Las personas cambian, las instituciones permanecen

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Entre los recuerdos de la infancia guardo aquellas reuniones familiares en torno a la mesa de los abuelos: hijos y nietos nos apiñábamos para escuchar los comentarios de los mayores y participar con nuestras inquietudes y aportaciones.

Años después, el escenario y algunos participantes cambiaron: ya no era en casa de los abuelos sino en la de mis padres. Pero el contenido seguía siendo el mismo: anécdotas familiares, experiencias del padre de familia, consejos, risas… y en el fondo unión entre los hermanos, compartir vivencias y los valores familiares, conocer las novedades que surgen a diario, saber de los sufrimientos de alguno, las alegrías de otros, en fin.

Cambian los lugares y hasta las personas, pero la esencia de esas reuniones familiares permanece. Ahora comienzo a verlo en mi propia casa con los hijos ya universitarios: los fines de semana se dan esos sabrosos ratos de conversación en lo que se habla de lo mismo de siempre, se disfruta, se fortalece la unión, se intercambian vivencias entre todos. 

* Una sala de estar con cuatro mil personas 

Hace algunas semanas pude vivir en Aguascalientes algo extraordinario. Una reunión de familia un tanto peculiar porque más de cuatro mil personas se conjuntaban alrededor del padre para comentar de las cosas de todos: lo que inquieta y preocupa, lo que alegra. Y me quedó la sensación de que eran las mismas costumbres aunque con escenarios y personas distintas.

Los recuerdos se van a varias décadas atrás, en un país europeo donde cursaba mis estudios profesionales. Entré en contacto con  una institución que ha marcado mi vida desde entonces, entre otras cosas por el estilo familiar y sencillo de abordar las cuestiones de la vida diaria: el trabajo, el amor divino y el humano, la amistad, la responsabilidad de ayudar a los demás…

* El cielo y la tierra se unen en los corazones, al vivir santamente la vida ordinaria

En aquel entonces, en la explanada de la universidad, escuchábamos absortos la idea de que Dios está muy al alcance de nuestra mano en las realidades más concretas de la vida, en el trabajo, en las inquietudes profesionales, en la solidaridad con los que menos tienen, en la honestidad y la “hombría de bien” que caracterizan al cristiano.

Quien enseñaba todo eso y más era El Padre, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, el mismo que fundara el Opus Dei el 2 de octubre de 1928 y que en el tiempo en que les comento seguía al frente de La Obra y era Gran Canciller de la Universidad en la que hice mis estudios. Nos decía entonces que el cielo y la tierra no se unen en el horizonte como nos enseña la vista, engañada por la distancia, sino en nuestros corazones cuando nos empeñamos en vivir santamente la vida ordinaria.

En aquella explanada éramos miles (estudiantes, profesores, jardineros y trabajadores de la universidad, padres de familia, amigos) pero el ambiente era de familia. Después, en la acogedora intimidad de la sala de estar en el Colegio Mayor (hogar para decenas de estudiantes procedentes de todo el mundo), se repitió la escena con un ciento de participantes.

Luego de una vida santa llena de trabajo, Mons. Escrivá falleció en 1975  y tras  un proceso canónico de investigación y estudio acerca de sus virtudes, fue beatificado y finalmente canonizado en el año 2002 por el Papa Juan Pablo II.

* La familia creció desde entonces…

Pero lo curioso del caso es que al fallecimiento del fundador, la costumbre de las reuniones de familia en el Opus Dei se han mantenido, aunque  los escenarios son ahora mucho más amplios dado que la familia  creció  desde entonces. Sin embargo, el estilo y el espíritu son los mismos. Hay un Padre, el Prelado, elegido por los fieles de la Prelatura y nombrado por el Papa, que se reúne con los hijos y con los amigos de los hijos para comentar las noticias, contar anécdotas, animar y aconsejar ante la lucha en el terreno espiritual y para hablar de las penas que, bien llevadas, acaban convirtiéndose en alegrías. 

Mons. Javier Echevarría, el Obispo Prelado del Opus Dei y segundo sucesor de San Josemaría,  estuvo a principios del mes de agosto en Aguascalientes donde se reunió en una charla familiar con personas llegadas desde Querétaro, diversas ciudades de Guanajuato, Jalisco, San Luis Potosí, Zacatecas y desde luego de Aguascalientes.

La familia creció, pues además de los más de cuatro mil reunidos en Aguascalientes hubo eventos similares en la Ciudad de México, en Guadalajara y en Monterrey donde la asistencia fue considerablemente mayor. Sin embargo, aunque hayan pasado los años y ya no viva el fundador, el espíritu sigue siendo el mismo. 

Al cumplirse 81 años de la fundación del Opus Dei, muchas de las personas de esos primeros tiempos ya fallecieron, hay infinidad de escenarios nuevos, la familia creció, pero las buenas costumbres permanecen, al igual que sucede en  mi propia familia y en las familias de muchos de los que ahora leen estas líneas.

Y es que, en las familias, las buenas costumbres maduran y mejoran con el tiempo.

    

29 de septiembre de 2009