuando la otra parte no responde y se atrinchera en sus derechos y en sus mayores o menores “razones”, parece que cualquier esfuerzo resulta inútil, y uno ve la barca a la deriva, cada vez con más agua en la cubierta...
Por ello hay que descubrir todos los días esa “llave” que nos puede abrir el corazón del otro, como recuerda una escena simpática de esa conmovedora película, La vida es bella: los detalles. Siempre es posible volver a lanzar amarras e intentar la conquista maravillosa de un corazón que un día me cautivó y que quedó cautivado por mí. Esos detalles son sólo verdaderos (es decir, significan, dicen mucho) si arrancan de un corazón dispuesto a triunfar en el amor, dispuesto a darlo todo por el otro o la otra, pues en el juego del amor el que más pierde más gana...
¿No tenemos nada que decirnos? No siempre se ven parejas que hablen. Pero ni siquiera el hablar es necesario para vivir en un profundo amor matrimonial. Entre dos esposos enamorados, aunque ya hayan cumplido los 25 o los 50 años de casados, hay veces en que no hace falta decir nada. Bastan ciertos gestos y ciertas miradas, y todo está entendido. Se ha dicho mucho, porque hay mucho amor: sólo desde el amor se comprende y se acepta al otro, con o sin palabras.
Al esposo y papá que nos llevó a iniciar estas reflexiones quisiéramos decirle muchas cosas. La separación es no sólo un drama, sino una derrota. Y el amor verdadero no se resignará nunca a morir. Hay que volver a empezar, hay que iniciar a amar de nuevo. Quizá el tiempo ha dejado polvo o rutina, heridas o pequeñas incomprensiones, pero donde hay amor siempre se puede empezar. Habría que buscar incluso unos momentos para renovar, delante de Dios, las promesas matrimoniales, y para pedir que reviva lo que fue una realidad, lo que está llamado a ser un amor cada día más maduro y más hermoso. Y no dejar en creer que podemos cambiar, que es posible comunicar, con el lenguaje del amor, con la esposa, con el esposo, para el bien de los dos y para el bien de esa niña de dos años que espera ver a sus padres felices y enamorados para siempre.