17 de Diciembre San Lázaro.
Amigo de Jesús. Siglo I
Lázaro es un nombre significativo en el idioma de Israel.
Quiere decir: "Dios es mi auxilio". El santo de hoy se ha hecho universalmente
famoso porque tuvo la dicha de recibir uno de los milagros más impresionantes de
Jesucristo: su resurrección, después de llevar cuatro días enterrado.
Lázaro era el jefe de un hogar donde Jesús se sentía
verdaderamente amado. A casa de Lázaro llegaba el Redentor como a la propia casa, y esto
era muy importante para Cristo, porque él no tenía casa propia. El no tenía ni siquiera
una piedra para recostar la cabeza (Lc. 9, 58). En casa de Lázaro había tres personas
que amaban a Nuestro Salvador como un padre amabilísimo, como el mejor amigo del mundo.
La casa de Betania es amable para todos los cristianos del universo porque nos recuerda el
sitio donde Jesús encontraba descanso y cariño, después de las tensiones y oposiciones
de su agitado apostolado.
En la tumba de un gran benefactor escribieron esta frase:
"Para los pies fatigados tuvo siempre listo un descanso en su hogar". Esto se
puede decir de San Lázaro y de sus dos hermanas, Martha y María.
La resurrección de Lázaro es una de las historias más
interesantes que se han escrito. Es un famoso milagro que llena de admiración.
Un día se enferma Lázaro y sus dos hermanas envían con
urgencia un mensajero a un sitio lejano donde se encuentra Jesús. Solamente le lleva este
mensaje: "Aquél a quien Tú amas, está enfermo". Bellísimo modo de decir con
pocas palabras muchas cosas. Si lo amas, estamos seguros de que vendrás, y si vienes, se
librará de la muerte.
Y sucedió que Jesús no llegó y el enfermo seguía
agravándose cada día más y más. Las dos hermanas se asoman a la orilla del camino y...
Jesús no aparece. Sigue la enfermedad más grave cada día y los médicos dicen que la
muerte ya va a llegar. Mandan a los amigos a que se asomen a las colinas cercanas y
atisben a lo lejos, pero Jesús no se ve venir. Y al fin el pobre Lázaro se muere. Pasan
dos y tres días y el amigo Jesús no llega. De Jerusalén vienen muchos amigos al
entierro porque Lázaro y sus hermanas gozan de gran estimación entre la gente, pero en
el entierro falta el mejor de los amigos: Jesús. Él que es uno de esos amigos que
siempre están presentes cuando los demás necesitan de su ayuda, ¿por qué no habrá
llegado en esta ocasión?
Al fin al cuarto día llega Jesús. Pero ya es demasiado
tarde. Las dos hermanas salen a encontrarlo llorando: -"Oh, ¡si hubieras estado
aquí! ¡Si hubieras oído cómo te llamaba Lázaro! Sólo una palabra tenía en sus
labios: Jesús. No tenía otra palabra en su boca. Te llamaba en su agonía.
¡Deseaba tanto verte! Oh Señor: sí hubieras estado aquí no se habría muerto nuestro
hermano".
Jesús responde: - "Yo soy la resurrección y la Vida.
Los que creen en Mí, no morirán para siempre". Y al verlas llorar se estremeció y
se conmovió. Verdaderamente de Él se puede repetir lo que decía el poeta: "en cada
pena que sufra el corazón, el Varón de Dolores lo sigue acompañando".
Y Jesús se echó a llorar. Porque nuestro Redentor es
perfectamente humano, y ante la muerte de un ser querido, hasta el más fuerte de los
hombres tiene que echarse a llorar. Dichoso tú Lázaro, que fuiste tan amado de Jesús
que con tu muerte lo hiciste llorar.
Los judíos que estaban allí en gran número, pronunciaron
una exclamación que se ha divulgado por todos los países para causar admiración y
emoción: "¡Miren cuánto lo amaba!".
¡Lázaro: yo te mando: sal fuera! Es una de las más
poderosas frases salidas de los labios de Jesús. Un muerto con cuatro días de enterrado,
maloliente y en descomposición, que recobra la vida y sale totalmente sano del sepulcro,
por una sola frase del Salvador. ¡Que milagrazo de primera clase! Con razón se alarmaron
los fariseos y Sumos sacerdotes diciendo: "Si este hombre sigue haciendo milagros
como éste, todo el pueblo se irá coedios, con sólo su palabra resucita a un muerto de 4 días de enterrado.
¡Que se reúnan todos los médicos de la tierra a ver si son
capaces de resucitar a un piojo muerto!
Lázaro bendito, digno de que sintamos hacia ti una envidia,
que tuviste el honor de recibir del poder inmenso de Jesús un milagro tan sorprendente:
dile al Divino Redentor que en nuestras casas también hay algunos Lázaros muertos: son
nuestras situaciones imposibles de ser arregladas por nuestras solas fuerzas. Para unos es
un vicio que no logran alejar. Para otros una tristeza y un mal genio que acompañan día
por día amargando la vida. Para algunos su Lázaro muerto es su cuerpo que sufre una
dolencia que no se quiere curar, o una debilidad que quita fuerzas... Sabemos que Cristo,
que obró el milagro de Betania, tiene los mismos poderes y el mismo amor de ese tiempo.
Pídele tú a Jesús que por lo menos si no nos da la salud, nos conceda una gran
paciencia para sufrir con paciencia y así convertir nuestros sufrimientos en escalera
preciosa para subirnos a un grado muy alto en el cielo.
Quien crea en Mí aunque haya muerto vivirá (Jesucristo).
Regresar a Santoral |