Resurrección y reencarnación

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Recientemente hemos rememorado los misterios de la salvación. Han sido días en los que se ha escuchado hablar con suma frecuencia de la cuaresma, de Jesucristo, de su Calvario, de la cruz y su resurrección. No es poco frecuente el que para muchos quede en pie un interrogante: ¿qué es exactamente la resurrección? En mayor o menor medida se sabe quién es Jesús, qué es la cuaresma; se sabe en qué consiste el Calvario y qué significa la cruz, pero la resurrección aparece, en gran medida, para algunos, erróneamente ligada a la reencarnación o, por lo menos, confusa.

Los conceptos de resurrección y reencarnación son completamente diversos y no obstante no es extraño confundirlos.

Es natural en el hombre su inquietud por saber a dónde se va con la muerte. El ser humano siempre ha experimentado esa ansia de saber qué hay más allá, qué le trasciende. No se conforma con un tiempo de vida limitado y busca respuestas.

Para el creyente católico la muerte se presenta como un viaje, como un camino donde cabe la esperanza en el retorno, en el reencuentro. Es verdad que a la reencarnación puede atribuírsele iguales características pero hay elementos diversos en el fondo.

Resucitar significa volver a la vida o, mejor, a una nueva vida. Y es que en realidad nunca se muere del todo. Los católicos sabemos que aun después de la muerte el alma continúa viviendo. Y es que el morir no es más que la separación entre nuestro cuerpo mortal y nuestra alma espiritual. El alma continúa existiendo tras esa separación terrena; es juzgada: premiada con la seguridad de volver a una nueva vida donde ya no habrá más separaciones y donde todo se concibe como gozo y alegría, o condenada a verse privada de este nuevo vivir según lo obrado en el mundo cuando cuerpo y alma eran unidad.

La resurrección se entiende sólo bajo el prisma de la fe. Ya Jesús ofreció una respuesta a los saduceos que le preguntaban sobre quién sería el esposo de la mujer casada sucesivamente con un grupo de hermanos que iban muriendo uno tras otro y la iban tomando como esposa, el día de la resurrección. Les dijo que no sería esposa de ninguno porque en el cielo no hacia falta casarse pues serían como ángeles. Aquella respuesta tiene validez aquí. No se puede imaginar una nueva vida al mero modo humano.

La reencarnación, en cambio, pregona una nueva existencia: en definitiva no es más que una transmigración del alma a otro cuerpo. Es decir, mientras el católico está cierto en creer que Dios crea a cada ser humano, con cuerpo y alma únicos e irrepetibles, por amor; corrientes como el New Age y religiones orientales se afanan en pensar quiméricamente que un ser superior creó un número limitado de cuerpos en los cuales un número limitado de almas entran y salen según se comportan. O lo que es lo mismo: hoy eres un ser humano y cuando te mueras reencarnas chango, perra, zorra, rata, puerco, buey o planta de marihuana o alcachofa; o al revés: hoy vaca y mañana miss universo. Lo angustioso del asunto es que no hay pruebas irrefutables que comprueben con exactitud este pensamiento.

En el cristianismo tenemos, y con esto bastaría, el testimonio de Jesús que resucita de entre los muertos. No resucita con el cuerpo de un elefante o una yegüa, no; lo hace con su mismo cuerpo pero glorioso, con el mismo cuerpo que tiene en el cielo. No es menos cierto que en el Nuevo Testamento aparecen varios casos de personas resucitadas (Lázaro, el hijo de la viuda, Talita, etc.). Esos casos, digámoslo así para entendernos, fueron resurrecciones “parciales” pues resucitaron a la misma vida de antes, a una vida terrena, sin cuerpo glorioso, y en un momento dado volvieron a morir. Tras la resurrección final ya no habrá muerte.

Ésta es una primera clave para entender las diferencias entre ambos conceptos: mientras en la concepción fundamentada del cristianismo la resurrección acontecerá en un tiempo concreto aún desconocido para nosotros; la noción pseudo religiosa de corrientes de espiritualidad oriental y la “multifacética” y moldeable New Age indica que el alma tras la muerte puede cambiar de un cuerpo a otro incluso al momento. En la resurrección no transmigra el alma a otro cuerpo, sólo lo abandona y permanece a la espera de una nueva unión.

En ambas está presente la condena de las malas acciones aunque también hay una diferencia fundamental: para el católico la superación del pecado es una oportunidad de manifestar el amor a su Creador. En última instancia el vencer la tentación es una acción conjunta de gracia de Dios y acto de voluntad que corresponde a esa gracia para superar la posible caída remitiendo a Dios el éxito pues en él se espera alcanzar la salvación. En la concepción cristiana hay un camino constante de conversión que hace que la vida sea vida en Dios.

En la otra concepción prima el egoísmo. Superar las faltas no es un acto de amor como en el catolicismo, sino un acto egocéntrico donde no se remite nada a Dios pues, de hecho, todos podemos ser dioses. Interesa, eso sí, reencarnarse, según los gustos, en un animal bello o en un cuerpo hermoso; tener éxito, fama y dinero. Lo problemático vuelve a presentarse en esta postura cuando se requiere mostrar las condiciones de mérito para que el alma de un vegetal puede reencarnar en un “mister mundo”. Hasta donde se sabe, los árboles de manzana no arrojan sus frutos a las ventanas de las casas del vecino ni el pasto dice majaderías cuando lo pisan; tampoco sabemos de alguna tortuga que practique la eutanasia ante la edad acumulada, o de alguna cigüeña que promueva el aborto. Si la transmigración se juzga a partir de las obras, ¿cómo encontrar el criterio de vida que tendrá el alma aprisionada en estos cuerpos?

No basta saber qué es la resurrección. Es necesario aprender a afrontar la muerte con la aplicación personal de un buen obrar. Hay resurrección plena y gloriosa cuando además de un sano interés por una nueva vida hay amor a Dios y, en él, a los que nos rodean.

Nos lo recuerda Jesús con su obediencia y aceptación del sufrimiento por nosotros, por cada uno. Nosotros tenemos todo un plan de vida para alcanzar la resurrección feliz en los mandamientos. Satisfecha la duda, no basta saber que hay programa para resucitar: obviamente es necesario conocerlo y vivirlo.