Saber educar nuestras reacciones

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Dos historias distintas

1) Para saber

En el actuar humano, ante ciertos estímulos negativos, se dan ciertas reacciones inmediatas, casi automáticas. Son reacciones primeras. Por ejemplo, cuando ante un dolor o golpe, la persona grita o dice una mal palabra. Aunque muchas veces no comportan maldad moral grave al no ser plenamente voluntarias, es posible ir educando esas reacciones y llegar a tener un dominio sobre ellas.

Dos historias ejemplifican las consecuencias que pueden tener nuestros actos.

2) Para pensar

PRIMERA HISTORIA.

Una vez, un motorista llevó a un niño a la sala de emergencia de un hospital privado, muy costoso, tras haber sido atropellado.

Cuando al motorista se le pidió que efectuara el depósito necesario para atender al niño, informó que no contaba con dinero para la garantía. No conocía al niño y no sabía si sus padres podrían pagar.

La enfermera, ante la imposibilidad de ingresar al niño, fue a consultar con uno de los doctores que estaba de guardia. El doctor, que había tenido un día cansado y muy difícil, estaba a punto de irse. Oyó a la enfermera y su primera reacción fue negarse a atenderlo. Dejándose llevar por el malestar, le dijo enojado a la enfermera que él no podía pagar ni responsabilizarse de cualquiera que viniera y que le dijera al motorista que se lo llevara a otro hospital. El motorista recibió con dolor la noticia, y sucedió que mientras buscaba otro hospital el niño murió. Luego, buscando en las pertenencias del niño, encontró un teléfono y decidió hablar para dar la triste noticia.

Cuando el médico en turno regresó un rato después a su casa recibió una llamada. Era el motorista. Hablaba para informarle la muerte de su hijo.

SEGUNDA HISTORIA

Antonio, un padre de familia, cuando regresaba del trabajo, se encontró con un embotellamiento de tránsito infernal y notó que un señor conducía alocadamente, cortándole el paso a todos al tratar de abrirse paso entre los vehículos.

Cuando se aproximó al carro de Antonio, se le atravesó de una manera tan brusca que por poco ocurre un accidente. En ese momento, la primera reacción de Antonio fue de insultarlo e, incluso, de impedirle el paso. Pero recapacitó y pensó: “¡Pobre hombre! Está tan nervioso y apurado... ¡Sabrá Dios si tiene un problema serio y necesita llegar cuanto antes a su destino!”

Detuvo su auto y lo dejó pasar. Al llegar a casa, Antonio recibió la noticia de que su hijo de tres años había sufrido un grave accidente y había sido llevado al hospital por su esposa.

Inmediatamente fue al hospital; al llegar, su esposa corrió y lo tranquilizó diciéndole: “Gracias a Dios todo está bien. El médico llegó justo a tiempo para salvar la vida de nuestro hijo; ya está fuera de peligro”.

Aliviado, Antonio pidió hablar con el médico para agradecerle. Cual sería su sorpresa cuando vio que el médico era ese señor nervioso y apurado a quien le había cedido el paso casi una hora antes y que manejaba así para alcanzar a llegar a curar a su hijo.

3) Para vivir

La comprensión es el mejor antídoto para evitar juzgar mal a las personas. Hay que tener en cuenta que no conocemos las intenciones de los demás, y será siempre mejor pensar que tendrán una buena intención que les lleva a actuar de tal manera.