| Fue un prodigio de santidad en un ambiente muy
corrompido. Nació en 1296 en Suabia, Alemania. A los 15 años
fue admitido como religioso en el convento de los Padres Dominicos en Constanza. Su
apellido era Von Berg, pero como su padre era descuidado borrachín y en cambio la mamá
era una santa, el joven tomó el apellido materno que era Susso.
En la comunidad encontró como profesor un místico muy famoso que
influyó en él de manera inmensa. Era el Padre Eckart, cuyos consejos seguían muchas
personas con gran entusiasmo. Enrique decía: "El Padre Eckart demuestra tan gran
sabiduría que parece como si Dios no le hubiera ocultado nada".
Los datos que vamos a narrar enseguida están extraídos de la
"Autobiografía" del propio Enrique Susso.
Los primeros años de religioso no fue muy fervoroso, pero luego un
día empezó a oír continuamente este mandato: "Renuncie a todo lo que no lo ayude a
conseguir la santidad". Y se repetía tan frecuentemente este mandato en su mente que
se propuso empezar una vida espiritual verdaderamente seria.
El demonio intentó disuadirlo y desanimarlo con consideraciones de
prudencia humana, haciéndole ver que esa conversión era demasiado rápida y que no
sería capaz de perseverar en el bien. El se dedicó a pedir a Dios la sabiduría
celestial. Y repetía las palabras del libro de la Sabiduría: "Señor, envíame la
sabiduría que procede de tu trono. Tú sabes que soy muy joven, sin experiencia y de
pocos años. Pero si Tú me mandas la sabiduría podré perseverar". Y pedía al
Espíritu Santo el Dios de Consejo y la virtud de la prudencia, y así logro perseverar.
En adelante durante toda su vida será un admirador constante de la Sabiduría Eterna, y
recomendará a sus discípulos el pedir mucho a Dios el don de la sabiduría. Y les
repetía las palabras del Libro Santo: "Sabiendo que no tendría la sabiduría si
Dios no me la concedía, me dediqué a pedirla en oración, y me fue concedida".
Su amor a la Virgen María era inmenso y predicaba constantemente su
devoción.
Publicó el libro titulado "Sabiduría Eterna", el cual
fue sumamente famoso y muy popular por varios siglos.
Al principio de su conversión, creyó Enrique que debía dedicarse
a mortificaciones muy fuertes y así lo hizo. Sus ayunos, vigilias, azotes y demás
penitencias llegaron a causar asombro y casi acaban con su vida. Pero según cuenta en su
"Autobiografía", una iluminación del cielo le comunicó que en vez de estas
mortificaciones buscadas por él, debía más bien dedicarse a aceptar con buena voluntad
los sufrimientos que Dios iba a permitir que le llegaran. Y fue entonces cuando empezaron
a llegarle penas tremendas.
Los enemigos del alma trataban de atacarle de mil maneras. Le
llegaban los pensamientos más impuros y las imaginaciones más indecentes. Y una
melancolía o sentimiento continuo de tristeza que trataba de desanimarlo del todo. Y
luego las tentaciones contra la fe. Y como si no bastara todo esto, le llegó la
convicción de que él estaba destinado a condenarse para siempre.
Afortunadamente había tenido un buen profesor y se fue en busca del
sabio Padre Eckart y le contó todo. "El famoso místico me consoló y logró sacarme
de aquel infierno en el cual estaba viviendo". Y volvió a su alma la paz. Una vez
más se cumplía lo que dice el Libro de los Proverbios: "Triunfarán los que saben
pedir consejos". Pero ahora le iba a llegar un tercer tormento.
Una voz interior le dijo: "Hasta ahora has sufrido ataques
venidos del interior. Ahora empezarán los ataques que llegan desde el exterior". Y
así sucedió. Pronto empezó a experimentar la ingratitud, y la pérdida de los amigos y
de la buena fama. Sus paisanos se dividían en dos clases: los fervorosos y los relajados.
Los fervorosos querían que se cumpliera exactamente los deberes de piedad. Entre ellos
estaban Enrique Susso, su profesor Eckart y el gran predicador Taulero. Pero los otros
eran mayoría y empezaron a perseguir a Susso.
Durante 37 años había recorrido campos y ciudades predicando.
Había obtenido curaciones milagrosas. En pleno sermón vieron su rostro rodeado de
resplandores. Pero insistía muy fuertemente en que había que dedicarse con toda seriedad
a la santidad, y esto no agradaba a los relajados. Y entonces se valieron de la calumnia.
Se valieron de un muchacho mentiroso para inventar que él había
cometido sacrilegios. Logró comprobar que era inocente. Luego inventaron que Enrique
había tratado de envenenar a una persona. Pronto se supo que eso era mentira. Lo acusaron
de haber inventado un milagro, pero los mentirosos quedaron al descubierto. Fueron tantas
las acusaciones que tuvo que huir por un tiempo a Holanda. Allá lo acusaron de haber
escrito herejías contra la fe. El logró probar que todo lo que había escrito estaba de
acuerdo con nuestra santa religión.
Luego le llegó otro sufrimiento: su hermana, que era religiosa,
perdió el fervor y se retiró de su comunidad. Enrique ofreció por ella una grave
enfermedad que él tuvo que sufrir, y con este sufrimiento logró que la prófuga volviera
otra vez al convento donde pasó santamente sus últimos años.
Enrique estaba dirigiendo espiritualmente a una mujer que lo
engañaba diciéndole que ella se estaba convirtiendo de su mala vida. Pero cuando el
santo sacerdote se dio cuenta de que aquella mujer le mentía, se negó a seguirle dando
dirección espiritual. Entonces ella en venganza inventó el cuento de que él era el
padre de una criatura que ella tenía. Y algunos hasta creyeron porque el religioso
demostraba mucha caridad para con el pobre niño. Entonces el Superior General de la
Comunidad mandó hacer una severa investigación y se supo que todo eran cuentos de
aquella perversa mujer.
Fue nombrado Enrique como superior de un convento de Padres
Dominicos y aquel convento estaba terriblemente endeudado. El nuevo superior en vez de
dedicarse a pedir limosnas o a conseguir empréstitos lo que hizo fue recomendar a sus
religiosos que se dedicaran a celebrar con mayor fervor la santa misa y a rezar con mayor
fe y devoción. Muchos se burlaban de él diciendo que era un hombre que no ponía los
pies en la tierra y que se imaginaba que con rezos se pagaban las deudas. Pero poco
después un hombre rico sintió una inspiración interior de que debía ayudar a aquel
convento y llegó con veinte libras de monedas de plata y con esto se pagaron todas las
deudas.
Los últimos años los pasó el Padre Enrique dedicado a dar
dirección espiritual a las religiosas, especialmente a las dominicas, las cuales lo
consideraban un verdadero hombre de Dios y un guía espiritual sumamente acertado.
Le ofrecieron altos puestos pero una iluminación interior le dijo
que si quería llegar a altos puestos en la santidad tenía que huir de los cargos que
producen muchos honores. Y por eso se mantuvo siempre entre los más humildes y
desconocidos aunque su sabiduría y sus escritos y su santidad lo hacían resplandecer
ante muchísimas gentes piadosas que lo admiraban fervorosamente.
Murió en 1365, y dicen que su cuerpo permaneció muchos años
incorrupto. Pero después el templo donde estaba enterrado pasó a poder de los
protestantes y no se volvió a saber de sus restos.
Tuvo muchas visiones y se le apareció la Sma. Virgen María a
traerle mensajes celestiales. En una de sus visiones preguntó qué medios debería
emplear para alcanzar más fácilmente la santidad y la salvación y le fue respondido:
"Negarse a sí mismo; no apegarse a las criaturas; recibir todo lo que sucede, como
venido de la mano de Dios, y ser infinitamente paciente y amable con todos, aún con los
que son ásperos e injustos en su modo de tratarlo a uno".
San Alfonso de Ligorio al meditar
en las mortificaciones y en los sufrimientos de este hombre de Dios exclamaba: "Qué
pequeños nos sentimos nosotros ante estos campeones tan valerosos para sufrir todo por
amor de Dios y por la salvación de las almas". |