Por qué no retrasar el primer hijo

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Por qué no retrasar el primer hijo 

Con las mejores intenciones de estar preparados como pareja y económicamente, muchos matrimonios esperan algunos años antes de traer su primer hijo al mundo.

A Paola Binetti le interesa el fenómeno del aplazamiento de la maternidad y su visión es integral: lo analiza como neuropsiquiatra infantil, psicoterapeuta, presidenta de la Comisión Nacional de Bioética de Italia y senadora del partido La Margarita. Ella observa que en su país una de las causas más frecuentes son las dificultades laborales y la fuerte inseguridad que provoca la falta de garantías en la estabilidad profesional. Pero agrega: “Juega también un papel importante la costumbre de ver satisfechos todos sus deseos: la “ley del placer” hace que a menudo no sepan esperar para obtener lo que quieren. Esto, aplicado a la paternidad, los tiene convencidos de que para los hijos todo es poco”.

La doctora Binetti explica que la combinación de ambas cosas da como resultado adultos que si no tienen un trabajo seguro y bien remunerado como el que sus padres tuvieron desencadenan una crisis de madurez que los lleva a aplazar el nacimiento de los hijos. “De hecho, no son maduros para tenerlos, porque muchas veces en sus familias no han tenido la oportunidad de madurar en el sentido de responsabilidad que conlleva, por ejemplo, el cuidado de un hermano menor o de los abuelos... Son adultos que de niños se sentían y eran efectivamente el centro del universo socio-afectivo, y a menudo también económico-organizativo, de sus padres”, explica.

Según la senadora se da una situación paradojal: los matrimonios quieren esperar hasta estar preparados para tener un hijo, cuando en la realidad sólo cuando se deciden a tener un hijo logran la madurez necesaria para cuidar de ellos. “Sólo la responsabilidad hacia los demás permite salir de uno mismo y lleva consigo la esperanza de la madurez, del interés auténtico por los demás”, asegura Paola Binetti.

1. Un hijo, generalmente, contribuye a dar solidez y flexibilidad a la relación entre el hombre y la mujer.

Es común que en la primera etapa del matrimonio el hombre haga una fuerte inversión en sí mismo, en su trabajo y ascenso profesional, centrándose en sus propios desarrollos y sin darse cuenta de las necesidades de la mujer que son mucho más integradoras. Ella está convencida de la importancia de su papel en el contexto social, pero quiere que su compañero de vida la ayude a compatibilizar su futuro profesional con la familia que anhela formar. Un hijo es un proyecto de ambos, en el que los dos deberán invertir de su preciado tiempo. Es el proyecto común en que ambos deben mostrar lo dispuestos que están a darse y salir de sí mismos.

2. Un hijo enriquece el vínculo matrimonial.

Existen tres aspectos que caracterizan la calidad del vínculo: complementariedad, reciprocidad y asimetría. La complementariedad aparece como la expresión del deseo que uno tiene del otro y por ello la pareja vive la intimidad con una intensidad que no existe en otro tipo de relación. La reciprocidad es una dimensión ética importante, una plataforma relacional que le permite a cada uno salir adelante, sentir el matrimonio como un verdadero trampolín que lo protege y da fuerzas para expresarse hacia fuera de la relación. Y la simetría puede definirse como el elemento que da mayor solidez porque lleva a cada uno a definirse en la vida teniendo en cuenta las necesidades del otro sin perder de vista las propias. Al postergar o suspender a los hijos se corre el peligro de quedarse sólo en la complementariedad.

3. Los padres crecen junto con sus hijos.

La postergación del rol paterno va unido al “síndrome del retardo en la maduración”: retrasa la transición a la edad adulta porque trae tardanza en el desempeño sentimental. El hombre que no se vuelve padre sigue siendo un “hijo grande” empeñado en su realización personal y profesional, que pide a su propio padre legitimar este proceso, mejorando una autoestima que no logra darse a sí adecuadamente. Al tener un hijo, eso cambia y el “hijo grande” da paso al padre joven.

4. Tener un hijo lleva a un estilo de vida más sobrio y responsable.

Cuando un hijo nace en los inicios de la vida profesional, cuando la competitividad todavía no es excesiva, es posible que el hombre y la mujer decidan crearse modelos de organización flexibles y compatibles. Pero cuando el hijo nace en medio de la etapa de mayor exigencia profesional ya es más difícil echar pie atrás en un estilo de vida con altas exigencias competitivas. Tener un hijo a los 25 años permite soñar con otro a los 27 y un tercero a los 30…, pero también permite proyectarse para tener una vida más completa, creativa y plena incluso después de la jubilación.

5. Un hijo da un nuevo fundamento al pacto intergeneracional.

Con la baja y el retardo de la natalidad, en Italia no se habla ya de familias extendidas sino de familias “alargadas”, con una base pequeña y un alto grado de longevidad de abuelos y bis abuelos que están cada vez más solos y desvalidos. La solidaridad entre tres generaciones se vive con la llegada del nieto: los abuelos ayudan a los padres a cuidarlo para que los primeros puedan hacer frente a las exigencias profesionales, pero ellos a su vez transmiten la importancia de cultivar el cuidarse unos a otros, lo que garantiza a cada uno la ayuda que ha necesitado y soñado, con la gratuidad que naturalmente se da en una familia.

6. Un hijo necesita de la valoración y de la amistad de sus padres, lo cual es más fácil y natural cuando existe cercanía de edad.

Hoy se entiende como “bienestar” alargar la vida, pero el auténtico bienestar humano -a nivel social y familiar- lo brinda muchas veces la gente joven con su creatividad, la frescura de sus ideales, su humor y energía. Apostar por hijos es apostar por el propio futuro, pero esos hijos también necesitan de padres que puedan compartir sus ideales y vivencias. El reloj biológico define la calidad de las relaciones intergeneracionales mucho más de lo que las personas calculan.

7. En el plano social, tener hijos permite comprender más y mejor a los demás.

Cuidar a un hijo hace superar la cultura de los derechos individuales por una mayor responsabilidad social y vuelve a los padres personas más empáticas, capaces de captar las necesidades de los demás. Por otro lado, la mayor y mejor escuela de democracia es la experiencia familiar de hermandad. Llegado cierto punto puede decirse que la experiencia de paternidad y maternidad redunda en el propio desempeño profesional. Las herramientas para el éxito se enriquecen con las herramientas que brinda la experiencia familiar, llena de necesidades de organización, visión de futuro, entrega, comprensión y sacrificio.

8. Postergar un hijo significa valorar más otras cosas que, al final, no dan la felicidad.

No hay ningún trabajo profesional que dé la plenitud que como seres humanos necesitamos. Si no hemos crecido en profundidad interior, en capacidad de amar, terminamos ácidos, amargados. Así, la vejez es horrorosa.

9. La familia como valor en sí.

Una última consideración: a pesar de las crisis por las que periódicamente atraviesa, la familia sigue representando para los jóvenes algo deseado, algo a lo que todos aspiran. Representa un filtro a través del cual las auténticas situaciones de peligro decantan: la soledad, la vulnerabilidad, la tristeza. En este sentido cuando se habla de “nuevos modelos de paternidad”, atribuyéndolos la gente joven, se trata en realidad de nuestros propios miedos, en los que habitamos: querer proteger a los hijos de las crisis, la pobreza; es nuestro propio materialismo y consumismo. Los nuevos modelos son en realidad modelos de las generaciones precedentes. La libertad de los jóvenes de hoy está condicionada por el modelo de individualismo de la generación anterior.