Nuevos casos de suicidio

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Diariamente recibimos noticias de muerte violenta de personas. Hay el riesgo de irnos acostumbrando a ello… hasta que sucede en alguna persona conocida y, sobre todo, familiar o amiga. Entonces ese hecho de violencia irrumpe sacudiendo la conciencia y el corazón. Pero cuando se trata de suicidio, pueden brotar también sentimientos de incertidumbre, perplejidad, impotencia.
En las últimas semanas ha habido varios casos de suicidio en poblaciones de la diócesis de Tehuacán. Yo me pregunto: ¿Qué orilló a las personas a tomar esa decisión?. Por otro lado, ¿Cómo habrán reaccionado los familiares?; ¿Qué pudieron haber hecho antes para evitar ese desenlace? Más todavía, involucrándonos en la situación: ¿Qué pudimos haber hecho otros y no lo hicimos?.

Ya otras veces he reflexionado y escrito sobre estos hechos de suicidio. Me cuestiona que sucedan en una población en que la mayoría somos católicos. Entonces me hago otras preguntas: ¿A qué grado llega nuestra fe y pertenencia a Cristo, la relación con los que nos rodean? ¿De verdad valoramos la vida como regalo de Dios y para convivir y sobrellevarnos mutuamente con bondad y paciencia, con fe y esperanza? ¿O terminamos por soportarnos con impaciencia y por agredirnos y rechazarnos?

La opción del suicidio es puerta falsa, pero la persona que la eligió, la sintió como la única o la mejor salida, al perder el sentido de la vida… al no encontrar apoyos humanos que le ayudaran a salir adelante.

Recapacitemos en este hecho: si vivimos es porque suficientes personas nos han atendido y cuidado a lo largo de la vida. Disculpe la comparación, pero hay animalitos que en los primeros minutos, horas o días ya se pueden valer por sí mismos; en cambio nosotros, humanos, hemos necesitado durante varios años de otros humanos para sobrevivir. No podemos subsistir solos y aislados. Suficientes personas nos han ayudado a salir adelante. Hemos sido amados. Ciertos de haber sido amados lo suficiente, ya no sigamos reclamando más muestras insaciables de ser amados; sino que dejando de ponernos en el centro de nuestra atención, pongamos en el centro de nuestro corazón a otros que lo necesitan.

Podemos no ser culpables de hechos y situaciones en torno nuestro y que han tenido consecuencias desagradables o nefastas para nosotros, por ejemplo un accidente, una enfermedad que se complica, una interpretación injusta contra nosotros; pero sí somos responsables de la actitud que asumimos ante eso. De nosotros depende amargarnos la vida y meternos en un callejón sin salida… o recuperar el sentido de la vida, con signos de esperanza. Más todavía: podemos llevar signos de esperanza a otros.

Veamos y escuchemos en torno nuestro y con el corazón a personas en posible situación de depresión o angustia. Tengamos en cuenta que la persona que empieza a pensar en el suicidio, difícilmente lo comenta, encerrándose más bien en su situación; esto nos debe llevar a estar más alertas, más sensibles, para ofrecer la ayuda que se requiera.

Seamos amables: con nuestra mirada y nuestro tono de voz hagamos sentir a la otra persona que es valiosa para nosotros, digna de ser amada. No se trata de fingir ni de ser simplemente tolerantes, sino que dejemos que brote desde nuestro interior una actitud positiva hacia la otra persona.

Ayudémosle a que pueda descubrir motivos por los cuales disfrutar de la vida. En este sentido, será un gran paso si la persona puede decir “gracias” y sonríe.

Luego, que la persona descubra en sí misma, a su vez, aspectos positivos para ofrecer a los demás. Que se sepa útil a otros, con nombres concretos, por los cuales seguir viviendo.

Desde luego, que llegue a la experiencia de que Cristo Jesús es el mejor Regalo en su vida. Lo cual significa también que Cristo Jesús entregó la vida por él/ella… y Cristo Jesús no se arrepiente de eso.

Las propias tribulaciones tienen sentido si se unen a la cruz de Cristo: Que se conviertan en oportunidad de sufrir con Él para bien de otros que mucho lo necesitan.

Al ser sensibles y atender a otras personas en situaciones de depresión y angustia, no sólo nuestros propios problemas disminuyen o desaparecen, sino que nos llenamos de paz y de alegría, signos de entrar en el gozo de Jesús resucitado.