Santa Eustaquia Esmeralda Calafato


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Santa Eustaquia Esmeralda Calafato

Abadesa, 24 de marzo.

Santa Eustaquia nació en Mesina el 25 de marzo de 1434. En el bautismo se le impuso el nombre de Esmeralda. Fue educada en la fe bajo el influjo del los franciscanos. A los 11 años, su padre la prometió a un joven de la misma posición social y económica, pero el matrimonio fracasó por la repentina muerte del prometido esposo, el año 1446.

Ella rechazó firmemente las nuevas propuestas de matrimonio hechas por los familiares, pues en su corazón había decidido consagrarse a Dios en la vida religiosa. El padre se opuso tenazmente y sólo tras su muerte improvista, el año 1448, pudo realizar su deseo.

Esmeralda entró en el monasterio de las Clarisas de Santa María de Basico en Mesina a finales de 1449. Cuando vistió el hábito, tomó el nombre de Eustaquia. Durante el noviciado se distinguió por su piedad, oración, meditación y práctica de las virtudes. Deseosa de vivir un modelo de perfección más comprometida, tras la autorización de los superiores eclesiásticos, Eustaquia fundó un nuevo monasterio, en los locales de un viejo hospital: le siguió su hermana Margarita y una sobrina; pronto se añadieron otras candidatas. En 1464, ante las dificultades que surgieron, se vieron obligadas a trasladarse a una casa de una congregación de franciscanas terciarias, situada en el barrio de Montevergine, casa transformada después en monasterio. Vinieron nuevas candidatas, entre las que se hallaba la madre de la santa. Por vez primera, en 1464 fue elegida abadesa, cargo que desempeñó alternándose con Jacopa Pollicino y que cumplió responsablemente hasta el día de su muerte, el 20 de enero de 1485.

De San Francisco y Santa Clara adquirió la espiritualidad cristocéntrica, que ella expresó con un amor especial a la Eucaristía, y a la Santísima Virgen. Eustaquia Esmeralda Calafato tiene un mensaje válido y actual para la Iglesia universal: para los jóvenes, a los cuales enseña que las opciones de la vida se deben realizar a la luz de la fe, sin transacciones con los contenidos del Evangelio; para los religiosos, porque supo realizar una profunda actualización de la vida claustral viviendo en su plenitud la Palabra del Señor y volviendo al espíritu genuino de San Francisco y Santa Clara.