Palabras de esperanza

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Palabras de esperanza

¿Qué es lo que encontraban los jóvenes en un anciano herido severamente por la enfermedad del Parkinson? ¿Qué los movía a desplazarse en largos trayectos para escucharle decir que no hicieran lo que les gusta hacer? ¿Porqué de las reuniones que Juan Pablo II celebró, en 26 años de pontificado, las más concurridas fueron los encuentros con la juventud? 
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La relación estrecha que se estableció entre el Papa y los jóvenes es un fenómeno social que requiere un análisis antropológico que logre explicarlo, pues contrasta el concepto generalizado de una juventud relativista con esos encuentros masivos que le proporcionaban retroalimentación al Papa y sabiduría a los jóvenes que con él se encontraban.

Tal vez hallaban en esa figura encorvada, una congruencia, como en nadie, entre lo que proclamaba con su voz y lo que llevaba a la realidad con sus acciones. Es posible que en Juan Pablo II hallaron muchos lo que no encontraban en sus propios hogares y familias, pues no son pocos los padres que encuentran dificultad para formar con el ejemplo propio. Es probable que del Papa escucharan palabras que ya nadie sabía decirles, palabras de probada cercanía solidaria, frases de esperanza, de comprensión que acompaña, mensajes que fueron descubriendo.

Muerto Juan Pablo II, la atención de la juventud se fijó en la XX Jornada Mundial de la Juventud que se celebró en la ciudad de Colonia, Alemania, del 16 al 21 de agosto de 2005. Los jóvenes quedaron satisfechos y complacidos por el encuentro con el nuevo Papa electo apenas hacía cuatro meses.

Estos encuentros iniciaron en 1986 a iniciativa de Juan Pablo II aunque habían tenido dos antecedentes que los fueron configurando, cuando en 1984 se clausuró el Jubileo de los jóvenes en Roma con motivo del Año santo de la Redención, y cuando en 1985 se celebró el Encuentro mundial de jóvenes con motivo del Año Internacional de la Juventud. El Papa les dedicó una Carta Apostólica el 31 de marzo y el 20 de diciembre anunció la institución de la Jornada Mundial de la Juventud.

La cita vuelve a cumplirse este año en la XXIII Jornada Mundial, ahora en Sydney, Australia, que con el tema “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos” se celebra del 15 al 21 de julio. Un año antes, el Papa Benedicto XVI les había dicho: 

“Para muchos de nosotros será un largo viaje, sin embargo, Australia y su pueblo evocan imágenes de una cordial bienvenida y de una maravillosa belleza, de una antigua historia aborigen y de multitud de ciudades y comunidades vivas. La Jornada mundial de la juventud es mucho más que un acontecimiento. Es un tiempo de profunda renovación espiritual, de cuyos frutos se beneficia toda la sociedad. Los jóvenes peregrinos sienten el deseo de rezar, de alimentarse con la Palabra y el Sacramento, de ser transformados por el Espíritu Santo, que ilumina la maravilla del alma humana y muestra el camino para ser expresión e instrumento del amor que proviene de Dios. Este amor, el amor de Cristo, es lo que el mundo anhela. Por eso, están llamados por tantas personas a ser sus testigos. Algunos de sus amigos tienen pocas motivaciones reales en su vida, quizá absortos en una búsqueda vana de innumerables experiencias nuevas. Llévenlos también a ellos a la Jornada mundial de la juventud. De hecho, he notado que, contra la corriente de secularismo, muchos jóvenes están redescubriendo el deseo que satisface de una belleza, de una bondad y una verdad auténticas. Con su testimonio, les ayudan en su búsqueda del Espíritu de Dios. Sean intrépidos en este testimonio. Esfuércense por difundir la luz de Cristo, que guía y da motivación para toda vida, haciendo posible para todos una alegría y una felicidad duraderas”.

Siempre me ha parecido que los jóvenes de todos los tiempos han vivido su juventud estigmatizados por conceptos que de la juventud tienen los mayores. En todo tiempo se les ha considerado revoltosos, impulsivos y rebeldes; pero personalmente me he percatado de que la mayoría de los jóvenes suelen ser mucho mejores personas que la mayoría de los adultos. Estoy seguro de que esto lo sabe el Papa, de que los jóvenes lo perciben, y de que por eso acuden a encontrarse con él. 

A Benedicto XVI le espera una población conformada por 21 millones de habitantes, de los que seis millones, el 28%, son católicos. En Australia hay 70 obispos y 3,200 sacerdotes; pero al Papa también le esperan millares de jóvenes que anhelan escucharle decir, como sabía decirles con frecuencia Juan Pablo II, palabras de esperanza.