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EL ÚLTIMO DÍA DE LA VIDA
Quisiera en este momento
hacer contigo una reflexión sobre la propia vida, que nos ayude y que sea sincera;
que nos ayude a vivir cada vez mejor y así podamos llegar al final de la
misma con la certeza y alegría de haber cumplido con la misión, que al fin y
al cabo es lo único que importa.
Vamos a pensar en el último
día de nuestra vida, para tomar las decisiones que entonces quisiéramos haber
tomado, pero que ya será imposible tomar.
Este último día es un día
cualquiera para los demás, pero para ti es cuándo todo lo de aquí termina,
las últimas horas, el último minuto, y la vida se acabó. Comienza la eternidad.
Se fueron las oportunidades, lo que hiciste quedó hecho, lo que no hiciste
quedó sin hacer. Se quedan aquí los placeres y pasatiempos para seguir
engañando a otros, se quedan aquí los sufrimientos que tanto te asustaban y
pudieron haberte hecho un gran hombre, un gran cristiano. Se queda el dinero,
el oro, la plata, los dólares, los vestidos, las vacaciones, los libros, la
música y el baile, los perfumes y las vanidades; en tu equipaje para la
eternidad llevarás sólo dos cosas: Las buenas obras y las malas obras...
Te encuentras con Dios, sólo
Él y tú. Con el Dios de tu Iglesia, con el Dios de tus misas y comuniones al
menos una vez al año, con el Cristo que por un tiempo te entusiasmó, que se
te hizo lo más bello y grande del mundo, con el Cristo que por poco te
convence, Cristo que te llamó una, cien, mil veces en la vida con un amor que
jamás tuviste ni tendrás. ¡Cuántas cosas grandes y hermosas, te propusiste
hacer!. ¡Qué alegría te dará en ese momento las cosas buenas que hiciste, qué
tristeza las cosas que no hiciste! Si volviera a empezar...
Pero, muchas veces sucede
aquello de que cuando pude no quise, y ahora que quiero, ya no puedo. Aquella
voz que llamó a tu puerta tantas veces, aquel amigo verdadero que te ofreció
más amor, y gracias que todos los hombres del mundo, aquel Dios que con tu
pequeñez podía haber construido el gran cristiano, el gran hombre o la gran
mujer que se propuso lograr desde la eternidad.
¿Qué te importan ahora las
concesiones a la sensualidad, las faltas contra los mandamientos? Lo bailado
ya nadie me lo quita. Está bien, pero las cosas humanas una vez pasadas, nada
son. Son un simple recuerdo de algo que no volverá.
"Recuerde el alma
dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, como se
llega la muerte tan callando; cuán presto se va el placer, cómo después de
acordado, da dolor", así nos dice el poeta Jorge Manrique. Quisieras
haber sido un gran hombre, un gran cristiano, un gran bienhechor de tus
hermanos, un padre grande, una gran madre, gran esposo o esposa...
¿Por qué no te decides a
serlo desde ahora? El infierno, dicen, que está tapizado de buenas
intenciones, pero el cielo está alfombrado de propósitos cumplidos. Tan fácil
como esto, querer es poder, ganar el cielo es querer ganarlo, ser un gran
hombre, un gran cristiano se logra queriendo serlo, pero no queriendo un
rato, porque un rato todos hemos deseado, incluso ser santos.
Quererlo ser de una vez por
todas y todos los días, aun a pesar de haber fracasado, querer hasta el
último día de la vida, hasta el último aliento, aprovechar el tiempo, hacerlo
rendir por la causa de Cristo y de los hombres, que es la mejor causa del
mundo. Enamorarnos apasionadamente de esta causa, trabajar al máximo
rendimiento como hacen muchos hombres y mujeres grandes, dejar las
pequeñeces, las cositas, las historias, nuestro pequeño mundo tras la concha
del egoísmo, de la vanidad, de la sensualidad, y ampliar los horizontes de
los ideales nobles. ¿Qué quisiera haber sido al final de la vida? Esto debe
ser hoy. ¿Tendrás que decir "pude y no quise" o "pude y
quise"?.
Decía un gran hombre:
"Al final de la vida sólo queda lo que hayamos hecho por Dios y por
nuestros hermanos".
"Al atardecer de la
vida te examinarán el amor". Procura llegar a esa hora rico de ese don,
aunque te hayan robado todo lo demás.
08
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