El optimismo y el caracol

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El optimismo y el caracol

 “Imaginemos un caracol, un caracol de jardín. Recorramos con la mente la espiral que decora su concha y que le sirve de casa. Pensemos en la manera en que disfruta la humedad después de la lluvia. Parecería que le entusiasma tanto como a algunos de nosotros cuando retozamos entre las olas del mar .

 En el interior de la cubierta de roca de un caracol, así como dentro del ser más admirable y amado se encierra la historia del cosmos. Conocerlos a profundidad sería entender en detalle cómo se originó el universo.

 El caracol lleva a cuestas su casa. ¿Y nosotros? La mente, poblada de palabras. Nuestra edificación de ideas puede ser sorprendente, enriquecida a lo largo de la vida. A veces es un tormento: pesada y con recovecos oscuros que a pocas personas les gustaría conocer, allí domina el enojo. En esas mazmorras habitan la envidia, los celos, la ira. Otras veces nuestra mansión logra ser un sitio luminoso y siempre cambiante, con terrazas, jardines, columnas jónicas y habitaciones que no siempre tienen propósitos específicos.

Circulamos por sus laberintos y pasajes secretos, los vamos transformando en contenedores de recuerdos, música, ingenio y voces. Algunas de nuestras edificaciones son palacios, otras chozas, cada quien es responsable de su morada, de su casa-caracol”, explicaba, magistralmente, la astrónoma Julieta Fierro, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua.  

Efectivamente, cada uno es responsable de su morada, de cómo alimenta su inteligencia y su imaginación. Para los optimistas importan más las condiciones internas que las externas. Para ver con visión optimista hace falta fomentar las predisposiciones para ver primero el lado positivo de las cosas, antes que el negativo. El optimista no deja de ver lo negativo, pero lo ve en segundo lugar. 

El optimista nunca pierde la fe y la esperanza. Frente a la contrariedad, busca una oportunidad de crecer y de dar de sí. Lo que da más fuerza al ser humano es amar y saberse amado. Y todos somos amados por Dios, pero no todos son conscientes de ello. 

La pobreza más profunda es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia, la desgana..., todos los vicios que arruinan la vida de las personas y el mundo. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona.

El pesimismo se está configurando como una enfermedad crónica, y eso de debe a que estamos perdiendo amor a la vida, a la cultura, a los bebés y a nosotros mismos. La mujer que quiere el placer sexual pero no quiere compromisos, se desnaturaliza. Luego siente que le pasa algo, siente vacío”, y lo que le pasa es que está hecha para la donación, para los pequeños heroísmos, no para el placer y para encerrarse en sí misma, como el caracol. 

El verdadero problema de nuestro tiempo es la “crisis de Dios”, la ausencia de Dios, disfrazada de religiosidad vacía. Nuestra mansión interior “logra ser un sitio luminoso y siempre cambiante, con terrazas, jardines, columnas jónicas”, cuando adornamos nuestra jornada con lo que fomenta el “yo interior”: la oración, la cultura, la música clásica y la amistad desinteresada. “Llevamos dentro un caracol, la cóclea, donde recibimos los sonidos que se convierten en palabras”.

Conforme pasan los años acumulamos entusiasmo o pena. Para salir de la tristeza, no hay como la lectura o charlar, la cura por la voz.