Otra vez con la eutanasia

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Porque detrás de esa fiebre modal que se vocifera nuevamente, el derecho a morir como cada cual lo estime, se esconden más locuras que afectividades y ternuras, más amor interesado que donación desinteresada.
Somos de un arcaico improcedente e impertinente. La muerte y la posibilidad de decidir sobre ella vuelve a estar en el debate mediático, convirtiendo de nuevo a la eutanasia en un problema social. Estos tiempos nos recuerdan otros en los que ya se practicaba la eliminación de vidas consideradas inútiles, costumbre que estuvo admitida respecto a los recién nacidos con malformaciones, minusválidos o ancianos. Más allá de esa muerte dulce a la que todos aspiramos, se encuentra la complejidad de la vida humana, con sus variadas concepciones antropológicas, culturales, éticas y biotecnológicas. Cuestiones que son necesarias abordar antes de responder desde posiciones enfrentadas, puesto que la realidad es más poliédrica y ardua de lo que se estima a través de una simple respuesta.
Pienso que gestionar el final personal de cada cual resulta sumamente difícil en un mundo de contrariedades. La complejidad de la respuesta sobre la eutanasia conlleva a un laberinto de pensamientos, en cuanto a solución o problema. Precisamente, hace unos días asistí a una brillante conferencia pronunciada por uno de los teólogos moralistas más distinguido del momento actual, Francisco J. Alarcos Martínez, el cual planteó salir de lo dilemático, reconfigurar un concepto de salud sostenible, mediante un modelo más deliberatorio, puesto que la dignidad -según sus propias palabras- pasa por el respeto a la biografía de cada persona. En este sentido, criticó la radicalización liberal que nos inunda, poniendo especial énfasis en que a la libertad hay que incorporarle un sentido.
Porque detrás de esa fiebre modal que se vocifera nuevamente, el derecho a morir como cada cual lo estime, se esconden más locuras que afectividades y ternuras, más amor interesado que donación desinteresada. Por amor nunca se tira la toalla, se persiste en la asistencia y se resisten todos los calvarios. El que ha amado bien lo sabe. No confundamos términos, ni tampoco enaltezcamos falsas dignidades que para nada dignifican la muerte. Abrir los micrófonos a personas dispuestas a relanzar vientos mortecinos, intoxican más que vivifican. Yo que estoy por el respeto a todas las voces, considero una bestialidad dar luz a planes que nos plantan en que, más tarde o temprano, alguien decida por nosotros nuestra propia vida. En todo caso, de ninguna manera se pueden alentar, de manera simplista, falsas liberaciones como se hace desde algunos medios televisivos.
La verdadera compasión está muy por encima de quitar la vida a nadie. Cuestión innata. Todo se deja por la persona amada. Creo que tras la eutanasia se esconde más malicia que bondad, deshacerse del problema sobre todo lo demás. Por ello, pienso que sería más saludable oír a las familias que se dejan su propia vida en el cuidado de ancianos y enfermos, a los que el Estado debería prestarle mucha más ayuda por cierto, antes que a matarifes salvavidas que se lavan las manos con prescripciones de norma humana. Se olvidan que en el alma, como en la ley de la vida, jamás prescribe la ley natural: el derecho a vivir y a dejar vivir.