La razón ante el misterio

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ANÁLISIS DEL RESULTADO DE LAS VÍAS TOMISTAS
DE ACCESO A DIOS

 
Si ahora volvemos la mirada a las conclusiones de las cinco vías tomistas de acceso a Dios, hallaremos que, bajo distintas perspectivas, se descubre la existencia de un Ser que es Acto puro y Ser subsistente por sí mismo. Un Ser en Acto sin mezcla de potencia pasiva alguna, inmutable, sin comienzo ni término, eterno.
¿No se implican ahí conceptos contradictorios? Inmutabilidad y Vida; Motor que mueve sin moverse, etc. Lo cierto es que ha sido la razón con un discurso rigurosamente lógico la que nos ha enfrentado con tan paradójico Ser. Podría parecer inadmisible esa serie de atributos que no conseguimos siquiera imaginar; y menos aún juntos.
Pero, pensándolo bien, no podíamos esperar menos que un Ser inabarcable (dicho técnicamente: incomprehensible) por la razón humana y mucho menos por la imaginación. La imaginación funciona con imágenes sensibles. ¿Cómo puede ser imaginable el Autor del universo? ¿Y cómo pretender que sea proporcionado a la razón el Ser que subsiste en sí, poseedor en grado infinito de infinitas perfecciones?
Lo razonable es reconocer que la razón es limitada y que, por lo tanto, ha de experimentar alguna especie de ofuscación ante lo infinitamente inteligible, como el ojo humano se ciega al sostener la mirada al sol.
¿Pero qué sería del ojo –de la capacidad de ver- si no existiera eso que no se puede mirar de frente sin perder la visión? No veríamos nada, de nada servirían nuestros ojos. Sin embargo, mirando un poco de soslayo, vemos el sol y además, a su luz vemos todas las cosas materiales con su relieve y color.
El sensista podría decir: el sol no existe, porque si miro eso que me dicen que es el sol, me quedo ciego. ¿Cómo me va a dejar sin luz la luz?
Dios no es comprehensible por la humana razón, pero no porque sea un ser contradictorio o simplemente ininteligible, sino precisamente porque, en sí mismo, es infinitamente inteligible, demasiado inteligible para una capacida limitada de entender, como la nuestra. ¿No es razonable, sensato, discurrir de este modo?
Lo insensato es el racionalismo, que pretende que lo que no resulta concebible por la razón no puede existir, no puede ser verdad. Y aún va más allá el racionalismo, porque sostiene que sólo cabe tener auténtica certeza de lo que la razón puede demostrar. Ahora bien ¿cómo se demuestra que sólo existe lo que es demostrable por la razón? ¿Cómo se demuestra que la razón humana es la máxima capacidad de entender? Por eso, con razón ha dicho J. Maritain que el recionalismo es el más irracional de los sistemas.
RAZÓN Y MISTERIO
El racionalismo es la negación del misterio. Sólo es real lo que es racional, y todo lo racional es real (Hegel).
La verdad que podría encontrarse en el racionalismo es que el criterio de certeza ha de ser razonable. Pero la razón descubre que hay en el hombre órganos de conocimiento que no son la razón. Están los sentidos. ¿No tendrán alguna función en el conocimiento de la realidad? ¿Para qué sirven? ¿Cómo es que el hombre no es pura razón? ¿Por qué la naturaleza fabrica un ser tan extraño con facultades tan inútiles? ¿Y la intuición intelectual, no existe, o no vale nada?
Tomás de Aquino reconoce dos funciones distintas de una misma facultad, el entendimiento: la intelección, que es función del intelecto (intellectus); y el razonamiento, que es función de la razón (ratio). De las dos, la específicamente humana es la razón (los ángeles y Dios no necesitan razonar), pero la más elevada es el intelecto, que no discurre (como hace la razón), sino que intuye, "ve" de un golpe de vista, adelantándose a menudo al discurso de la razón y entendiendo cosas que la razón es incapaz de racionalizar. Este es el sentido verdadero de la famosa frase «el corazón tiene razones que la razón no entiende». No se trata de sentimentalismo, que nunca es fiable en cuestiones de certeza, sino de un verdadero acto del entendimiento funcionando en su modo más perfecto.
¿Cómo si no, sabemos de nuestra propia existencia? ¿razonando, como Descartes, «pienso, luego existo»? No; no necesitamos de ningún «luego» para saber que existimos. No necesitamos deducir nuestra propia existencia, por ningún silogismo? No necesitamos que nadie nos demuestre nuestra propia existencia, ni la del mundo. Lo intuimos. Y entendemos, sin más complicaciones, que tenemos la facultad de razonar; que razonar es una actividad excelente; que no siempre acierta, pero que básicamente es fiable, si ponemos cuidado en razonar bien, correctamente, con lógica.
Ahora bien, para aceptar los resultados de la razón es preciso, anteriormente, al menos de una manera implícita, confiar en la eficacia de la razón. Pero esta confianza, si bien la puedo razonar, no la tengo por causa de razonamiento alguno, sino porque lo «veo», es decir, «lo entiendo» sin necesidad de silogismos. Porque si no lo «viera», no bastarían todos los silogismo habidos y por haber para confiar en mi razón; y entonces estaría intelectualmente perdido. Sería el bloqueo de la razón, la incapacidad de razonar con sentido inteligible.
Por eso, en la base de todas nuestras certezas, está un acto de confianza, incluso, si se quiere, un acto de fe: creo –confío- en mi capacidad de conocer verdades. Y esa fe o confianza no es irracional, es un acto intelectual, es decir, un acto del entendimiento funcionando no como ratio, sino como intellectus.
La razón no sabe qué hacer ante el misterio, pero el intelecto sí: cuando se topa con el misterio no lo niega por el hecho de ser misterioso, lo reconoce: ahí está un misterio, una luz inabarcable; en lugar de negarla, cerrándome a su luz, voy a aprovecharla y a la vez que reconozco su superioridad, miraré las demás cosas a su luz y entonces, todo lo veré con más claridad.
En el fondo, quizá por eso decía San Anselmo: nisi credideritis non intelligetis (S. Anselmo, De Fide Trin., cap. 2, M.P.L. CLVIII, 263-265); y también: credo ut intelligam (S. Anselmo, Prosologium, cap. I): creo para entender; si no créeis no entenderéis. Esto no es fideísmo, sino un uso razonable de la razón, una confianza en la razón que no es absoluta, incondicional, pero sí relativa, básicamente segura.
«Mientras haya misterio habrá salud; destruid el misterio y ver nacer las tendencias más morbosas, todo es uno» (R. K. Chesterton, Ortodoxia). El misterio no es negación de la razón. Lo que niega la razón y a la razón es el absurdo, lo ininteligible. Además, admitir un absurdo es tanto como admitir que todo es absurdo, ya que un solo absurdo bastaría para descalificar los principios de identidad, y de no conradicción y de razón suficiente, sobre los que descansa toda actividad racional. Ahora bien si existe algo que es la negación de estos principios ya no tenemos garantía de que valgan para pensar y explicar las demás cosas. Todo el edificio intelectual se derrumba cuando se admite un solo absurdo. Porque lo absurdo no es sencillamente lo impensable o inexplicable, sino lo intrínsecamente contradictorio, lo absolutamente irracional.
El misterio no es ininteligible: entendemos sus términos, pero no alcanzamos a abarcarlos. Reconocer el misterio donde lo hay, sin abandonarse a la cómoda tentación de negarlo, es dignidad de la razón, valor y vigor del espíritu.
Entre absurdo y misterio hay la misma diferencia que entre lo que contradice y lo que supera nuestra razón. Cuando se identifica el misterio (en el sentido cristiano del término) con el absurdo es señal de que no se le conoce o de que se ha endiosado a la razón estableciéndola como medida de todo, rechazando todo lo que la trasciende.
El «Motor inmóvil» no es contradictorio, es un misterio, cuya luz nos permite explicar nada menos que el movimiento que existe en toda la creación. Lo mismo cabe decir de la Causa incausada, del Ser Necesario, del Ser absolutamente perfecto, del Entendimiento subsistente.
Si es cierto que el hombre posee una naturaleza limitada y con frecuencia la contradicción parece salirle al paso, sabemos que una real contradicción nunca es posible, ni tratándose de Dios, ni de los seres o acontecimientos de la naturaleza.
La razón que no reconoce sus propios límites, queda encerrada en ellos y ya no se entiende ni a sí misma. En cambio, cuando reconoce su limitación, entonces es cuando alcanza su máxima posibilidad, dignidad y grandeza, porque reconocer un límite es conocer más que un límite. Si conozco algo como límite, sé que hay algo más que límite. Si me topo con un muro y reconozco que me impide el paso, es que sé que hay un más allá del muro.
De ahí que reconocer los propios límites es de alguna manera superarse y trascenderse a sí mismo. Si sé que soy limitado estoy comprendiendo que yo no lo soy todo. Si sé que soy «finito» es porque sé que hay «infinito». Y saber que hay infinito es no detenerme en el límite, sino sentirme impelido a indagar, para averiguar si puedo acceder a ese «más allá» fascinante.
Entonces, si tengo la «suerte» de encontrarme con un medio «sobre-natural» que me permite llegar a donde la razón quisiera pero no podía, me acogeré a él y me dejaré llevar hasta donde sea posible. Es el umbral de la fe sobrenatural, el encuentro con la revelación divina.
Cuando el filósofo se encuentra que en la Sagrada Escritura se narra la revelación de Yavé a Moisés: «Yo soy el que soy», se da cuenta de que está ante un misterio. Se admira, pero no se sorprende. Le resulta familiar, porque él ha llegado, con su sola razón a descubrir la existencia del «Ser subsistente», cuya Esencia, precisamente, es Ser.
Incluso cuando se encuentra con una de las cumbre de la revelación, «Dios es Amor», tampoco se sorprende. Se admira, porque, también con la razón podemos llegar a saber, que el Ser pefectísimo, ha de ser necesariamente Amor, puesto que es Ser, Vida, Verdad, Entender, Amar...
Así, pues, la diferencia que se pretendido establecer entre «el Dios de los filósofos» y el «Dios de la revelación» no es tanta. Más aún, todo apunta a que es el mismo. Conocido mucho más perfecta e íntimamente mediante la revelación, pero en continuidad con los resultados de un discurso filosófico correcto.
La sola razón no puede traspasar los umbrales de la fe. Pero hasta ahí llega. Y lo que es más asombroso, a partir de cosas que pueden ser tan pequeñas como un movimiento mínimo, como una causalidad intrascendente, como un ser corruptible, como una perfección muy limitada, como el orden que encierra un pequeño átomo.
Sucede que en una menuda gota de rocío puede reflejarse la inmensidad del cielo.