| Nació en Bra, Italia, cerca
de Turín, en 1786. Fue sepultado un 1º. De mayo. Se hizo famoso por haber fundado el
hospital llamado "La Divina Providencia", donde se asiste a más de 10,000
enfermos y no se llevan cuentas de dinero. De
pequeñito ya empezó a demostrar su futura vocación, pues un día lo encontraron con un
metro, midiendo la sala de su casa para ver cuántas camas de enfermos cabrían allí.
Los estudios le resultaban difíciles. Entonces se
encomendó a Santo Tomás de Aquino, y este gran sabio le
obtuvo de Dios un gran éxito en sus exámenes, y llegó después a ser doctor en
Teología. Por toda su vida fue muy devoto de Santo Tomás.
Ordenado de sacerdote, estaba ejerciendo su apostolado en
Turín, Italia, cuando un día tuvo que asistir a una pobre mujer que tenía que morir y
dejar varios huérfanos, porque ningún hospital la había querido atender gratuitamente,
y ella era muy pobre. De aquí le vino la idea de fundar una casa para los pobres enfermos
que no tuvieran con qué pagar. Para ello vendió todo lo que tenía, hasta su abrigo, y
consiguió unas cinco piezas o cuartos para recibir enfermos.
Estalló en Turín la epidemia del cólera, y el gobierno
creyó que la Casa del Padre Cottolengo por recibir a tantos enfermos se iba a convertir
en un centro de propagación de la enfermedad, y cerró la tal casa. San José Benito en
vez de desanimarse exclamó: "Las hortalizas, para que crezcan más, las trasplantan.
Así nos va a suceder a nosotros. Nos trasplantamos y así creceremos más". Y se fue
hacia las afueras de la ciudad, a un barrio alejado llamado Valdocco, y allí fundó
"La Pequeña Casa de la Divina Providencia", que se iba a convertir en un
famosísimo hospital con 10,000 enfermos. Sobre la puerta de entrada de su nuevo hospital
escribió aquellas palabras de San Pablo: "La Caridad de Cristo nos anima".
Poco a poco fue construyendo edificios tras edificios. A
uno lo llamó "Casa de la fe". A otro: "Casa de la Esperanza". A un
tercero: "Casa de Nuestra Señora". A otro "Belén". Y al conjunto de
todo aquello lo llamaba él "Mi Arca de Noé". Allí se recibían toda clase de
enfermos incurables. Construyó un edificio para los retrasados mentales, a los cuales
llamaba "mis queridos amigos". Otro edificio fue dedicado a los sordomudos y un
pabellón para los inválidos. Los huérfanos, los desamparados, los que eran rechazados
en los demás hospitales, eran recibidos sin ninguna condición en la "Pequeña Casa
de la Divina Providencia". Un escritor francés exclamó al ver aquello: "Esto
es la Universidad de la caridad cristiana".
El Padre Cottolengo fundó varias comunidades de hombres y
de mujeres para atender al inmenso número de enfermos. Y les repetía: "Hagan alegre
y agradable el trato que les dan a los enfermos. Que los que reciben sus favores y
atenciones sientan gozo al ser atendidos y nunca se sientan humillados".
La especialidad de este santo fue una confianza absoluta y
total en la Divina Providencia, o sea en el cuidado amoroso que la bondad de Dios tiene
para nosotros. Su frase favorita era aquella de Cristo Jesús: "Busquen primero el
Reino de Dios y su santidad, y todo lo demás les llegará por añadidura". Tenía
muy grabada en la memoria aquella famosa promesa de Jesús: "Si tienen fe aunque sea
tan pequeñita como un granito de mostaza, le dirán a un monte: quítese de aquí, y
láncese al mar, y les obedecerá. No duden de que si va a suceder lo que piden, y lo
obtendrán. Cuanto pidan en la oración, crean que ya lo han recibido, y lo
conseguirán". (Mc. 11,23).
San José Benito nunca atribuyó sus éxitos a sus
cualidades de organizador. Les decía a sus religiosas: "Nosotros somos como las
marionetas de las funciones de teatro; nos movemos, andamos, damos señales de que estamos
vivos, mientras nos mueve nuestro director que es Dios. Pero apenas termina la función,
quedamos como desmayados en un rincón, cubiertos de polvo. El que obra todo es
Dios".
Su fe en la ayuda de Dios era tan grande que exclamaba:
"Para mí es más cierto que existe la Divina Providencia, que el que exista la
ciudad donde vivo". Y con esa enorme fe conseguía milagros maravillosos. Un gran
psicólogo llegó a visitarlo y exclamó: "Este Padre tiene más fe él solo, que
todos los demás habitantes de Turín juntos".
Un dato curioso del Padre Cottolengo es que nunca llevaba
cuentas ni hacía inversiones para asegurarse rentas y ganancias. Gastaba todo lo que le
llegaba sin guardar nada para el día siguiente. Un día a mediodía no había con qué
dar de almorzar a los enfermos. Entonces reunió a la comunidad y les dijo: - ¿Alguno de
Uds. ha guardado algún dinero?-. "Sí, respondió una religiosa. Yo guardé una
moneda de oro por si se ofrecía algún gasto después". - Pues esa es la razón por
la que no nos llegan ayudas, ¡porque estamos confiando más en el dinero que en
Dios!", exclamó el santo, y tomando en sus manos la moneda la lanzó por la ventana.
Pocos minutos después llegó de la ciudad todo lo necesario para el almuerzo de todos los
enfermos.
Otro día ya cerca de la hora del almuerzo no había nada
con qué preparar el alimento para tanta gente. El santo se fue con sus religiosas y
varios enfermos a rezar. Y a eso de la una de la tarde llegaron unos carros del ejército,
avisando que los batallones se habían ido a hacer ejercicios militares bastante lejos y
no habían podido regresar a tomar el almuerzo, y que ahí les traían todo el alimento ya
preparado para bastantes centenares de personas. Y alcanzó para todos. Dios no le fallaba
a este amigo suyo que tanta fe tenía en sus ayudas oportunas.
No tenía dinero y sin embargo pensaba en ampliar más y
más su hospital. Y repetía gozoso: "A la Divina Providencia de Dios le cuesta lo
mismo alimentar a 500 que a 5,000". Y la gente decía que la Pequeño Casa de la
Divina Providencia era como una pirámide al revés que se apoyaba sobre un único punto:
la gran confianza en la bondad de Dios. Y en verdad que el modo de obrar de nuestro santo
era totalmente al revés de lo ordinario. Si faltaban las ayudas necesarias mandaba a
averiguar si sería que había alguna cama vacía sin enfermos, y encontrándola
exclamaba: "Esa es la causa de que no nos estén llegando ayudas. ¡Es que estamos
haciendo cálculos y guardando camas sin enfermos!". Le decían: "¡Ya no quedan
camas!", y respondía: "Entonces acepten más enfermos". Otro día le
informaban: "Que se acabó el pan y faltan los demás alimentos", y el
respondía: "Entonces reciban más pobres". Y Dios no le fallaba ni siquiera una
vez.
Era admirable la fe ciega que San José Benito tenía en la
Divina Providencia, en ese cuidado paternal que Dios tiene de nosotros. El repetía a sus
ayudantes: "Nos podrán fallar las personas, nos fallarán los gobiernos, pero Dios
no nos fallará jamás ni siquiera una sola vez". Y añadía: "Dios responde con
ayudas ordinarias a los que tienen una confianza ordinaria en El, pero responde con ayudas
extraordinarias a los que tienen en El una confianza extraordinaria".
Si había un hombre que no se preocupaba por el futuro era
este santo. Tenía muchísimos enfermos que atender y nunca se angustiaba por lo que se
iba a necesitar. Sabía que Dios iba a proveer a todo y siempre. Y decía a sus
colaboradores: "Si Uds. viven afanándose por el futuro, entonces ya Nuestro Señor
no se va a preocupar por ayudarnos, porque se están preocupando ustedes. No estropeen la
obra de Dios. Déjenlo obrar a Él. Es necesario que nuestras despensas estén vacías y
llenas, ya no nos manda sus ayudas. ¡Qué gran injusticia le haríamos al poder y a la
bondad de Dios si desconfiáramos y creyéramos que no nos va a ayudar!".
Es curioso que el Padre Cottolengo no pedía ni dinero, ni
alimentos, ni medicinas, ni ayudas materiales cuando rezaba. Él pedía "El Reino de
Dios y su santidad" y estaba absolutamente seguro de que todo lo demás lo enviaría
Dios "por añadidura". Insistía siempre en esto: "Pidan a Dios que
logremos evitar el pecado. Eso es lo importante. Pídanle siempre a Dios que le agrade
nuestra conducta. Si conseguimos esto, ya verán que todo lo demás lo irá enviando
El". Y así sucedía.
Un día le dijeron que no había dinero, ni alimentos, ni
medicinas y se fue con todos lo que pudo encontrar, a la capilla y empezó a pedir. Pero
qué pedía: "Señor: que se cumpla siempre tu Santísima Voluntad. Que te amemos.
Que te obedezcamos. Que te hagamos amar y conocer". Y no pidió más que estas cosas
espirituales. Y poco después llegaron todas las ayudas materiales que se necesitaban.
El Padre José Benito Cottolengo, agotado de tanto
trabajar, murió a los 56 años el 30 de abril del año 1842, cerca de Turín, Italia. Lo
sepultaron el 1º. De mayo.
El su enorme hospital siguen recibiendo toda clase de
enfermos incurables, y Dios sigue llenando de milagros aquella obra formidable. Sus
últimas palabras antes de morir fueron aquellas del salmo 122: "Que alegría cuando
me dijeron: vamos a la Casa del Señor". El Papa Pío XI lo declaró santo en 1934,
junto con su gran amigo y vecino, San Juan Bosco. |