El sacerdote, pastor y guía espiritual

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El sacerdote, pastor y guía espiritual

¿Qué desean encontrar los fieles en el sacerdote? Cuando llega el nuevo párroco a una comunidad, la gente mantiene una actitud de expectativa. Quiere ver, quiere conocer, quiere formarse una idea del recién llegado. Luego dirán si es el que esperaban, o si todavía tendrán que aguardar a que lleguen mejores tiempos.

Habrá quienes busquen en el sacerdote un mayor esfuerzo en la catequesis. Otros pedirán talleres bíblicos, catequéticos, matrimoniales. Otros, maneras más participativas en la gestión de la parroquia. Otros, celebraciones eucarísticas con coro, monaguillos y buenas homilías. Otros, un relanzamiento de la pastoral juvenil. Otros, buenos cursos para preparar a los novios.

La lista podría alargarse. Pero no nos equivocamos si decimos que todos, o casi todos, desearían encontrar en el sacerdote recién llegado a un auténtico guía espiritual: a un hombre de Dios, lleno de fe, de esperanza y de caridad.

En mayo de 1966 llegaba a la diócesis de Barcelona mons. Marcelo González Martín, recién nombrado obispo coadjutor. Al dirigir su discurso de saludo, habló especialmente a los sacerdotes. Les recordó lo que los fieles esperan de ellos: “la fe y el sostenimiento de la esperanza”. No quieren sacerdotes funcionarios, ni sacerdotes expertos en sociología, ni buenos administradores, ni grandes especialistas de ciencias de diverso tipo. Quieren lo más esencial, lo más profundo: una ayuda espiritual.

El decreto Presbyterorum ordinis recordaba a los sacerdotes su misión de ser “testigos y dispensadores de una vida distinta de la terrena” (n. 3), para lo cual hace falta cultivar virtudes humanas que tanto valor tienen en el trato con la gente; pero, sobre todo, hace falta cultivar un modo de vida elevado, puro, santo (según las recomendaciones dadas por san Pablo a Filemón, Flm 4,8). Es la santidad la que más contribuye, según el mismo decreto del Vaticano II, a un ministerio sacerdotal lleno de frutos (Presbyterorum ordinis n. 12).

En el rito de la ordenación sacerdotal se hace una hermosa invitación al sacerdote a vivir imbuido en el misterio que buscará transmitir a los fieles. Cuando el obispo entrega a los recién ordenados la patena y el cáliz, les exhorta con estas palabras: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas, e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.

La exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis subrayó, en la línea del Concilio, el papel de la vida espiritual como elemento decisivo para permitir que los fieles sintonicen y penetren profundamente en las acciones sagradas que se realizan en cada uno de los sacramentos. En palabras más sencillas, un sacerdote santo arrastra siempre, contagia e imbuye a la gente en la vivencia cordial y fervorosa de los sacramentos.

Los bautizados gritan, anhelan, una sola cosa: queremos ver a Jesús en los sacerdotes. Lo recordaba el amado Papa Juan Pablo II en un discurso dirigido a los presbíteros en Natal (Brasil) el 13 de octubre de 1991: “¡Queremos ver Jesús! Los hombres necesitan ver, sobre todo, la santidad de Cristo reflejada en los sacerdotes. Brasil, el mundo entero, necesita sacerdotes santos, fieles a su plena consagración a Dios, y totalmente entregados a su misión específica. Sacerdotes cuyo único objetivo sea cumplir la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra (cf. Jn 4,34), dispuestos a gastar su vida, con una caridad pastoral sin límites, en la función mediadora que les es propia: llevar a los hombres a Dios, y llevar a Dios a los hombres”.

El Papa Benedicto XVI, en una homilía de ordenación de 15 sacerdotes en la Basílica de San Pedro (7 de mayo de 2006), recordaba que si los hombres descubren que el sacerdote habla de sí mismo, quedan insatisfechos, pues encuentran muy poca cosa, no aquello que buscaban. “Pero -continuaba el Papa- donde resuena en una persona otra voz, la voz del Creador, del Padre, se abre la puerta de la relación que el hombre espera. Por tanto, así debe ser en nuestro caso. Ante todo, en nuestro interior debemos vivir la relación con Cristo y, por medio de Él, con el Padre; sólo entonces podemos comprender verdaderamente a los hombres, sólo a la luz de Dios se comprende la profundidad del hombre; entonces quien nos escucha se da cuenta de que no hablamos de nosotros, de algo, sino del verdadero Pastor”.

Cada sacerdote está llamado, por lo tanto, a ser un líder espiritual, un auténtico guía de sus hermanos. Precisamente porque es Dios mismo quien le invita a configurarse con Cristo. Porque Cristo lo ha escogido y lo ha enviado a anunciar la llegada del Reino, a dar esperanza a los corazones, a sostener la fe, a alimentar la caridad.

Cada sacerdote debe sentir, en lo más profundo de su ser, la necesidad de identificarse con el Señor. Es decir, debe sentir amor por las ovejas, compasión por su pueblo, por todos y por cada uno, participando así del Corazón de Cristo que ofreció su Palabra y su Vida entera para la salvación del mundo.

La manera más profunda para llegar a las almas consiste en amar. Quizá el sacerdote no sea muy inteligente, ni un gran organizador, ni un experto en etiqueta, ni un pedagogo de muchas cualidades, ni un erudito en ciencias religiosas. Pero si tiene auténtico fervor, si cree en lo que predica, si intenta descubrir en cada uno de los feligreses (niños, jóvenes, adultos, ancianos) la mirada amorosa de Dios sobre cada corazón, será un verdadero líder de su comunidad. No buscará ser aplaudido, pues sabe que debe dirigir a los fieles hacia Dios. Pero no podrá no descubrir cómo muchas personas le miran con gratitud inmensa. Porque han visto, a través de su párroco, a Jesucristo en medio de su pueblo.