La regla de las tres C

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Mi mamá me regaña y hasta me castiga cuando descubre que le he dicho una mentira, platica Maru, de ocho años de edad. Lo raro, continúa la niña, es
que ayer fuimos a un restaurante y de buenas a primeras me dijo: ’Ahí
viene la señorita, si te pregunta tu edad le dices que tienes seis,
¿entendiste?’

También la otra vez, me estaba recordando que no debo mentir y
en eso sonó el teléfono. Fui a contestar y mi mamá me advirtió: ’Si es
fulanita dile que no estoy.’

¿Qué pasa? ¿Antes era malo mentir y ahora ya no lo es tanto? Tiene
razón Maru en estar un poco confundida, ¿no? Sencillamente su mamá no
le está dando, por el momento, ejemplo de congruencia.

Las tres ’C’

El ejemplo anterior demuestra la existencia de una regla básica (en
este caso, no usada) que ayuda a los padres para formar buenos hábitos
en sus hijos, es la regla de las tres C, que significan: congruencia, constancia y consecuencias.

Los padres que siguen esta regla tienen la total garantía de que habrá buenos resultados, el único pequeño
detalle es que esta regla los compromete también a ellos, no es una
regla para aplicar a otros sino para aplicarla con los hechos a la
propia conducta.

Resultados

Cuando en el hogar no se pone en práctica la regla de las tres ’C’,
lo único que se logra es un ambiente de tensiones, desorden, gritos,
regaños, caras largas y malestar general.

Es momento ahora de pensar en estrategias que nos ayuden a evitar situaciones de conflicto entre padres e hijos.

¿Cómo le podemos hacer los padres para inculcar la responsabilidad
en nuestros hijos? La responsabilidad se empieza a inculcar desde que
el niño es pequeño, ¡sí, pequeño! Este ya puede empezar a recoger sus
juguetes y regresarlos a su lugar, esto le enseña que hay cosas por
hacer que le corresponden a él, que las puede hacer bien y que se
espera que las haga.

Los niños son serviciales, y les gusta ayudar en diferentes
actividades. Si esperamos a que sean adolescentes para pedirles que
recojan su plato de la mesa o recojan su cuarto, ¡créame!, será muy
tarde.

Primera ’C’: La Congruencia

Se basa en el ejemplo. Si queremos hijos ordenados, amigables y sinceros debemos ser los primeros en ser así.

Hay una frase incongruente que dice: Haz lo que digo, pero no lo que hago. Además de incongruente es inoperante porque lo que se imita es el ejemplo antes que las palabras.

Lo más común es que si usted trata a sus hijos con cortesía y respeto ellos harán lo mismo con los demás.

¡Cómo podemos exigir a nuestros hijos modelos de conducta que ni siquiera nosotros podemos adoptar!

¿Por qué molestarme si me encuentro a mi hijo bebiendo alcohol, si yo he dado el ejemplo?

Segunda ’C’: La constancia

Equivale a no quitar el dedo del renglón. ¡Cuántas veces nos
sentimos cansados, sin ganas de corregir a los hijos porque cometen los
mismos errores todos los días o simplemente nos hacemos los sordos o
los ciegos y dejamos pasar actitudes de ellos, como tomar alimentos
entre comidas, hablar bruscamente al pedir las cosas o acostarse sin
cepillarse los dientes.

Un ejemplo: si su niño tiene la costumbre de dejar la mochila en el
primer lugar que encuentra, usted le recuerda que la lleve a su lugar y
él accede, ¡muy bien, ya está! Pero si esta situación se repite y ahora
ya no se siente con humor de llamar al niño para que la recoja y usted
lo hace, créame, tiene ya parte de la batalla perdida.

La constancia es la base para adquirir hábitos: terminar la tarea
empezada, poner en orden los juguetes, ver la televisión sólo a la hora
permitida, y más.

La repetición constante de la reglas establecidas nos llevará a las
metas que queramos alcanzar. Es aquí donde el cansancio, los estados de
ánimo, la impaciencia y la comodidad nos ponen duros obstáculos para no
ser constantes con lo que exigimos a nuestros hijos.

Si no permite excepciones, verá los resultados más pronto de lo que se imagina.

Tercera ’C’: Las consecuencias

Cada acción buena o mala tiene su consecuencia o, lo que es lo mismo, cada causa tiene un efecto.

Con sólo esta idea que se grabara a fuego en la mente de los pequeños, se evitaría tantas desgracias futuras.

¡Hay que permitir a los hijos que experimenten las consecuencias de
sus propios actos! Si les resolvemos todo les hacemos un gran daño y
les robamos la gran oportunidad de crecer y madurar.

Las naturales consecuencias son de gran ayuda para nosotros los
padres, ni siquiera hay por qué enojarse si por ejemplo la niña rompe
un vaso lleno de leche, lo único que debe hacer en seguida es recoger
bien los vidrios, limpiar a profundidad el líquido y dejar tan limpio
como estaba.

Las consecuencias actúan por sí solas, ellas marcarán el
autocastigo del niño y así, en la próxima ocasión tendrá más cuidado y
no habrá motivo para enojarse con sus papás.

Esta es la regla de las tres ’C’, pequeña, pero muy completa, para
que empiecen a formarse los hijos y terminemos de formarnos los padres.