El
nombre de Antonio puede significar:
"Fluoresciente" (de "Antos", flor) o
"Invencible" (de "Anteos", el que se
enfrenta victorioso a los enemigos). La vida de este
santo la escribió San Atanasio, su gran amigo.
San Antonio Abad murió el 17 de enero
scribir, pero sí lo supieron educar cristianamente.
A los veinte años quedó huérfano de
padre y madre, y al entrar a una iglesia oyó leer
aquellas palabras de Jesús: "Si quieres ser
perfecto, vende lo que tienes, y dalo a los pobres".
Se fue entonces y vendió las 300 fanegadas de buenas
tierras que sus padres le habían dejado en herencia, y
repartió el dinero a los necesitados. Lo mismo hizo con
sus casa de Jesús: "Si quieres ser
perfecto, vende lo que tienes, y dalo a los pobres".
Se fue entonces y vendió las 300 fanegadas de buenas
tierras que sus padres le habían dejado en herencia, y
repartió el dinero a los necesitados. Lo mismo hizo con
sus casas y mobiliarios. Sólo dejó una pequeña
cantidad para vivir él y su hermana.
Pero luego oyó leer en un templo
aquella frase de Cristo: "No os preocupéis por el
día de mañana", y vendió el resto de los bienes
que le quedaban, y asegurando en un convento de monjas la
educación y el futuro de su hermana, repartió todo lo
demás entre la gente más pobre, y él se quedó en
absoluta pobreza, confiado sólo en Dios. Se retiró a
las afueras de la ciudad a vivir en soledad y oración.
Vivía cerca de algunos monjes que habitaban por allí, y
de ellos fue aprendiendo a orar y a meditar. Le
enseñaron a leer y su memoria era tal que lo que leía
lo aprendía de memoria. Esto le va a servir mucho para
el futuro, cuando no tendrá libros para leer, pero sí
recordará maravillosamente lo leído anteriormente.
Recordando la frase de San Pablo:
"El que no trabaja que no coma" (2 Tes, 3,10)
aprendió a tejer canastos, y con el trabajo de sus manos
conseguía su sustento y aún le quedaba para ayudar a
los pobres.
Su fervor era tan grande que de pronto
oía hablar de algún monje o ermitaño muy santo, y se
iba hacia donde él a escucharle sus consejos y tratar de
aprender cómo se llega a la santidad. Y así pronto fue
también él un ermitaño admirablemente santo.
Pero el demonio empezó a traerle
temibles tentaciones. Le presentaba en la mente todo el
gran bien que él podría haber hecho si en vez de
repartir sus riquezas a los pobres las hubiera conservado
para extender la religión. Y le mostraba lo antipática
y fea que sería su futura vida de monje ermitaño.
Trataba de que se sintiera descontento de la vocación a
la cual Dios lo había llamado. Como no lograba
desanimarlo, entonces el demonio le trajo las más
desesperantes tentaciones contra la pureza. Le presentaba
en la imaginación toda clase de imágenes impuras. Pero
él recordando aquella frase de Jesús: "Vigilad y
orad para no caer en la tentación", "Ciertos
malos espíritus no se alejan sino con ayuno y
oración", se puso a vigilar sus sentidos: ojos,
oídos, etc., para que ninguna mala imagen o atracción
lo sedujeran. Y luego empezó a orar mucho y a ayunar
fuertemente.
Pasaba muchas horas del día y de la
noche orando. No comía ni bebía nada jamás antes de
que se ocultara el sol. Y su alimento era un poco de pan
o de dátiles, un poco de sal, y agua de una cisterna.
Un día el demonio enfurecido porque
no lograba vencerlo le dio un golpe tan violento que el
santo quedó como muerto. Vino un amigo y creyéndolo ya
cadáver se lo llevó a enterrar, pero cuando ya estaban
disponiendo los funerales, él recobró el sentido y se
volvió a su choza a orar y meditar. Allí le dijo a
Nuestro Señor: ¿Adónde te habías ido mi buen Dios
cuando el enemigo me atacaba tan duramente? Y una voz del
cielo le respondió: "Yo estaba presenciando tus
combates y concediéndote fuerzas para resistir. Yo te
protegeré siempre y en todas partes".
A los 35 años de edad siente una voz
interior que lo invita a dedicarse a la soledad absoluta.
Hasta entonces había vivido en una celda, no muy lejos
de la ciudad y cerca de otros ascetas. La palabra
"asceta" significa "el que lucha por
dominarse a sí mismo". La gente llamaba ascetas a
los cristianos fervorosos que se dedicaban con la
oración, el sacrificio y la meditación a conseguir la
santidad. Cerca de un grupo de ellos había vivido ya
varios años Antonio y había aprendido cuanto ellos
podían enseñarle para ser santo. Ahora se sentía capaz
de alejarse a tratar de entenderse a solas con Dios.
Se fue lejos al otro lado del río
Nilo. Encontró un cementerio abandonado y allí se
quedó a vivir. Las gentes antiguas creían que las almas
en penas venían a espantar en los cementerios. Para
convencerse de que tal creencia era cuento y mentiras, se
quedó a vivir en aquel cementerio y ningún alma de
difunto vino a espantarlo. Aquel terreno estaba infestado
de serpientes venenosas. Les dio una bendición y ellas
se alejaron. Solamente un amigo suyo venía muy de vez en
cuando a traerle un poco de pan. Levantó un muro para
hacer el sacrificio de no ver a nadie, y hasta el que le
traía el pan tenía que lanzárselo por encima del muro.
Muchas gentes venían a consultarlo y les hablaba a
través del muro.
Pero la fama de que sus consejos
hacían mucho bien se extendió tanto que al fin los
peregrinos no pudieron contenerse y derribaron aquella
pared. Allí estaba Antonio que desde hacía 20 años no
veía rostro humano alguno, y no comía carne, y sólo se
alimentaba de un poco de pan y un poco de agua cada día.
Pero en su rostro no se notaba ningún mal efecto de
estos sacrificios, sino que aparecía amable y lleno de
alegría.
A los 55 años, para satisfacer la
petición de muchos hombres que le pedían les ayudara a
vivir vida de ermitaños como él, organizó una serie de
chozas individuales, donde se practicaba una pobreza
heroica. En cada una de estas chozas vivía un ermitaño
dedicado a orar, a trabajar y a hacer sacrificios.
Constantemente se oían cantar por allí las alabanzas de
Dios.
Antonio los fue formando en la
santidad con sus sabios consejos. San Atanasio narra que
les aconsejaba lo siguiente: "No vivir tan
preocupados por el cuerpo sino por la salvación del
alma. Cada mañana pensar que éste puede ser el último
día de nuestra vida, y vivir tan santamente como si en
verdad lo fuera. Ejecutar cada acción como si fuera la
última de la vida. Recordar que los enemigos del alma
son vencidos con la oración, la mortificación, la
humildad y las buenas obras y se alejan cuando hacemos
bien la señal de la cruz. Les contaba que muchas veces
había hecho salir huyendo al demonio con sólo
pronunciar con toda fe el santo nombre de Jesús. Les
decía que para combatir la impureza hay que pensar
frecuentemente en lo que nos espera al final de la vida:
Muerte, Juicio, Infierno o Gloria. Les insistía que se
esforzaran por llegar a ser mansos y amables; que no
buscaran ser alabados o muy estimados; que lo que
obtuvieran con el trabajo de sus manos (se dedicaban a
tejer esteras y canastos) lo dedicaran a los pobres y que
su preocupación fuera siempre ir apreciando y amando
cada día más a Jesucristo. Así con San Antonio nació
en la Iglesia la primera comunidad de religiosos.
Cuando estalló la persecución contra
los cristianos, el santo se fue con algunos de sus monjes
a la ciudad de Alejandría a animar a los cristianos para
que prefirieran perder todos sus bienes y hasta la misma
vida con tal de no renegar de Cristo y de su santa
religión. Los paganos no se atrevieron a hacerle daño
porque la gente lo veneraba como un hombre de Dios.
"Ahí va el santo", exclamaban hasta los
paganos al verlo pasar.
Luego se fue a vivir más lejos
todavía y duró 18 años sin ver a nadie, sólo
meditando, haciendo penitencias y hablando con Dios. En
los terribilísimos calores del desierto (44 grados) hizo
el sacrificio de no bañarse ni una vez, ni cambiarse de
ropa. Era un sacrificio tremendo para esos calores
sofocantes. No bebía ni una gota de agua antes de que se
ocultara el sol.
Pero apareció luego una terrible
herejía que decía que Cristo no era Dios. La propagaba
un tal Arrio. San Antonio contempló en una visión que
el mundo se llenaba de serpientes venenosas, y oyó una
voz que decía: "Son los que niegan que Jesucristo
es Dios". Inmediatamente hizo expulsar de sus
monasterios a todos los arrianos que negaban la Divinidad
de Jesucristo y se fue otra vez a Alejandría a apoyar a
San Atanasio que era el gran orador que atacaba a los
arrianos. Allá San Antonio hizo milagros portentosos
para probar que Cristo sí es Dios.
Al famoso sabio Dídimo el ciego le
dijo que no entristeciera por ser ciego, sino que se
alegrara porque con la fe podía ver a Dios en su alma.
Los últimos años de su vida era muy
visitado por peregrinos que iban a pedirle consejos. El
hacía que sus monjes más santos y más sabios los
aconsejaran y luego reuniendo al atardecer a todos los
peregrinos les hacía algún pequeño sermón.
Murió de más de cien años pero
conservaba buena la vista y el cerebro. Y aparecía
siempre tan alegre y amable, que cuando llegaba un
peregrino y preguntaba por él, le decían: "Busque
entre los monjes, y el más alegre de todos, ese es
Antonio". Y aunque el peregrino jamás lo había
visto antes en su vida, pasaba por entre los monjes y al
ver a uno más amable y risueño y alegre que los demás,
preguntaba: ¿Es este Antonio? Y le respondían que sí
era él.
Antes de morir hizo jurar a sus
discípulos que no contarían dónde estaba enterrado,
para que las gentes no tuvieran el peligro de dedicarse a
rendirle cultos desproporcionados.
Los antiguos le tenían mucha fe para
que alejara de sus campos las pestes que atacan a los
animales. Por ese lo pintan con un cerdo, un perro y un
gallo. Había también la costumbre de que varios
campesinos engordaban entre todos cada año un cerdo y el
día de San Antonio, el 17 de enero, lo mataban y lo
repartían entre los pobres.
Oración: Dios Padre Misericordioso: Tú que le
concediste a San Antonio Abad la gracia de saber
dominarse tan perfectamente a sí mismo y dedicar su vida
a la oración y a hacer el bien a los demás, haz que
también nosotros, con tu ayuda y protección no
busquemos darle gusto a nuestro egoísmo sino que
dediquemos nuestra vida a amar a nuestro Dios y a servir
a nuestros prójimos. Por Jesucristo Nuestro Señor.
Amen.