El Sagrado Corazón de Jesús


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Sagrado Corazón de Jesús - ARC

 

En el culto al Corazón de Jesús se ha cumplido la palabra profética a la que se refiere san Juan: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37; cf. Za 12, 10). Es una mirada contemplativa, que se esfuerza por penetrar en la intimidad de los sentimientos de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. En este culto el creyente confirma y profundiza la acogida del misterio de la Encarnación, en la que el Verbo se hizo solidario con los hombres y testigo de que Dios los busca. Esta búsqueda nace en la intimidad de Dios, que «ama» al hombre «eternamente en el Verbo y en Cristo lo quiere elevar a la dignidad de hijo adoptivo» (Tertio millennio adveniente, 7).

Al mismo tiempo, la devoción al Corazón de Jesús escruta el misterio de la Redención, para descubrir en él la dimensión de amor que animó su sacrificio de salvación.

En el Corazón de Cristo es continua la acción del Espíritu Santo, a la que Jesús atribuyó la inspiración de su misión (cf. Lc 4, 18; Is 61, 1) y cuyo envío había prometido durante la última cena. Es el Espíritu el que ayuda a captar la riqueza del signo del costado traspasado de Cristo, del que nació la Iglesia (cf. Sacrosanctum Concilium, 5). «En efecto -como escribió Pablo VI-, la Iglesia nació del Corazón abierto del Redentor y de ese Corazón se alimenta, ya que Cristo “se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra” (Ef 5, 25-26)» (Carta Diserti interpretes, a los superiores mayores de los institutos dedicados al Corazón de Jesús, 25 de mayo de 1965). De igual modo, por medio del Espíritu Santo, el amor del Corazón de Jesús se derrama en los corazones de los hombres (cf. Rm 5, 5) y los impulsa a la adoración de su «inescrutable riqueza» (Ef 3, 8) y a la súplica filial y confiada al Padre (cf. Rm 8, 15-16), a través del Resucitado, «siempre vivo para interceder en su favor» (Hb 7, 25).