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5 de
Abril San Vicente Ferrer,
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Nació en
1350 en Valencia, España. Sus padres le inculcaron desde muy pequeñito una
fervorosa devoción hacia Jesucristo y a Se hizo religioso en Durante su juventud el
demonio lo asaltó con violentas tentaciones y, además, como era
extraordinariamente bien parecido, varias mujeres de dudosa conducta se
enamoraron de él y como no les hizo caso a sus zalamerías, le inventaron
terribles calumnias contra su buena fama. Todo esto lo fue haciendo fuerte
para soportar las pruebas que le iban a llegar después. Siendo un simple diácono
lo mandaron a predicar a Barcelona. La ciudad estaba pasando por un período
de hambre y los barcos portadores de alimentos no llegaban. Entonces
Vicente en un sermón anunció una tarde que esa misma noche llegarían los
barcos con los alimentos tan deseados. Al volver a su convento, el superior
lo regañó por dedicarse a hacer profecías de cosas que él no podía estar
seguro de que iban a suceder. Pero esa noche llegaron los barcos, y al día
siguiente el pueblo se dirigió hacia el convento a aclamar a Vicente, el
predicador. Los superiores tuvieron que trasladarlo a otra ciudad para
evitar desórdenes. Vicente estaba muy
angustiado porque En adelante por 30 años,
Vicente recorre el norte de España, y el sur de Francia, el norte de
Italia, y el país de Suiza, predicando incansablemente, con enormes frutos
espirituales. Los primeros convertidos
fueron judíos y moros. Dicen que convirtió más de 10,000 judíos y otros
tantos musulmanes o moros en España. Y esto es admirable porque no hay
gente más difícil de convertirse al catolicismo que un judío o un musulmán. Las multitudes se apiñaban
para escucharle, donde quiera que él llegaba. Tenía que predicar en campos
abiertos porque las gentes no cabían en los templos. Su voz sonora,
poderosa y llena de agradables matices y modulaciones y su pronunciación
sumamente cuidadosa, permitían oírle y entenderle a más de una cuadra de
distancia. Sus sermones duraban casi
siempre más de dos horas (un sermón suyo de las Siete Palabras en un
Viernes Santo duró seis horas), pero los oyentes no se cansaban ni se
aburrían porque sabía hablar con tal emoción y de temas tan propios para
esas gentes, y con frases tan propias de Antes de predicar duraba
cinco o más horas rezando para pedir a Dios la eficacia de la palabra, y
conseguir que sus oyentes se transformaran al oírle. Dormía en el puro
suelo, ayunaba frecuentemente y se trasladaba a pie de una ciudad a otra
(los últimos años se enfermó de una pierna y se trasladaba cabalgando en un
burrito). En aquel tiempo había
predicadores que lo que buscaban era agradar a los oídos y componían
sermones rimbombantes que no convertían a nadie. En cambio a San Vicente lo
que le interesaba no era lucirse sino convertir a los pecadores. Y su
predicación conmovía hasta a los más fríos e indiferentes. Su poderosa voz
llegaba hasta lo más profundo del alma. En pleno sermón se oían gritos de
pecadores pidiendo perdón a Dios, y a cada rato caían personas desmayadas
de tanta emoción. gentes que siempre habían odiado, hacían las paces y se
abrazaban. Pecadores endurecidos en sus vicios pedían confesores. El santo
tenía que llevar consigo una gran cantidad de sacerdotes para que
confesaran a los penitentes arrepentidos. Hasta 15,000 personas se reunían
en los campos abiertos, para oírle. Después de sus
predicaciones lo seguían dos grandes procesiones: una de hombres
convertidos, rezando y llorando, alrededor de una imagen de Cristo
Crucificado; y otra de mujeres alabando a Dios, alrededor de una imagen de Como la gente se lanzaba
hacia él para tocarlo y quitarle pedecitos de su hábito para llevarlos como
reliquias, tenía que pasar por entre las multitudes, rodeado de un grupo de
hombres encerrándolo y protegiéndolo entre maderos y tablas. El santo
pasaba saludando a todos con su sonrisa franca y su mirada penetrante que
llegaba hasta el alma. Las gentes se quedaban
admiradas al ver que después de sus predicaciones se disminuían enormemente
las borracheras y la costumbre de hablar cosas malas, y las mujeres dejaban
ciertas modas escandalosas o adornos que demostraban demasiada vanidad y
gusto de aparecer. Y hay un dato curioso: siendo tan fuerte su modo de
predicar y atacando tan duramente al pecado y al vicio, sin embargo las
muchedumbres le escuchaban con gusto porque notaban el gran provecho que
obtenían al oírle sus sermones. Vicente fustigaba sin
miedo las malas costumbres, que son la causa de tantos males. Invitaba
incesantemente a recibir los santos sacramentos de la confesión y de la
comunión. Hablaba de la sublimidad de Pero el tema en que más
insistía este santo predicador era el Juicio de Dios que espera a todo
pecador. La gente lo llamaba "El ángel del Apocalipsis", porque
continuamente recordaba a las gentes lo que el libro del Apocalipsis enseña
acerca del Juicio Final que nos espera a todos. El repetía sin cansarse
aquel aviso de Jesús: "He aquí que vengo, y traigo conmigo mi salario.
Y le daré a cada uno según hayan sido sus obras" (Apocalipsis 22,12).
Hasta los más empecatados y alejados de la religión se conmovían al oírle
anunciar el Juicio Final, donde "Los que han hecho el bien, irán a la
gloria eterna y los que se decidieron a hacer el mal, irán a la eterna
condenación" (San Juan 5, 29). Los milagros acompañaron a
San Vicente en toda su predicación. Y uno de ellos era el hacerse entender
en otros idiomas, siendo que él solamente hablaba el español y el latín. Y
sucedía frecuentemente que las gentes de otros países le entendían
perfectamente como si les estuviera hablando en su propio idioma. Era como
la repetición del milagro que sucedió en Jerusalén el día de Pentecostés,
cuando al llegar el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, las gentes
de 18 países escuchaban a los apóstoles cada uno en su propio idioma,
siendo que ellos solamente les hablaban en el idioma de Israel. San Vicente se mantuvo
humilde a pesar de la enorme fama y de la gran popularidad que le acompañaban,
y de las muchas alabanzas que le daban en todas partes. Decía que su vida
no había sido sino una cadena interminable de pecados. Repetía: "Mi
cuerpo y mi alma no son sino una pura llaga de pecados. Todo en mí tiene la
fetidez de mis culpas". Así son los santos. Grandes ante la gente de
la tierra pero se sienten muy pequeñitos ante la presencia de Dios que todo
lo sabe. Los últimos años, ya lleno
de enfermedades, lo tenían que ayudar a subir al sitio donde iba a
predicar. Pero apenas empezaba la predicación se transformaba, se le
olvidaban sus enfermedades y predicaba con el fervor y la emoción de sus
primeros años. Era como un milagro. Durante el sermón no parecía viejo ni
enfermo sino lleno de juventud y de entusiasmo. Y su entusiasmo era
contagioso. Murió en plena actividad misionera, el Miércoles de Ceniza, 5
de abril del año 1419. Fueron tantos sus milagros y tan grande su fama, que
el Papa lo declaró santo a los 36 años de haber muerto, en 1455. El santo regalaba a las señoras
que peleaban mucho con su marido, un frasquito con agua bendita y les
recomendaba: "Cuando su esposo empiece a insultarle, échese un poco de
esta agua a la boca y no se la pase mientras el otro no deje de
ofenderla". Y esta famosa "agua de Fray Vicente" producía
efectos maravillosos porque como la mujer no le podía contestar al marido,
no había peleas. Ojalá que en muchos de nuestros hogares se volviera a esta
bella costumbre de callar mientras el otro ofende. Porque lo que produce la
pelea no es la palabra ofensiva que se oye, si no la palabra ofensiva que
se responde. |