| Pocos santos que hayan hecho tantos
esfuerzos por mantenerse ignorados por todos y pasar desapercibidos, como San Paulino de
Nola, y pocos como él que hayan recibido en vida tantas alabanzas de grandes sabios y
santos. San Jerónimo, San Ambrosio, San Agustín
y San Gergorio de Tours hicieron grandes elogios de él y lo presentaron ante los demás
como un modelo de obispo, de apóstol y de verdadero amigo. Nació
San Paulino en Burdeos, Francia, en el año 353. Su padre era gobernador y su familia
sumamente rica. Tuvo como maestros en su infancia los más famosos literatos de la región
y según cuenta San Jerónimo, cuando Paulino llegó a la juventud dejaba admiradas a las
gentes por la elegancia de sus estilos al hablar y al escribir.
Nombrado para altos puestos en el gobierno tuvo que viajar por diversos
países y en todas partes hizo muy buenas amistades, porque tenía un trato muy agradable
y exquisito. En Milán se hizo amigo de San Ambrosio y de San Agustín. Y por carta
mantuvo muy provechosas relaciones intelectuales con el gran sabio San Jerónimo.
Al trabar relaciones con San Delfín, obispo de Burdeos, se entusiasmó
por la religión cristiana y se hizo bautizar como católico.
Luego se fue a vivir a España y allá se casó con una mujer sumamente
piadosa, llamada Teresa, de la cual tuvo un hijo. Pero el niño se murió a los ocho días
de nacido, y entonces Paulina y Teresa se propusieron vivir en adelante como dos hermanos
y repartir sus enormes riquezas entre los pobres. Así lo hicieron, y pronto fueron
vendiendo fincas y casas y repartiendo el dinero entre los más necesitados.
Y resultó que llevaba una vida tan santa que en la Navidad del año 393
el pueblo de Barcelona, España, pidió por aclamación al Sr. Obispo que ordenara de
sacerdote a Paulino. El Obispo aceptó y lo ordenó, aunque estaba casado, pero él y su
esposa vivían ya como dos hermanos nada más.
Paulino y Teresa se fueron a vivir en Nola (Italia) donde tenían unas
posesiones y donde se veneraba con mucha fe la tumba de San
Félix. Allí junto a la tumba del santo construyeron una casita sencilla y empezaron
a vivir como verdaderos monjes, dedicados a la oración y a la caridad para con los
pobres.
Paulino fue a Roma, pero el Papa no lo recibió muy bien, porque no
aceptaba que lo hubieran ordenado sacerdote siendo casado (El próximo Pontífice ya lo
recibiría con mucho cariño porque le habrán contado lo santamente que vive él en
Nola).
Pronto la casa de Paulino en Nola se convirtió en el sitio preferido
para todos los pobres y necesitados de la región. El y su esposa, que seguían siendo
todavía muy ricos, repartían ayudas con una generosidad extraordinaria. Y con su dinero
le construyeron un hermoso templo a San Félix, que era el santo más popular de allí
(Dicen que a San Paulino fue al que se le ocurrió llamar a las gentes a las reuniones con
un instrumento de metal que retumbara a lo lejos, y como aquella región se llama
Campania, por eso aquel instrumento se llamó "campana").
En el año 409 al morir el obispo de Nola, todo el pueblo aclamó a
Paulino como nuevo obispo, y tuvo que aceptar. En adelante se dedicará por toda su vida,
hasta el año 431, a cuidar de la santidad de sacerdotes y fieles.
A este santo le agradaban mucho dos clases de apostolados intelectuales:
las cartas y las poesías. Con la más exquisita gentileza y buena educación se
comunicaba por carta con infinidad de personas. De él se conservan más de 50 cartas, que
son modelo de buena redacción y de muy amable caridad. Y en cuanto a poesías, cada año
en la fiesta de San Félix componía un poema en honor de su santo preferido, y lo hacía
recitar y difundir entre el pueblo. Se conservan 13 de esos poemas, que colocan a San
Paulino como uno de los mejores poetas de su tiempo.
Paulino fue gastando todas sus inmensas riquezas en ayudar a los más
necesitados hasta quedar él totalmente pobre. Y sucedió que cuando en el año 410
llegaron a Nola los terribles vándalos del rey Gensérico se llevaron muchos prisioneros
y esclavos y entre ellos al hijo único de una pobre viuda. Entonces nuestro santo se
ofreció él personalmente para reemplazar a aquel joven. Le fue aceptado el canje y
dejaron libre al muchacho.
Pero sucedió que en el viaje, Dios cambió un poco el corazón de
aquellos bárbaros y devolvieron libres al obispo Paulino y a los demás prisioneros, en
un barco hacia Nola, y el barco lo enviaron cargado de víveres.
Cuando el santo ya estaba moribundo, vino el ecónomo a avisarle que se
debían 40 monedas de unas telas que se habían comprado para vestidos de los pobres. El
santo exclamó mirando al cielo: "Dios proveerá". Y a los pocos minutos llegó
un mensajero trayendo un envío que hacían para los menesterosos: era un paquetico con 40
monedas de plata. El obispo juntó las manos y exclamó: "¡Bendito sea Dios que
nunca me falló en nada!".
Murió San Paulino en el año 431 y fue sepultado en la iglesia de San
Félix, pero después de muerto obtuvo tantos milagros, que llegó a ser más popular que
el mismo San Félix, al cual él tanto había popularizado entre el pueblo.
San Francisco de Sales decía que para
San Paulino existía un octavo sacramento que consistía en ser exquisitamente amable y
bien educado con todos. Ojalá lográramos imitarlo en esta bella cualidad. |