Pregonero de la bondad divina

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Casi al concluir la película “Quisiera ser millonario” (Slumdog millionaire), el hermano del protagonista expira diciendo una hermosa frase: “Dios es bueno”. Si bien queda grabada esa idea dramáticamente al final, se sugiere a lo largo de toda la película como telón de fondo: en medio de la miseria humana la bondad de Dios encuentra un camino para manifestarse. Esta idea, tan bellamente expresada cinematográficamente, fue vivida en plenitud por San Juan María Vianney. Al acercarnos a su fiesta litúrgica –el 4 de agosto-, punto focal del año sacerdotal promovido por Benedicto XVI es interesante reflexionar acerca de la vida de este pregonero de la bondad de Dios.

La percepción profunda, aguda, acentuada que el Cura de Ars tuvo de Dios, se centró en su bondad: “El buen Dios” era un estribillo constante en sus labios, en su oración y en su predicación. Percibía con extraordinaria clarividencia la bondad y la cercanía de Dios con sus criaturas, particularmente con sus hijos los hombres, especialmente con los pecadores, todos lo somos, pero me refiero a los más pertinaces y reincidentes; y ello era el motor que le motivaba a intentar corresponder a ese derroche de misericordia divina. Afirmaba convencido que “no es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él”. 

Frente a las reticencias que alguien podría manifestar para acercarse al sacramento de la confesión, pensado acaso que se trata de un ejercicio hipócrita, consciente de que nuevamente volverá a caer, el Cura de Ars observa: “El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Que grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos”. Tal es el deseo de perdón que existe en el Corazón divino, que está dispuesto, si pudiera decirse así, a “dejarse engañar” por nosotros, como un padre conmovido por su hijo pequeño, cuando le promete que ya no hará más tal travesura, aún sabiendo que el chiquillo no será capaz de guardar su promesa.

La mayor miseria del hombre, para el santo cura de Ars, estriba en no darse cuenta de que está necesitado de Dios. Esa ignorancia es el mayor mal de la criatura. Por eso, sus enseñanzas son particularmente actuales, porque en nuestra civilización frecuentemente nos ufanamos de no necesitar más de Dios, de haber superado ya ese estadio entre mítico y supersticioso; incluso algunos consideran que se debe cerrar definitivamente esta página de la humanidad, ya que muchas veces es la religión la causa de violencia e incomprensión entre los hombres. Gracias a Dios, aunque ha sido frecuente firmar el “acta de defunción de Dios”, o profetizar un “futuro sin Dios”, una y otra vez vuelve a resurgir aquello que radica en lo más profundo del corazón humano, al tiempo que los que pasan son “sus sepultureros”.  

San Juan María Vianney, sin grandes disquisiciones intelectuales, sino con el lenguaje de la sencillez, imagen de la simplicidad divina, afirmaba persuasivamente: “Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él… Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis”. La criatura sin su Dios está perdida, no encuentra el sentido ni el porqué de su existencia, tiene que crearlos y al hacerlo es consciente de que son banales. Necesita de Dios y para ello debe buscar la comunicación con Él, de ahí brota la necesidad de la oración. Contra lo que pudiera pensarse, la oración es un ejercicio sencillo, al alcance de la inteligencia más ruda y menos cultivada. No podría ser de otro modo, si no se quiere caer en la tentación gnóstica, que excluye de la comunión con Dios a los no ilustrados. Para el Cura de Ars la clave de la oración es la sencillez, la simplicidad y ahí está también su atractivo: “No hay necesidad de hablar mucho para orar bien… Sabemos que Jesús está ahí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración”.

Así enseñaba a sus parroquianos a ser concientes de la cercanía de Dios y de lo fácil que es tratarlo. Vivía como en una especie de cautiverio del amor de Dios, que buscaba transmitir a sus feligreses: “Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios… ¡Que maravilla!” Efectivamente es el asombro lo que se impone ante esa conciencia de la cercanía de Dios, asombro y gratitud que le llevan a buscar amar a Dios con todas sus fuerzas y haciéndolo, amar a quienes Dios ama también con locura, los demás hombres, particularmente las almas que le han sido encomendadas, sus feligreses: “Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz… Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida”.