¡Santo, súbito!

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Desde el “no tengan miedo” del primer día de su pontificado al “Duc in altum” con el que quiso introducir a la Iglesia en la travesía del tercer milenio de la era cristiana, hasta el “Déjenme ir a la casa del Padre”, el dos de abril de 2005, pasaron casi 27 intensos años de pontificado.

Es una tarea imposible tratar de abarcar en un artículo a un Papa que fue inabarcable. Sin duda, en estos días se hablará mucho de él, pero seguro que se dejarán de decir muchas cosas; esas que nadie vio y que nadie plasmó en los medios de comunicación, pero que ahí están y que van a estar siempre, y que tal vez sean lo más relevante de tantos años de sacrificio y de fiel siembra.

Muchos de nosotros vibramos, y no dudo que también hayamos llorado con este Papa. Probablemente también muchos lo tocamos física y no digamos espiritualmente. Él se convirtió, para nosotros, en un Evangelio vivo; testigo y propulsor de esperanza, en un mundo que generaba desesperanza.

Rompiendo esquemas fue llevando la barca de la Iglesia con paso firme y seguro hacia el tercer milenio. Dios no quiso llevárselo consigo pronto, tal vez porque necesitábamos fortalecernos y convencernos del valor del Evangelio de la vida; ese Evangelio que, desde su ancianidad y desde sus enfermedades, proclamó todos los días.

Hoy, ya próxima su beatificación, nos unimos a la Iglesia en un himno de acción de gracias prolongado. El Papa Juan Pablo II vino del sufrimiento, de la Iglesia perseguida, del dolor. Desde el primer momento se vio que la Iglesia, con él a su cabeza, iba a ser sacudida por un terremoto de fe, de amor y de justicia. Se le hicieron pequeños los límites de Roma, y abrió sus brazos al mundo. Sus brazos, su palabra, su cansancio y su constante peregrinación. Con su ejemplo y su voz se derrumbó el comunismo en Europa y tantos otros muros en los cinco continentes. Sus armas no fueron otras que sus palabras. Y lo asesinaron. Que el Papa haya alcanzado los ochenta y cuatro años es el primer milagro. Lo mataron, pero ese hilo de vida que le dejaron, esa línea casi imperceptible de sufrimiento, triunfó.

Su juventud y su fortaleza fueron dando paso a la ancianidad y a las humillaciones físicas, pero el Papa siguió siendo el mismo, o más aún, sacando fuerzas de no se sabe dónde, fue más generoso, más amante de la justicia, y más fuerte que nunca. Cumplió con su cruz; dudo que alguien pueda negarlo. El Papa, al final de su pontificado, era todo eso, la bondad, la integridad, el amor, la perseverancia, la justicia y la paz en un cuerpo humano destruido. Apenas podía andar. La voz se le resistía. Pero el corazón le aguantaba y le llevaba hasta lo imposible. Sus ojos resumían en su mirada todos los horizontes de esperanza de los hombres. Y allá donde acudía seguían siendo millones de personas las que se reunían para recibir su abrazo y su bendición. Y de esos millones, un porcentaje increíble y sorprendente de jóvenes, que este Papa, esta roca, este terremoto de bondad, este anciano que apenas podía moverse,  misteriosamente movilizaba. Y hasta sus más enconados enemigos, los que no le perdonaban su capitanía hacia la libertad verdadera, reconocían en él la fuerza indomable de quien lleva a Dios en cada centímetro devastado de su cuerpo.

Juan Pablo II era un Papa que emocionaba con su mirada, y que dejaba ver que las lágrimas no deben esconderse. Un Papa que rompía todos los esquemas para estar entre los que sufren, los que esperan y los que aman. Este Papa fue una revolución por sí mismo, su cansancio descansaba, su angustia sosegaba, su dolor sanaba y su debilidad física fortalecía.

La Iglesia nos dice ahora lo que todos ya sabíamos e intuíamos, que Juan Pablo II vive ya en lo alto: después de tantos sufrimientos ofrecidos y de tantas desilusiones acumuladas, y tantas alegrías devueltas, y tantos amores esparcidos en Su Nombre por el ancho mundo de las desdichas. La Iglesia nos dice que nos demos cuenta de que nunca su huella de roca invencible se borrará de la piel herida del mundo.