¿Pare de sufrir?

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¿Pare de sufrir?

Todo este florecimiento de iglesias “milagreras” tiene mucho que ver con un modo desviado de entender la fe, muy semejante a la “fe” que se pone en el brujo(a) o curandero(a) de turno, o en la famosa metafísica que ha promovido la “Nueva Era”.

Por más que busco en el Evangelio y en todo el Nuevo Testamento, no encuentro por ninguna parte la promesa de que vamos a dejar de sufrir, mientras estemos en este mundo. Debe ser que cuando lo dijo Jesús no había ningún apóstol, ni evangelista pendiente para recordarlo y escribirlo. Es cierto, Jesús dijo: “vengan a mí todos los que están cansados y agobiados que yo les aliviaré” (Mt. 11,28) y dijo que había venido a “vendar los corazones desgarrados” (Lc. 4,18); pero nunca les dijo: “vengan conmigo y no tendrán enfermedades, ni pasarán hambre y todo les saldrá bien y yo les solucionaré todos los problemas”. Sin embargo sí dijo: “el que quiera venirse conmigo que cargue con su cruz y me siga y el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí la ganará” (Mt. 16,24); Y también nos enseñan los apóstoles: “estén contentos cuando comparten los sufrimientos de Cristo, para que cuando se manifieste su gloria rebosen de gozo” (I Pe. 4,13); “me gozaré en las debilidades, las privaciones, las humillaciones y las angustias sufridas por Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 12, 10).

No es un masoquismo absurdo, sino el modo de asumir una realidad de este mundo, el sufrimiento, que Jesús no vino a llevarse de este mundo sino a cargarlo sobre sus hombros y darle un sentido nuevo. Es como si nos hubiese dicho: “el que quiera venirse conmigo que cargue su cruz y me siga y el que no quiera... que no me siga, pero de cualquier modo tendrá que cargar su cruz, porque de eso no se libra nadie. Tendremos oportunidad de reflexionar sobre esto más profundamente en el próximo artículo .

Muy bien, Dios es bueno y quiere aliviar nuestro sufrimiento. Consolar al que sufre, confortarlo en dolor y luchar contra el sufrimiento de cualquier hombre, es una hermosa obra de caridad muy agradable a Dios. La historia de la Iglesia Católica está llena de testimonios de esos “héroes de la virtud” que llamamos santos que se han gastado y desgastado por servir a los demás. El beato Pío de Pieltrelcina, beatificado recientemente por Juan Pablo II, construyó con los donativos de los peregrinos que de todo el mundo venían a verle, un hospital enorme llamado “Casa de alivio del sufrimiento”. Se han comprobado asombrosas curaciones obradas por medio de este santo del siglo XX. Sí, creemos en los milagros porque creemos en el poder y en la bondad de Dios; pero es una falsa promesa ofrecer la curación de todos los males y la solución de todos los problemas. Esa felicidad plena vendrá cuando llegué el fin de este mundo. Primero es la pasión y después la resurrección: “enjugará las lágrimas de sus ojos y ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor porque el primer mundo ha pasado” (Ap. 21,4). Pretender alcanzar la gloria y la felicidad perfecta sin pasar por la cruz no es EL CAMINO DE JESÚS. Recordemos que debemos seguir sus pasos: “el que no carga su cruz y me sigue no es digno de mí” (Mt. 10,38).

Todo este florecimiento de iglesias “milagreras” tiene mucho que ver con un modo desviado de entender la fe, muy semejante a la “fe” que se pone en el brujo(a) o curandero(a) de turno, o en la famosa metafísica que ha promovido la “Nueva Era”. Se trata de encontrar esa fuerza superior que es capaz de librarme de todos los males. Es indiferente que esa fuerza se llame Dios, Jesucristo, yoga, sábila, azabache, María Lionza o Negro Felipe. Todos “ellos” son simples instrumentos, medios que yo utilizo para mi bien. Dios es entonces una medicina, un desodorante para quitar los malos olores de mi vida, un analgésico o un paño de lágrimas.

Por propia experiencia les puedo decir que no hay nada más consolador que la fe. Yo no he encontrado en mi vida ni en la de otros, alegría más grande que la de servir a Dios y a los demás. Ahí está la verdadera paz. Pero buscar a Dios, no por Él mismo, sino por lo que me da, no deja de ser un egoísmo refinado y encubierto. Por qué no reconocer que los católicos también caemos en esa tentación con frecuencia. Pero esa no es la fe del evangelio. Dios no es el medio, es el FIN y el PRINCIPIO, el FUNDAMENTO de todo. El merece ser amado por sí mismo, porque no hay nadie más amable ni más digno de toda alabanza. El Señor quiere sanarme. Pero sobre todo quiere sanar el pecado de mi corazón, conducirme hacia una salvación eterna, no simplemente a una comodidad terrena o a una ausencia de problemas. Busca al Señor y Él te llenará de bienes; pero búscalo con rectitud, con fe limpia, con verdadero Amor. Eso se llama CREER.