¿Nos aburren las cosas de Dios? En la fiesta del Espíritu Santo

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1) Para saber

Ahora con el Internet sucede que muchas personas se han llegado a conocer por este medio. No importando qué tan lejos se encuentren una de la otra. Aunque en algunos casos ha habido personas que han llegado a casarse, sin embargo, en otros casos ha habido desilusión. Pues no es lo mismo conocer a alguien sólo por referencias o virtualmente, y otra muy distinta conocerla personalmente. No es lo mismo que nos platiquen de una persona, a conocerla personalmente.

Respecto al conocimiento de Dios sucede algo semejante, aunque al contrario, es decir, nos quedamos muy cortos, pues Dios es mucho más de lo que podamos imaginar: es más bueno, más misericordioso, más paternal, etc. La dificultad viene de que Dios es espíritu y no lo vemos. Sin embargo, para quitar esa dificultad, el Espíritu Santo nos ayuda a tener un conocimiento experimental, vivencial, de Dios. Y lo hace otorgándonos el don de Sabiduría. Es más, ese conocimiento sobre Dios nos lleva a amarlo más. Es un conocimiento más íntimo y profundo de Dios y de sus misterios.

Monseñor Luís María Martínez, quien fuera Arzobispo de México, lo explicaba con un sencillo ejemplo: Apreciamos mucho mejor el sabor de una fruta al comerla que si leyéramos las descripciones que se hacen en un libro de Botánica. Nunca se podría igualar el gusto experimental de tener la fruta en la boca, que el que obtendríamos si alguien nos dijera cuál es su sabor. De manera semejante, “así cuando estamos unidos a Dios y gustamos de Él por una íntima experiencia, esto nos hace conocer mucho mejor las cosas divinas que todas las descripciones que puedan hacer los eruditos y que todos los libros de los hombres más sabios” (“El Espíritu Santo y sus Dones”, capítulo IX).

2) Para pensar

Con este último domingo de mayo termina el tiempo pascual, con la fiesta de Pentecostés, que como sabemos, se conmemora el día en que el Espíritu Santo se hizo presente de forma visible en lenguas de fuego sobre los discípulos del Señor, donde cada uno de ellos quedó lleno del Espíritu Santo.

Cuando se comienza a armar un rompecabezas parece que sobran o faltan piezas: no se encuentran las que se quieren y, en cambio, hay algunas que no sabemos dónde van. Nos falta saber unir todas las piezas. Pero con esfuerzo, poco a poco va adquiriendo sentido todo el conjunto, hasta que por fin se coloca con satisfacción la última pieza quedando completa la imagen.

Algo semejante puede pasar en nuestra mente. Los conocimientos que vamos adquiriendo se pueden quedar “sueltos” en nuestra inteligencia, y es necesario que sepamos relacionarlos unos con otros. Por ejemplo, cuando conocemos a una persona, nos interesa relacionarla con otra información que tengamos: “¿Te apellidas Ruvalcaba? y ¿conoces a Raúl Ruvalcaba?; ¿eres de Guadalajara? Y ¿conoces a la familia Morfín?”.

Desde el punto de vista humano decimos que una persona es sabia si sabe explicar el origen y fundamento de las cosas relacionando unas con otras. Con los conocimientos que tenemos sobre Dios y todo lo que se refiere a Él, también es necesario unirlos y relacionarlos. Para establecer esa coordinación entre todos ellos nos ayuda el Espíritu Santo mediante el Don de Sabiduría, el último y más alto de los Dones.

Pensemos si tenemos ese gusto por las cosas divinas, y si fomentemos nuestra unión con Dios.

3) Para vivir

Cuando alguien muestra cierto aburrimiento ante las cosas de Dios, es probable que necesite hacer un esfuerzo por acercarse más a Él: confesarse y comulgar con más frecuencia. No dejar de tratar al Señor, pues eso produce un alejamiento y supone luego poner un esfuerzo mayor para las cosas de Dios. Y como cuesta mayor esfuerzo, es fácil que se deje de hacer las prácticas de piedad. Es decir, se vuelve un círculo vicioso.

En cambio, es sorprendente observar cómo las personas que más luchan por acercarse a Dios, son las que disfrutan más de las cosas relativas a Él. Es el Espíritu Santo que está actúa en ellas. Sin embargo, no hemos de perder de vista que lo que buscamos es agradar a Dios, y no ese gusto que se pudiera sentir, porque a fin de cuentas, ese gusto es un regalo de Dios. Y si no nos lo ha dado, debemos igualmente buscar agradarle, pues a quien buscamos es a Él y no a nosotros.

Si nos aburren las cosas de Dios, procuremos tratar más al Espíritu Santo, y Él con sus dones nos hará apreciar más la belleza que guardan.