La parroquia de Homero Simpson

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Recientemente un periódico de la seriedad del L´Osservatore Romano publicó un artículo sobre los Simpson en el que se reflexiona sobre la religión de Homero Simpson (la figura paterna en la caricatura), llegando a la conclusión de que es católico por ciertos aspectos del análisis del personaje. 

Como dice el artículo: «Los Simpson son de los pocos programas de la televisión para adolescentes en los que la fe cristiana, la religión y la pregunta sobre Dios, son temas recurrentes. La familia recita sus oraciones antes de las comidas y, a su modo, cree en el más allá, y es a través de ella como se transmite la fe. La sátira, sin embargo, más que involucrar a las diversas confesiones cristianas, arroja el testimonio y la credibilidad de algunos hombres de iglesia». Yo no sé en qué parroquia esté bautizado Homero, pero hay elementos que empujan a la reflexión.

Cuando puedo, me gusta ver The Simpson. Sé que esta frase puede ser motivo para rasgarse las vestiduras, pero siempre he dicho que los Simpson son una serie para adultos, aunque la vean los niños. Porque, por lo menos a mí, me hace pensar en cómo me veo, o en cómo me ven, en lo ridículas que pueden ser algunas de las posturas que tomamos como fundamentales. 

No hay que perder el código de lenguaje de la caricatura, que parte de un presupuesto: nada de esto existe, no existe Homero, ni Bart, ni Maggie, y si no existen ellos, no existe ni lo que dicen ni lo que hacen. Pero el lenguaje de la caricatura es también un lenguaje de espejo, como esos de feria, que abulta lo flaco, reduce lo gordo, levanta lo bajito y achaparra lo altote. 

Cierto que lo gordo no es flaco, pero lo flaco te dice que en ese espejo hay un gordo. Así es la caricatura. Lo que sucede en el mundo de los Simpson, en medio de una simpática irreverencia, sucede en la vida; sólo que nos faltan ojos para verlo de esa manera, en un nivel sencillo, donde todo es importante, precisamente porque no es solemne.

Algunos dirán que se ve mal que se pinte a Homero como un papá comilón, irresponsable, casi adolescente, con acta de nacimiento antigua. Pero cada vez veo más Homeros en mi alrededor a la hora de educar a sus hijos, de sacar adelante sus matrimonios o de planear y ejecutar su responsabilidad laboral, social y política. Sólo que la cara no se les ve amarilla y no sé si les gusten las donas (donuts). Otros dirán que Bart es un incitador al terrorismo familiar. Pero yo cada vez me encuentro con más jóvenes que, hartos de ser realistas, se fugan a paraísos de frustración, a los que casi nunca se escapa el joven Bart.

Lo que hacen los Simpson es atreverse a preguntar por el sentido y la calidad de la vida con la que nos hemos conformado. Los Simpson nos invitan a preguntarnos por la persona humana que está detrás de cada uno de los muñecos amarillos. ¿Qué es el ser humano? ¡No me digas que es eso que estoy viendo! Porque si eso es el ser humano, algo tiene que cambiar. Porque si eso es la sociedad, algo tiene que cambiar. Porque cuando nuestra vida es el espejo de Homero Simpson algo tiene que moverse. 

El mundo de Homero es un mundo sin fáciles ilusiones, con un realismo escéptico, que no solo llama a la reflexión, sino también a la solidaridad entre los humanos, para enfrentar juntos el difícil camino que se nos echa encima. Y un mundo realista y solidario es un mundo muy cristiano. Si no, que se lo pregunten a Jesús, que además de vivir su vida como hijo de un artesano, enseñó que a Dios le interesa más la misericordia que los sacrificios, y que de nada le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su alma.