La otra Cuaresma

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La Cuaresma es un tiempo providencial durante el que la creatura humana puede imitar a Cristo, en su retiro de 40 días en el desierto, a fin de experimentar un personal encuentro con Dios Padre, el mismo Dios que de Egipto liberó a su Pueblo para llevarlo al desierto y de allí a la Tierra prometida; el mismo Dios que habló por boca de Juan el Bautista para convocar al desierto a un bautismo de conversión para el perdón de los pecados; el mismo Dios que clama desde el desierto para dar conocer cuanto tiene que decir.

El conspícuo escriturista mexicano Salvador Carrillo Alday, Misionero del Espíritu Santo, al explicar esta experiencia transformadora, afirma que “al desierto entró el carpintero y del desierto salió el Mesías”, a quien Dios le revela su identidad divina minutos antes cuando al salir de las aguas del río Jordán los cielos se rasgaron, el Espíritu de Dios bajó en forma de paloma, y se hizo escuchar una voz de los cielos que le dijo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1, 11); pero en el caso nuestro, esa voz de Dios vuelve a escucharse cuando con entrega le buscamos, especialmente durante la Cuaresma. Luego, al término del tiempo cuaresmal y durante la Semana Santa Él nos hace saber que somos sus hijos cuando entrega su vida para nuestro rescate de la muerte.

La Navidad es una de las fiestas más conocidas y celebradas del año litúrgico, si no la que más; es la Fiesta que celebra la Natividad del Señor, el 25 de diciembre, en el día con el sol más brillante del año, el día en el que se detienen las guerras, es el día que inunda de paz, en la tierra, a los hombres de buena voluntad; pero si atrasamos el reloj y el calendario, precisamente nueve meses, nos encontramos con que el día 25 de marzo la liturgia ha instalado la Fiesta de la “Anunciación” o de la “Encarnación” del Señor, una fecha que pasa inadvertida si comparamos el modo de celebrarla con el de la Navidad, pero es una fecha no menos importante porque recuerda el día en el que el arcángel Gabriel se le apareció a la Virgen María para darle a conocer el gran acontecimiento para el que Dios la había creado y guardado.

El momento en el que Dios se engendra en María, el momento en el que inicia la otra cuaresma, la de las 40 semanas en las que María Virgen le dará su carne, sus huesos y su sangre, el momento de la encarnación del Verbo eterno, el Evangelio lo relata así:

“En aquel tiempo, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y, entrando, le dijo: -Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo-. Ella se preocupó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: -No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, se le llamará hijo del altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin-. María repondió al ángel: -¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?- El ángel le respondió: -El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios-. Dijo María: -He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra-. Y el ángel, dejándola, se fue”. Lc 1, 26-38.

Pero en la vida de los hombres existe otra cuaresma, la que nos permite a todos nacer; es una cuaresma que no dura 40 días sino 40 semanas, precisamente nueve meses, el tiempo de gestación del ser humano, el tiempo que perdura un embarazo, el tiempo que tarda en darse a conocer el hijo que se espera. Luego crecemos y vivimos otra cuaresma más en la que esperamos que nazca el hijo que recibirá nuestro amor de padres, al que también nosotros le diremos: “Tú eres mi hijo amado”.