¡Oh María!

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¡Oh María!

 

Eres, oh María, señora de la historia,
porque en ti se cumplió "la plenitud de los tiempos".
Se inauguró contigo una nueva era
en la historia del hombre y Dios.

Nos llena de gozo saberte tan de ayer
y tan de hoy. ¡Tan de siempre!
Nunca envejecida, ni olvidada.
Siempre joven, como la gracia de Dios.

Te cantamos hoy,
como te cantaron ayer y te cantarán siempre
todas las generaciones:
¡Tú eres la flor más hermosa
y el fruto más preciado de la humanidad!

Eres la bendición pura de Dios
en el corazón del mundo y de la Iglesia.
Eres la bendita por excelencia y sin reservas,
sobre quien nunca recayera maldición ninguna.
Bendita, porque creíste y te fiaste de Dios,
porque a Él consagraste, por entero,
las fuerzas de tu alma y de tu cuerpo.

Cada vez que te llamamos bendita,
aprendemos de ti a encontrar
la música y la letra, el tono justo
de las bendiciones que debemos pronunciar
los unos sobre los otros.

Enséñanos a cantar tu Magnificat
bendiciendo a Dios por sus maravillas
sobre ti, sobre nosotros, sobre el mundo.
Amén.