Las profecías de Nostradamus y el Apocalipsis

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Las profecías de Nostradamus y el Apocalipsis

¿Quién fue Nostradamus del que tanto se escucha hablar en los últimos tiempos, y qué valor tienen sus profecías? Nostradamus, junto al monje al libro apócrifo atribuido al obispo irlandés Malaquías (1095-1148), se han convertido en dos profetas del milenarismo de nuestros días, en un mundo que creía liberarse de la fe y que ahora abraza la superstición. En realidad su nombre fue Michel de Nostredame, nació en una familia judía en la Provence francesa en 1503. Se habían bautizado cuando un decreto de Luis XI amenazaba a los judíos no bautizados con la confiscación de sus bienes, y por eso tomaron un nuevo apellido, “Notre-Dame”, que latinizado es Nostradamus. Después de doctorarse en medicina a los 26 años, viajó mucho, se casó, y al quedar viudo volvió a casarse. Perdió los dos hijos en una peste, y se retiró en una abadía de Luxemburgo, donde escribió sus primeras “profecías”; y después de mucho vagabundear, pasó el resto de su vida estudiando, escribiendo e interesándose grandemente por el ocultismo. Las famosas “profecías” fueron escritas en 1547, que agrupadas en cien estrofas de cuatro versos cada una fueron llamadas “Centurias astrológicas”. Dejó diez centurias. Su libro fue prohibido. Muchos hombres de la época sintieron un gran respeto por él, pues le atribuían poderes especiales de los que dependía su dominio; en general, gran parte de la nobleza de su tiempo sentía un gusto morboso por las ciencias ocultas, sufría de profunda superstición y por tal razón llenaban sus cortes de adivinos, agoreros, ocultistas, magos y astrólogos que les sorbían los sesos y las arcas. Falleció en 2 de julio de 1566. Es importante la fecha porque algunas de las predicciones que se le atribuyen y que han salido en la prensa estos días, están fechadas mucho más tarde. Además de las “Centurias” se le atribuyen otros escritos conocidos como “Presagios” y “Predicciones”.
Cuenta el P. Miguel Ángel Fuentes que todos sus escritos son lacónicos, oscuros y susceptibles de múltiples interpretaciones; entre otras cosas por estar escritos en provenzal del siglo XVI y mechados con otras lenguas (latín, español, francés, hebreo). Además, para que tengan algún sentido, sus comentadores se ven obligados a trastocar las letras de muchas palabras de modo tal que éstas puedan hacer referencia a cosas conocidas; así por ejemplo afirman que Rapis tendría que significar París, Nercaf designaría a Francia, Henryc sería Chipre, etc. Los comentarios, por lo general violentan el texto mismo del “profeta” o son tan arbitrarios que pueden ser substituidos por otros igualmente válidos. Además de esto, para poder obligar a que algunos versos hagan referencia a un acontecimiento concreto, muchas veces los comentaristas se ven obligados a sacar y combinar versos de diversas centurias.
En cuanto a las pretendidas profecías cumplidas, se trata verdaderamente de aplicaciones caprichosas; a lo más, coincidencias “forzadas”. Así, por ejemplo, los versos en los que algunos han creído reconocer una profecía de Napoleón dice: “De simple soldado él alcanzará el imperio, de ropa corta el llegará a larga. Bravo en las armas, mucho peor en la Iglesia, él humilla a los padres como el agua ensucia la esponja” (Centuria VII). Esto cuadra a Napoleón... a Septimio Severo, a Tito, a Maximinio Trácio, etc. ¡Nostradamus está describiendo el prototipo del militar perseguidor! De otra se dice que profetiza a Hitler o a Napoleón: “De la parte más profunda de Europa Oriental nacerá un niño de familia pobre, que por su hablar seducirá a muchos pueblos. Su reputación crecerá más en el reino de Leste” (Centuria III). Sus comentaristas se pelean: según si ponen Egipto o Japón, saldría Napoleón o Hitler. Ya desde la primer Centura Cheetham, uno de sus principales comentaristas, cree entenderlo como profecía de la Revolución Francesa; y H. Roberts, otro de sus seguidores, ve el indudable preanuncio de la Revolución Rusa. En otra unos ven la ejecución de Luis XVI (año 1793), y otros la traición japonesa a Estados Unidos en Pearl Harbor, el último ataque terrorista a las Torres Gemelas de Manhattan, etc.
Algunos de los versos que más se han difundido en estos últimos tiempos son aquellos que han traducido del siguiente modo: “En el año mil novecientos noventa y nueve y siete meses,/ vendrá del cielo un gran Rey de susto./ Resucitará al gran Rey de Angolmois...”. Como es sabido, basándose en estos versos algunos señalaron que el 9 de julio de 1999 debería haber tenido lugar el fin del mundo. Otros intérpretes consideraron que la terrible fecha tendría lugar el 11 de agosto de 1999, cuando sobre el norte de Francia se vería el último eclipse de sol del milenio. Ambientes de la moda e incluso de la cultura europeos vivieron con trepidación esos días a causa de las terribles profecías. Ambas fechas pasaron desmintiendo a los profetas de calamidades.
Buen conocedor de la historia, y del género apocalíptico, supo entretenerse en anunciar calamidades, traiciones, guerras, invasiones, grandes campañas militares, razas que extinguen a otras razas, etc., de tal modo que –como los horóscopos- pueda sacarse por la ambigüedad del tono aplicaciones a circunstancias diversas. Es todo un arte, hay que reconocerlo. Por tanto, no necesariamente hay que atribuir a Nostradamus facultades paranormales (clarividencia, telepatía, etc.) y en cualquier caso es seguro que independientemente de lo enigmático y artístico que tenga su poesía, nada le constituye en profeta. El citado P. Fuentes concluye diciendo que el valor y la importancia que el vulgo da a sus profecías depende enteramente de la tentación de superstición que amenaza al hombre de todos los tiempos y del hecho de que se sigue verificando el adagio latino: “vulgus vult decipi”, el pueblo quiere ser engañado: hay un gusto morboso por lo misterioso y oculto, aunque lo que preanuncie sean cosas nefastas. Los peligros psicológicos –además del serio peligro para la fe– que esto entraña son de una extremada gravedad, pues entramos en un espíritu de “necedad profética”, es decir, que no estamos en el campo de la religión sino de un sustituto de lo espiritual, es afán de adivinización al que se refiere el Profeta Miqueas: “Dejad de babear profecías”.