Nuevos Pilatos

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El procurador Romano Poncio Pilatos es paradigma del político cínico y sin escrúpulos, atento a valorar únicamente el costo-beneficio y la oportunidad de sus decisiones desde el prisma de la propia ventaja. No mira a la responsabilidad y a la confianza que ésta supone en razón del cargo; no mira a la justicia, de la cual debería ser imparcial juez y garante, mira exclusivamente al egoísta cálculo de ventajas políticas personales en las propias decisiones: su proyecto no es el estado o la nación a la que sirve, su única meta es la propia ventaja política. En lugar de servir por medio de la política a la nación, se sirve de la nación para propia ventaja política, y en los delicados avatares de la vida, no descubre responsabilidades cara al pueblo y a la historia, que reclaman su compromiso, sino circunstancias de las que puede beneficiarse, para mantenerse o subir en el poder.
Desgraciadamente la actitud Pilatos no se reduce a un triste expediente del pasado, por el contrario parece ser una epidemia que enferma a bastantes hombres de política, y no solo a ellos, sino a muchísimos otros que se limitan a encogerse de hombros y a dejar hacer en la sociedad, sin preocuparse por las injusticias que se perpetúan en la medida que no afecten a sus egoístas intereses. El cínico gesto de “lavarse las manos” con el cual Pilatos “tranquiliza su conciencia y se justifica” entregando a la muerte a un inocente se repite dramáticamente y con mucha frecuencia en la actualidad.
Cada vez que un político afirma “personalmente estoy en contra del aborto, pero no voy a hacer nada para impedirlo o limitarlo, porque no quiero imponer mis propios criterios”, en el fondo está repitiendo la actitud de Pilatos. Lejos además de tratarse de un ejercicio de “modestia” o de “respeto y tolerancia a la opinión ajena”, se trata de un ruin cálculo de ventaja política y popularidad: no quieren aparecer comprometidos con ninguna causa, quieren de alguna forma dar gusto a todos; a los que se oponen al aborto, sumándose a ellos, a los que lo promueven, no haciendo nada por impedirlo. Otros casos más patéticos y absurdos son los de aquellos políticos que “estando personalmente en contra del aborto” lo promueven, haciendo de la incoherencia y de la carencia de principios su carta política.
La pregunta de Pilatos, “¿qué es la verdad?”, pregunta retórica, porque no busca respuesta, permite sacrificar esta profunda aspiración humana en el altar de la utilidad y la ventaja. Pilatos no busca la verdad, no le interesa, o por el contrario “su verdad” es su ventaja, su provecho, su utilidad y su seguridad. Esa es desgraciadamente la “verdad” de bastantes políticos pusilánimes y cobardes: su propia ventaja y provecho, la ausencia de compromisos y convicciones; mejor aún, su única convicción es el provecho propio y todo debe someterse a ello. “¿Qué es la verdad?” vuelve a hacerse presente cuando una vez más en nombre ahora de la “tolerancia” se sacrifica al inocente, al concebido en las entrañas de su madre. La “tolerancia” sustituye a la verdad cada vez que se acepta el eufemismo de “interrupción del embarazo”.
Con esa actitud de “lavarse las manos”, bastantes políticos, y muchísimos más, que no se mojan pudiéndolo hacer, que están como espectadores y no como protagonistas de la propia sociedad, tranquilizan su conciencia. No se dan cuenta, o no quieren darse cuenta, de que así perpetúan la injusticia, de que se trata de una responsabilidad con la sociedad, con la nación y con la historia. Muchos políticos sin escrúpulos, muchas situaciones de injusticia viven del silencio de los pusilánimes. Así pensó Pilatos: sabe que Jesús es inocente, no quiere hacerle daño, pero deja hacer; así pensaron muchos alemanes de la década de los 30s del pasado siglo: “personalmente no soy antisemita, pero si es la voluntad del pueblo alemán la respetaré”. Con esa excusa se acostumbraron a ver como se pisaban los derechos humanos, justificándose y encogiéndose de hombros pensando que nada podían hacer.
Ellos incluso son menos responsables que nosotros: estaban en un régimen totalitario; nosotros en cambio democrático, es decir, si callamos es por abulia, por comodidad, o –una vez más- por servir exclusivamente a la propia ventaja política. Pero eso, en la época de Pilatos como ahora sólo tiene un nombre: cobardía.
Ya es hora de desenmascarar esa cobardía latente en la esquizofrenia de muchos políticos, que “personalmente están en contra del aborto”, pero que no hacen nada para evitarlo. Esquizofrenia que rompe al individuo en dos ámbitos, el público y el privado, consagrando un principio de incoherencia en el actuar humano. En el fondo además, con esa actitud promueven el aborto, al dejar hacer a aquellos que por lo menos son coherentes con sus propios principios erróneos y lo promueven activamente. Dejar hacer es una manera de cooperar, y los gestos como lavarse las manos no van a engañar, ni en la época de Pilatos, ni ahora. Gracias a Dios no todos los políticos, ni todas las personas que construyen la sociedad son cobardes, pero es deseable que sean cada vez más los que se dan cuenta de que la causa por la vida es de aquellas por las que realmente vale la pena comprometerse.