| San Remigio fue el gran apóstol de los franceses. Se hizo célebre por su
sabiduría, su admirable santidad y sus muchos milagros. Duró de obispo 70 años y llegó
a ser famoso en toda la Iglesia. Recién ordenado sacerdote ya era considerado como uno
de los mejores oradores de su época, y cuando tenía sólo 22 años, fue elegido obispo.
El rey de los franceses, Clodoveo, era pagano y no aceptaba convertirse al
cristianismo. Su esposa santa Clotilde rezaba mucho
por él y le recomendaba la conversión. Y sucedió que los germanos o alemanes atacaron
con fuerte ejército a los francos y Clodoveo salió con sus soldados a defender la
patria. Al despedir a su esposo que se iba a la guerra, Clotilde le dijo: "Si
quiere obtener la victoria, invoque al Dios de los cristianos. Si tiene confianza en Él,
nadie será capaz de derrotarlo".
Clodoveo prometió convertirse si conseguía la victoria. En plena batalla, cuando el
triunfo le parecía imposible, recordando las palabras de su esposa gritó hacia el cielo:
"Oh Cristo, a quien mi esposa invoca como hijo de Dios. Te pido que me ayudes.
Creo en Ti. Si me salvas de mis enemigos recibiré el bautismo y entraré a tu
religión". Enseguida los franceses atacaron a los alemanes con extraordinario
valor y obtuvieron una gran victoria.
Santa Clotilde mandó entonces llamar a San
Remigio, que tenía fama de santo y de sabio, y le pidió que se dedicara a enseñar a
Clodoveo la doctrina cristiana. El rey al volver victorioso, saludó a su esposa con estas
palabras: "Clodoveo venció a los alemanes, y tú venciste a Clodoveo".
Pero ella le respondió: "Esas dos victorias son obra de uno solo: Nuestro Señor
Jesucristo". Desde entones el terrible pagano empezó a estudiar la religión
para hacerse bautizar.
Tenía temor de que el pueblo se revolucionara por quererles quitar la religión de sus
antiguos dioses, pero el ejército y la multitud, al saber que su rey tan estimado se iba
a hacer cristiano, le gritaron al unísono: "Desde hoy nos separamos de los
dioses mortales, y nos declaramos seguidores del Dios inmortal del cual nos habla
Remigio".
Nuestro santo y sus sacerdotes se dedicaron con todo empeño a enseñar la religión a
Clodoveo y a todos los que se iban a hacer bautizar junto con él. La Reina Clotilde, para
impresionar la imaginación de aquel pueblo bárbaro, mandó que adornaran con palmas y
flores las calles que llevaban desde el palacio del rey hasta el templo donde iba a ser el
bautismo. Y que todo el trayecto y también el templo se iluminara con gran cantidad de
antorchas y que fueran quemando incienso que llenara el aire de agradables aromas.
Los que iban a ser bautizados se dirigieron hacia la Casa de Dios cantando las
letanías de los santos y llevando cada uno su cruz. San Remigio conducía de la mano al
rey, seguido por la reina y todo el pueblo. Antes de echarle el agua del bautismo el santo
obispo le dijo: "Orgulloso guerrero: tienes que quemar lo que has adorado, y
adorar lo que has quemado". Con esto quería decirle que en adelante debía
abandonar sus antiguas malas costumbres paganas y observar la santa religión de Cristo
Jesús.
En seguida San Remigio, ayudado por otros tres obispos y por muchos otros sacerdotes,
bautizó a dos hermanas del rey y a tres mil de sus soldados con sus mujeres y niños. Ese
fue un día grande en el que la nación francesa empezó a pertenecer a nuestra santa
religión.
El resto de su vida la empleó Remigio en instruir al pueblo y en ayudar a los
necesitados, y combatir a los herejes que enseñaban doctrinas equivocadas. Dios le
concedió el don de hacer curaciones y anunciar lo que iba a suceder en lo futuro. Murió
en el 530.
Cuando ya era un anciano de más de noventa años, algunos se burlaron de él
diciéndole que era demasiado viejo, y les respondió: "En vez de reírse porque
he llegado a esta edad, más bien lo que deberían hacer sería darle gracias a Nuestro
Señor, porque en todo este tiempo no he dado mal ejemplo a nadie". Ojalá
pudiéramos repetir tam
SANTORAL
Última modificación:
July 11, 2006
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