Se venden amigos

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¿Quién no ha experimentado la necesidad de tener un amigo? Ahora parece tan fácil. Basta tener la cartera llena y la voluntad de ir a los grandes almacenes, dirigirse a la zona de aparatos electrónicos, pagar en la caja y listo, amigo nuevo. Y es que el ser humano, lo sabemos, es el ser social por antonomasia. No puede vivir solo y busca quién le acompañe.

Hay caracteres y personalidades tan variadas como estrellas hay en el firmamento; temperamentos más abiertos, ricos y sociables que otros. Por eso, la tecnología, diosa de nuestros días, nos ha hecho el favor de suplir y crearnos “amigos virtuales”: los hay a modo de mascotas encajonadas en cajitas de cinco por cinco centímetros; otros, que en una pantallita nos ofrecen su rostro angélico… Algunos cuestan mucho pero valen la pena. Además sólo dicen cosas bonitas que te alzan el ánimo. Con estas máquinas, imposible enojarse y, si llegases a hacerlo, tienes la seguridad de que nunca te van a levantar la voz a modo de contestación. Jamás se van a sentir ofendidas, ni te van a decir, por objetivo y cierto que sea, que estás mal en tal o cual acción o decisión aunque, de suyo, lo sea.

Esto de tener amigos “hechos” (algo así como al antojo) es un estilo curioso de entablar amistad que día a día se hace más frecuente: sustituyen las amistades humanas y nos vuelven islas sociales so pretexto de sofismas como la falta de “química”, “clic” o “simpatía” con los demás, con nuestro entorno. Sin embargo, en el fondo nace esa inclinación a integrarnos, a sentirnos parte de una sociedad, de un ambiente, y no lo podemos evitar. Andar de tienda en tienda consiguiendo nuevos “amigos” es una muestra de ello.

Nos gusta sabernos queridos, apreciados; nos gusta que nos digan palabras cargadas de cariño, uno que otro piropo. Queremos una voz que nos alce los ánimos cuando estamos decaídos. Aunque esto lo puede hacer una maquina programada, sabemos, en conciencia, que no lo realiza porque nos tenga afecto y, menos todavía, porque sea capaz de formular mentalmente y articular lo que nos ofrece pues la hemos manipulado de antemano para ello.

Todos esos artefactos pueden bien suplir un mínimo sector de la necesidad de cariño y compañía pero jamás serán del todo veraces. Una amistad de carne y hueso, una verdadera amistad, de esas que se sufren, que se trabajan, que se forjan en el día a día de la vida; esas amistades que te brindan apoyo en el fracaso y comparten contigo en los momentos de éxito, son plenas porque saben apoyar y saben aconsejar según corresponda.

Probablemente esa necesidad de querer conseguir “amiguitos” que tienen como corazón un “chip” y como cerebro un “giga” procede de una actitud, un “poquitín” cerrada, depositada en ese afán nuestro de no ser reprendidos, de que nadie reproche nuestros errores y seamos soberanos absolutos en el conducir nuestra libertad según nos plazca, aunque el modo no sea el idóneo.

Pero aunque el último modelo japonés de máquina desarrollada llegue a parecer un androide, nos limpie la casa, nos haga “piojito” y dé masaje, no por ello dejará de ser eso, una máquina programada sin corazón, sentimientos y, lo que hace grande una amistad, sinceridad y comunicación.

¿No resulta más fácil y enriquecedor abrirse al conocimiento de otros seres humanos? Tal vez sólo es cuestión de quererlo, de aventurarse a la comprensión y aceptación de los demás; es más que cierto que en el mundo hay muchos con quienes nuestro “clic”, “simpatía” o “química”, puede tener un excelente campo de experimentación. De cada uno depende. ¿Se podrá?