Por una sana laicidad

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Por una sana laicidad


 

 

La laicidad puede gozar de salud o puede “enfermarse”. Será sana si promueve una correcta separación entre el estado y las religiones. Estará enferma si, en nombre de la separación entre estado y religiones, impide a las religiones participar en la vida pública como lo puede hacer cualquier otra instancia social.

El estado está llamado a trabajar por el bien común de las personas y de los grupos sociales, y a ayudar a quienes necesiten apoyo para alcanzar sus propios objetivos. Por eso el estado puede y debe intervenir a favor de la familia, de la escuela (también la así llamada “escuela privada”), de la sanidad, del orden y seguridad en la construcción de los edificios...

¿También el estado interviene en el mundo de las religiones? Para responder hemos de recordar en qué consiste el fenómeno religioso.

Las religiones nacen de la dimensión espiritual de cada ser humano, desde la cual busca acoger la acción de Dios en la historia (allí donde Dios se haya revelado), o confortar a los corazones que se interrogan por el sentido de la propia vida en relación con la divinidad. La respuesta de cada ser humano ante los temas religiosos es a la vez individual y social.

El estado puede, sin menoscabo de su autonomía, sostener actividades religiosas de aquellos grupos que necesiten y pidan una ayuda razonable, siempre y cuando no lo haga en menoscabo de sectores vitales de la vida pública. Ofrecer tal ayuda es comprensible por la importante función social que tiene una sana religiosidad de la gente, especialmente cuando las religiones son portadoras de valores que elevan el nivel humano y social de sus miembros.

A la vez, las religiones pueden ofrecer la riqueza de sus propuestas en el debate público, en temas de tanta importancia como la justicia social, la protección de la vida no nacida, la atención a los enfermos, la promoción del matrimonio y la familia.

Así piensa quien asume como propia una sana laicidad. Pero existe otra laicidad enfermiza que busca, por todos los medios, relegar y marginar a la religión a lo estrictamente privado.

Una expresión clara de la mala laicidad está recogida en el informe “Laicidad y República”, preparado en Francia a finales de 2003 por la comisión Stasi. Este informe es famoso por afrontar el tema del velo islámico, aunque en realidad se había propuesto unos objetivos más ambiciosos.

Entre las ideas lanzadas por el informe, encontramos una descripción de laicidad en la que se afirma, por un lado, que el estado no debe interferir en las creencias ni en el culto religioso, lo cual es perfectamente correcto. Pero en seguida añade lo siguiente: “Recíprocamente, las instancias espirituales y religiosas no pueden tener ningún influjo sobre el estado y deben renunciar a una dimensión política. La laicidad es incompatible con cualquier concepción de la religión que pretenda regular, en nombre de principios de la misma religión, el sistema social o el orden político” (Informe “Laicidad y República”, I,2,1).

La paradoja del texto apenas transcrito consiste en lo siguiente. Resulta plenamente normal que un partido político busque mil maneras de influir sobre el estado, incluso a través de la defensa y lanzamiento de leyes inhumanas, como las que permiten el aborto o la eutanasia, y nadie puede prohibir ese partido, sobre todo cuando afirma actuar en “pleno respeto” del principio de laicidad. En cambio, si la Iglesia católica, o alguna confesión cristiana, o asociaciones de judíos, o grupos de musulmanes, ofrecen criterios de valoración y lanzan campañas para frenar una ley abortista o para defender los derechos de los inmigrantes, pueden ser acusados de “violar” el respeto al principio de laicidad...

¿Es que pueden tener más voz en la vida pública grupos de poder, como los partidos políticos, cadenas televisivas, escritores famosos con slogans más o menos engañosos, que aquellos grupos e instituciones que tienen profundos principios éticos que valen no sólo porque arrancan de sus ideas religiosas, sino porque promueven derechos fundamentales de todo ser humano?

La laicidad está enferma, por lo tanto, si quiere marginar las religiones a lo privado mientras deja plena libertad a grupos políticos y sociales que promueven ideologías contrarios a los derechos más fundamentales de todo ser humano. Los grupos religiosos, como cualquier asociación cívica, pueden y tienen que decir mucho en la vida pública. Máxime cuando hay grupos de poder y partidos políticos que han renunciado a la búsqueda de la justicia para defender ideas inicuas y proyectos asesinos.

La Iglesia católica y tantas personas de buena voluntad del mundo de las religiones están llamadas a hacer oír su voz en favor de los más necesitados. La defensa decidida de principios fundamentales de la vida pública será una señal inequívoca de la riqueza que ofrece a la sociedad nuestra religión cristiana. Una religión que arranca del amor a Dios y a todos los hombres y mujeres, por ser simplemente eso: hermanos entre sí, llamados a trabajar juntos en la construcción de un mundo más solidario y más justo.