Las otras áreas

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Las otras áreas


A lo largo de nuestras vidas vamos ocupándonos de diferentes áreas. De recién nacidos lo más importante era dormir, pues como teníamos un cerebro sin estrenar y ante nuestros sentidos se agolpaban miles de datos cada día de todos los sabores, colores, tonalidades y tamaños, necesitábamos poner en orden todo ello, ya que de no hacerlo así nos habríamos vuelto locos.

En aquellos primeros meses y años de nuestra vida tuvimos que “formatear nuestro disco blando”, es decir, el cerebro, para colocar cada nueva sensación y relación con las personas y objetos extraños en su lugar. Bueno, también fue necesario conocer nuestro propio cuerpo, pues no teníamos conocimiento de hasta dónde llegábamos nosotros y dónde empezaba el mundo exterior.

Ya de grandes nos damos cuenta que muchos sólo piensan en el dinero y lo que con él se puede comprar; otros suelen preocuparse más por el desarrollo del cuerpo; otros más por la formación intelectual y profesional. Hay quienes viven para fomentar y disfrutar la belleza. Por otra parte, nos encontramos con quienes se polarizan por las relaciones sociales y unos pocos por cultivar su vida espiritual. Éstas son, en definitiva, las diversas áreas de nuestra existencia.

Cada vez que nos acercamos al final de alguna etapa de nuestras vidas, podemos hacer un examen para revisar en qué hemos invertido ese tiempo. Este es un buen momento para preguntarnos: ¿A lo largo de este año, a qué asuntos les he dado más importancia? ¿Mejoré mi situación económica? ¿Soy ahora una persona con hábitos más sanos que el año pasado? ¿Cuánto he mejorado mi saber científico y mi cultura? ¿He aprendido a disfrutar la belleza que me rodea? ¿He conseguido que mi familia sea precisamente eso -un verdadero hogar- donde hay comprensión, cariño y espíritu de servicio? ¿He conseguido un mayor entendimiento con mi esposo(a) e hijos? ¿Me he preocupado de ayudar a quienes conviven conmigo y a mejorar la sociedad donde vivo? ¿Qué tanto me he acercado a Dios en estos doce meses?

Vivir sin reflexionar es llevar una vida animal, por eso nos conviene recordar que el hombre es verdaderamente hombre y, por lo mismo, vive en plenitud su existencia, sólo en la medida en que se encuentra orientado hacia algo o alguien que está más allá de sí mismo y que representa un valor, un ideal, un proyecto cargado de sentido; según lo enseña VíctorFrankl, quien entiende al ser humano como esencialmente espiritual, capaz de trascender lo físico y lo psíquico.

Lo anterior resulta decisivo en la actualidad y nos permite replantear el auténtico sentido de la vida y sus valores, como el “deber-ser”, pero también nos abre la posibilidad de procurar una reingeniería de la libertad y la responsabilidad, como un “poder-ser”. Cuando se entiende bien esto, la libertad no se maneja como la posibilidad ilimitada de querer y hacer lo que se antoje, pues ello nos puede arrojar a un abismo de posibilidades sin sentido y sin valor. Este ha sido el error común de muchos, quienes pretenden pasar indiscriminadamente por encima de los valores tradicionalmente aceptados, para arrojarse a una opción inmensa, pero vacía.

En contra del derrotero que ha seguido la cultura occidental en las últimas décadas, el verdadero sentido de nuestra existencia requiere un marco de obligaciones morales, que hemos de entender como algo muy positivo, incluso con perspectivas pedagógicas y terapéuticas para curar ese vacío existencial que aqueja a tantos.

Recordar que somos seres complejos, con áreas de oportunidad diversas y complementarias, nos ha de llevar a no polarizarnos en un solo aspecto de nuestra existencia, procurando un enriquecimiento integral; lo cual no sólo nos aportará grandes beneficios personales, sino que repercutirá en quienes conviven con nosotros influyendo en un ambiente cada día más valioso y agradable y, por si fuera poco, con una proyección a una vida que trascienda nuestro paso por este mundo, hacia ese ser supremo a quien nombramos Dios, que nos creó para ser eternamente felices con Él.