| Este santo mártir nació en Beverley,
Inglaterra, en el año 1469, su padre murió cuando Juan era todavía muy niño. A los 14
años ya era el más sobresaliente entre sus compañeros estudiantes y a los 20 fue
nombrado profesor del colegio San Miguel. Se doctoró con gran brillo en la famosa
Universidad de Cambridge, y a los 22 años, obtuvo ser dispensado de la falta de edad, y
fue ordenado sacerdote. Poco después recibió el nombramiento de vicecanciller o
vicerrector de la gran universidad. Margarita, la madre del rey,
al quedar viuda por tercera vez, y desilusionada de la vida de intrigas del mundo, dispuso
dedicarse a la vida espiritual, e impresionada por la santidad y la sabiduría de Juan, lo
eligió como su director espiritual. Guiada por el santo distribuyó su fortuna en ayudar
a instituciones benéficas, y a la que más ayudas concedió fue a la Universidad de
Cambridge.
San Juan Fisher recordaba después con emoción que cuando él empezó a
ser director espiritual de la madre del rey, la universidad tenía pocas cátedras o ramas
de enseñanza y que luego se pusieron nuevas y muy modernas facultades de estudio. Que la
Biblioteca de la universidad sólo tenía 300 libros y que luego se consiguieron millares
de ejemplares para el estudio de los universitarios.
Juan fue elegido Canciller de la Universidad y este cargo lo tuvo hasta
su muerte. Era un verdadero sabio y un gran benefactor.
En 1504 fue elegido nuestro santo como obispo de Rochester, cuando sólo
tenía 35 años. Y él, como hacía con todos los cargos que le confiaban, se dedicó a
este oficio con todas las fuerzas de su recia personalidad. Con un entusiasmo no muy
frecuente en su época, se dedicó a visitar todas y cada una de las parroquias para
observar si cada uno estaba cumpliendo con su deber, y animar a los no muy entusiastas. A
los sacerdotes les insistía en la grave responsabilidad de cumplir muy exactamente sus
deberes sacerdotales. Iba personalmente a visitar las chozas de los más pobres.
Distribuía limosnas con enorme generosidad, y en su casa siempre las puertas estaban
abiertas para recibir a visitantes, peregrinos y necesitados.
Y aunque parezca imposible, además de todos sus demás trabajos,
dedicaba horas y horas al estudio y a escribir libros. Se hicieron famosos sus discursos
fúnebres a la muerte del rey Enrique VII y en el funeral de la reina Margarita.
Aunque era obispo y además canciller de la universidad, llevaba una
vida tan austera como la de un monje. No dormía más de seis horas. Hacía fuertes
penitencias. En su mesa tenía frente a sí una calavera, para recordar que también a él
le llegaría la muerte y la hora de tener que darle cuentas a Dios de todos sus
comportamientos.
Decía que su deporte favorito era leer. Sus ahorros eran para comprar
nuevos libros, que después de leídos los obsequiaba a la Biblioteca de la Universidad.
Cuando le ofrecían otras diócesis que producían más en dinero,
respondía: "No cambio a esta esposa pobre pero amable y muy fiel, por la viuda más
rica que exista".
Cuando Lutero empezó a difundir los errores de los protestantes, el
obispo Fisher fue elegido para atacar tan fatales errores, y escribió cuatro voluminosos
libros para combatir los errores de los luteranos. Esto lo hizo famoso.
El embajador de España llegó a afirmar que el obispo Juan era el
prelado más santo del país en ese tiempo. Y el rey de Inglaterra exclamó: "ningún
otro reino tiene actualmente un obispo tan sabio y tan santo como Juan Fisher".
En un Sínodo o reunión de todo el clero de Inglaterra, el obispo
Fisher protestó fuertemente contra la mundanalidad de algunos eclesiásticos, y la
vanidad de aquellos que lo buscaban eran altos puestos y no la verdadera santidad.
Criticaba fuertemente los defectos que era necesario corregir, pero él personalmente daba
muy buenos ejemplos de vida santa.
Cuando el rey Enrique VIII dispuso divorciarse de su legítima esposa y
casarse con su concubina Ana Bolena, el obispo Juan Fisher fue el primero en oponerse a
semejante escándalo. Y aunque muchos altos personajes, por conservar la amistad del rey,
declararon que ese divorcio sí se podía hacer, en cambio Juan, aun con peligro de perder
sus cargos y ser condenado a muerte, declaró públicamente que el matrimonio católico es
indisoluble y que el divorcio no es posible para un matrimonio católico que no sea nulo.
Muchos le decían que la mayoría de los altos empleados oficiales
aprobaban el divorcio del rey, y él les respondía: "Ellos tienen que cumplir lo que
les diga su propia conciencia. Yo para salvarme estoy obligado a obedecer lo que mi
conciencia me dice, y ella me afirma que este divorcio no lo puedo aprobar".
El terrible rey Enrique VIII se declaró jefe supremo de la Iglesia en
Inglaterra en reemplazo del Sumo Pontífice, y todos los que deseaban conservar sus altos
puestos en el gobierno y en la Iglesia, lo apoyaron. Pero Juan Fisher declaró que esto
era absolutamente equivocado y en pleno Parlamento exclamó: "Querer reemplazar al
Papa de Roma por el rey de Inglaterra, como jefe de nuestra religión es como gritarle un
muera a la Iglesia Católica".
Las amenazas de los enemigos empezaron a llegar sobre él. Dos veces lo
llevaron a la cárcel. Otra vez trataron de envenenarlo. Una bala pasó sobre sus hombros
mientras leía en su escritorio. Le inventaron toda clase de calumnias, y como no lograron
que dejara de proclamar sus creencias católicas lo encerraron en la terribilísima Torre
de Londres. Tenía 66 años, pero los muchos sufrimientos, y sus ayunos y el excesivo
trabajo lo hacían aparecer como de ochenta. Un testigo decía: "su cuerpo está tan
débil que casi no es capaz de soportar el peso de su vestido". Pero su espíritu
seguía fuerte e invencible. Las gentes se admiraban de que hubiera podido resistir diez
meses de prisión en tan horrorosa torre.
Estando en prisión, recibió del sumo Pontífice el nombramiento de
Cardenal. El impío rey exclamó: "Le mandaron el sombrero de Cardenal, pero no
podrá ponérselo, porque yo le mandaré cortar la cabeza". Y así fue.
El 17 de junio de 1535 le leyeron la sentencia de muerte. El rey Enrique
VIII mandaba matarlo por no aceptar el divorcio y por no aceptar que el rey reemplazara al
Papa en el gobierno de la Iglesia Católica.
Unos días después al amanecer llegan los guardias a llevarlo al sitio
donde debe morir. Lleva en sus manos el Nuevo Testamento. Abre donde primero salga y lee
esta frase: "La Vida Eterna consiste en conocerte a Ti Padre Dios y a tu Enviado
Jesucristo. Padre yo te he glorificado en la tierra y he cumplido la tarea que tú lleno
de ánimo y de consuelo me habías confiado". Esta lectura lo llenó de ánimo y de
consuelo.
Al llegar al sitio donde le van a cortar la cabeza, el venerable anciano
se dirige a la multitud y les dice a todos que muere por defender a la Santa Iglesia
Católica fundada por Jesucristo. Pide a los verdugos que le concedan unos minutos para
recitar el Himno Tedeum, en acción de gracias. Al decir la última frase: "En Ti
Señor espero, no sea yo confundido eternamente", inclina su cabeza, la cual es
cortada por un hachazo de los verdugos de un rey impuro. Dios nos conceda por medio del
mártir San Juan Fisher, un gran valor por defender y practicar nuestra santa religión
hasta el último momento de nuestra vida. |