Y se lavó las manos

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Crucifixión - ARC

“Y se lavó las manos”

  El flagelum azotaba la piel, dejaba
laceraciones dolorosas y cicatrices permanentes pero el condenado seguía
viviendo luego del castigo; en cambio el flagrum descarnaba y provocaba
la muerte del condenado en un feroz traumatismo consecuencia de deshidratación,
cuantiosa pérdida de sangre y múltiples heridas por las porciones de carne
arrancadas al cuerpo.

El flagrum romano era un látigo de tres correas
que en cada extremo tenían a su vez tres puntas a las que en sus terminaciones
les eran amarrados unos huesos de borrego, llamados astrágalos, a manera de
mancuernas, huecos, de forma cóncava y filosos en sus orillas. En ocasiones los
astrágalos eran sustituidos por bolas de plomo moldeado que imitaba la forma de
los huesos pero que eran más pesados para lograr un impacto más fuerte en el
cuerpo del condenado. Luego de impactarse, por lo filoso de su contorno, las
mancuernas cortaban y se hundían en la carne que llenaba sus cavidades. Al ser
retirado el flagrum por el verdugo, arrancaba porciones de carne dejando
profusos sangrados y oquedades de tejido. Otro tipo de flagrum, usado solamente
para desangrar y no para descarnar, era uno que tenía navajas atadas en sus
extremos en lugar de los astrágalos.

Las sentencias a la flagelación eran diversas y se
especificaba el instrumento de castigo a utilizar, flagelum, o flagrum con
navajas o con mancuernas. Se dictaba un número de azotes, que tenía que
ejecutarse obligatoriamente, y en ocasiones se seguía azotando al cadáver pues
el condenado moría antes de terminar la ejecución. Algunas
sentencias consistían en azotar alguna parte del cuerpo con el flagrum romano,
por ejemplo, flagelar las piernas o los brazos hasta desnudar los huesos.
Era  algo más que terrible.

Se sabe que Jesús fue flagelado antes de su
crucifixión, que se utilizó el flagrum romano y quedó desangrado y descarnado,
que fue presentado por Poncio Pilato ante un pueblo sediento de sangre que al
escuchar del procurador la expresión “¡ecce homo!” no le resultó
suficiente verle hecho pedazos y gritó, clamó y exigió, como si en ello le
fuese su razón de ser, su muerte en cruz: -¡Crucifícale Pilato, crucifícale!-.

 El Pretor
romano
, sabedor de que a Jesús lo habían llevado ante él por envidia y con
falsas acusaciones, había visto la oportunidad de conceder alguna de las dos
clases de amnistía que contemplaba el Derecho romano, la Abolitio,
consistente en la liberación de un preso aun no sentenciado, y la Indulgentia,
cuando se concedía indulto a un condenado; así que les ofreció elegir entre la Abolitio
a Jesús o la Indulgentia a Barrabás, un sedicioso que había cometido un
asesinato durante uno de tantos motines contra la opresión romana.

Los sacerdotes, al escuchar la amnistía que ofrecía Pilato
con motivo de la fiesta de Pascua, incitaron al Pueblo para que pidiera que les
soltase a Barrabás, por lo que el Procurador preguntó -¿y qué voy a hacer con
el que ustedes llaman el Rey de los judíos?- a lo que respondieron otra vez
-¡Crucifícale, crucifícale!-. Pilato entonces les dijo: -Pero, ¿qué mal ha
hecho?- y luego de sentarse en el litóstrotos, su sede de juez en el
tribunal, lo entregó a la terrible flagelattio romana con flagrum, para
después crucificarlo.

¿Porqué, si después de la flagelación con flagrum
Jesús habría muerto invariablemente, los judíos exigieron a Pilato que le
crucificara? ¿Qué intenciones ocultas de muerte escondían bajo la falsa
acusación en su contra? Previamente, en el Sanedrín, y de noche, los sumos
sacerdotes, los ancianos y los escribas habían determinado su muerte, pero
colgado de un madero para confirmar con la ley mosaica que moriría como “un
maldito de Dios” y borrar así de la fe del Pueblo, todo rasgo mesiánico hacia
su persona.

            El Procurador, que no había encontrado
culpa en Jesús, había sido presionado por las autoridades judías, que buen
cuidado tuvieron de hacerle saber que le acusarían ante el César de no condenar
a quien se hacía llamar “Rey de los judíos”, y provocaron que el pueblo
gritara: -¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!-.

            El grito sentencioso del Pueblo, que
exigía la muerte en cruz de un inocente, provocó que Pilato se llenara de
temor, y perdiendo toda autoridad que por el emperador romano le había sido
dada, arrinconado y reducido de Gobernador de Judea y Procurador de Justicia, a
una marioneta manipulada por intereses extraños, pidió que le acercasen una
palangana llena de agua.

 El mismo
Pilato, que había asegurado a Jesús tener poder para salvarle la vida, ya sólo
pudo ironizar el ritual judío de purificación... y se lavó las manos.