El que no haya sido cigoto o embrión antes de venir a este mundo, ¡que levante la mano!

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El que no haya sido cigoto o embrión antes de venir a este mundo, ¡que levante la mano!

Hace unos días, el Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Lic. Guillermo Ortiz Mayagoitia, declaró que entre los temas de mayor relevancia para ser tratados por el máximo tribunal de la nación, se encuentran las acciones de inconstitucionalidad presentadas contra la ley de despenalización del aborto en el DF, que fue aprobada en abril de 2007 y pretende legalizar el aborto del menor de doce semanas. Conversando con un investigador médico, especialista en las primeras etapas de la vida humana, me comentaba que es impresionante constatar cómo antes de las doce semanas, el niño no concebido ya tiene su ADN propio, original, completo, y diferente al de sus padres. Su corazón ya late, su sistema circulatorio funciona, sus miembros están desarrollados (cabeza, tronco y extremidades), todos sus órganos ya están formados, mide 6 centímetros de largo, ya puede moverse, etc.

Y concluía: “Estamos ante un ser humano con todas sus características y el avance actual de la ciencia médica lo demuestra ampliamente”.

Me venía a la cabeza aquella célebre frase el Dr. Jeróme Lejéune, famoso genetista francés, cuando escribía: “Abortar es matar, aunque el cadáver sea muy pequeño”. Sin duda, resulta absurdo el que se acuda al argumento de plantear hasta cuántas semanas lo que hay en el seno de la madre se puede considerar vida humana, como si lo que hubiera dentro de su cuerpo fuese un especie de amasijo de células informes y con un desarrollo anárquico. Científicamente está demostrado que la vida humana comienza desde que el óvulo es fertilizado y se inicia un desarrollo y evolución asombrosamente perfecto y encaminado a que lo que nazca sea un hombre o una mujer y no un tejido tumoral ni tampoco un ratón o lagartija.

Porque el derecho a la vida es el primero y principal de todos los derechos. Cuando éste se desprecia o minusvalora, se cae en una aberración gravísima de la conciencia colectiva ya que, entonces, se cometen actos homicidas con absoluta insensibilidad. Del mismo modo, se abre la puerta para considerar otras leyes contra la vida humana, como, por ejemplo, la eutanasia, la experimentación con embriones humanos, etc.

Recientemente ví la película “La Conspiración” sobre el holocausto nazi contra el pueblo judío. Fundamentalmente, el filme se centra en la reunión cumbre de altos dirigentes del gobierno nacional-socialista alemán para decidir qué hacer sobre “el problema judío” en el año 1942 (aunque la eliminación de judíos había comenzado secretamente desde años anteriores, sin que estuvieran enterados muchos de los dirigentes nazis). Al principio de esa reunión, se comenzó hablando de deportaciones masivas hacia el Este Europeo, luego de “evacuaciones”, y, finalmente, después de ríspidas discusiones, se concluyó que el camino más eficaz para resolver la “cuestión judía” era la aniquilación de los ciudadanos judíos en cámaras de gas como lo más efectivo y rápido, porque el fusilamiento resultaba demasiado “traumático” para los soldados. La orden superior había sido dada por Adolfo Hitler y los miembros de su gobierno se unieron para apoyar este holocausto. En la película sorprende la frialdad como hacen la votación final y deciden por unanimidad –levantando la mano– la eliminación de la raza judía en todo el continente europeo (hasta ese año, pensaban los nazis que ganarían la Segunda Guerra Mundial). La consecuencia de esa reunión fue la muerte de más de seis millones de judíos en campos de concentración. Por fortuna, perdieron la Guerra y fueron frenados en sus criminales intenciones en 1945.

Resulta lógico que cuando se pierde el respeto por la vida humana se caiga en estas conductas aberrantes. Cuando un dictador o asamblea legislativa se erigen como los dueños y señores para decidir sobre la vida o la muerte de los hombres, históricamente aparecen figuras funestas como Hitler o José Stalin, quien también aniquiló a millones de soviéticos en los tristemente célebres “Gúlags”. Porque actualmente se dice que lo “moderno”, lo “políticamente correcto”, es que los legisladores de los países aprueben el aborto. Pero no por ello deja de ser una conducta equivocada y perversa, aunque muchos “levanten la mano” para aprobarla, como lo hicieron los dirigentes nazis y soviéticos.

La excusa para aprobar el aborto ha sido el supuesto derecho que tiene la madre para decidir sobre su propio cuerpo. Cualquier persona con sentido común o estudiante de Medicina, demuestra –fácilmente y por la evidencia de los hechos– que cuando una madre queda embarazada existen dos vidas humanas, y ambas requieren de atención médica. Se trata de dos vidas humanas con los mismos derechos para vivir y realizarse como personas. Nunca he escuchado a una madre embarazada que diga: “En un mes va a salir mi producto”, sino, “en un mes va nacer mi bebé”, porque sabe que se trata de un hijo suyo, de un ser humano. ¿No debería el Estado brindar apoyos económicos para cuidar que las madres tengan a sus hijos (aunque el embarazo sea inesperado), en vez de la salida fácil y homicida de incitarlas a abortar? Siempre he pensado que detrás de las campañas abortistas existen muchos intereses económicos: el dinero que cobran los hospitales (que con frecuencia cobran bastante), los médicos, las enfermeras, las empresas farmacéuticas que distribuyen productos abortivos, etc. ¡Sin duda, promover el aborto es también un gran negocio desde el punto de vista económico!

Por otra parte, si la Suprema Corte de Justicia dictamina que la ley de la Asamblea del DF es constitucional, nos puede conducir a muchos absurdos y aberraciones, como por ejemplo, que grupos radicales busquen promover una ley abortista a nivel nacional y sean millones de mexicanos los que en poco tiempo sean aniquilados. Y después de este paso, ¿por qué no matar a las personas mayores que tengan enfermedades crónicas, progresivas e irreversibles? ¿O a los niños que tengan una enfermedad incurable, como el Síndrome de Dawn? ¿Por qué no matar también a los delincuentes incorregibles, como los ladrones, los secuestradores, los drogadictos, los que cometen actos de corrupción, de violencia…? Es decir, con esta forma absurda de razonar, muchos hombres y mujeres de este planeta “no tendrían derecho a vivir” y podrían ser eliminados como en los campos de concentración nazis o en los Gúlags soviéticos.

Finalmente, un niño no concebido se encuentra indefenso y el Estado debe garantizar su protección, cuidado y derecho a la vida. Steve Jobs, el genio de las computadoras y al que tanto le debe el mundo moderno de la cibernética, relata cómo él fue producto de un embarazo no deseado, y su madre pretendía abortarlo. La convencieron de que no lo matara y ella puso como condición que, cuando naciera, fuera a una guardería y que su madre adoptiva le diera estudios universitarios. Ahora Steve Jobs le da gracias a su madre porque le haya permitido nacer, desarrollarse como persona, y ser un bienhechor de la humanidad con sus innovaciones tecnológicas.

Toda la cadena de absurdos anteriormente mencionados, tiene como punto de arranque el no reconocer que el primer derecho humano es el derecho a la propia existencia –desde el seno materno en que el óvulo es fertilizado, hasta la muerte natural–, que es un derecho inviolable e intransferible, y que nadie puede adjudicarse el “derecho a aniquilar” a un hombre que, además, en este caso, no se puede defender por su propia mano. Sobre este particular, me decía un amigo, con sentido del humor: “¡Y el que no haya sido cigoto o embrión antes de venir a este mundo, que levante la mano!”.