SEMPER ET UBIQUE SACERDOS: ¿Cuáles son los miedos del sacerdote?

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Varias veces me han hecho esta pregunta, y aún con la poca experiencia de catorce meses en mi labor, no es complicado responder a esta cuestión. ¿Qué sientes los días previos a tu ordenación, y qué sientes ahora, catorce meses después?; ¿Cuáles son tus miedos? ¿Son los mismos que antes?
 
Resumo estas inquietudes en tres preguntas los así llamados “temores” del cura de hoy que, a mi modo de ver, reflejan al cura de ayer, al cura actual y posiblemente al cura de mañana:
a) ¿Sabes si son dignos?: la “mentira” litúrgica.
b) ¿Seré capaz?: la tremenda responsabilidad.
c) ¿Perseveraré?: la gran incógnita.
 
Unos más y otros menos hemos pasado, pasamos o alguna vez pasaremos por la “crisis” existencial que te propinan tales preguntas. Y es que ser sacerdote no equivale simplemente al resultado de cuatro o más años de estudios universitarios. Además del necesario ámbito académico, estas tres preguntas sintetizan lo que una persona es, quiere y busca realizar en su vida. Así por lo menos lo veo yo. Expliquemos estos tres “temores”.
 
1. ¿Sabes si son dignos?:
 
Esta es la pregunta que el obispo ordenante dirige al superior o rector que se ha encargado de la formación de quienes está por conferir el orden, al inicio del rito. La respuesta, formal y ritual: “Según el parecer de quienes lo presentan, después de consultar al pueblo cristiano, doy testimonio de que han sido considerados dignos”, no deja dudas… Y la ceremonia prosigue.
 
¡Es evidente que no soy digno! Por eso digo que es una “mentira litúrgica”. Pues aunque humanamente se ha hecho un camino de formación, discernimiento y valoración, NUNCA un hombre, por más que se lo crea, será digno de asumir y obrar cosas que pertenecen a otro rango, otra dimensión y categoría. Perdonar pecados, convertir pan y vino en la Persona misma de Cristo, sanar corazones, cargar con el dolor ajeno… Esto no es humano sino DIVINO. No es cuestión de merecer sino de agradecer. No es cuestión de cantidad de autoridad sino de cualidad de servicio. Por eso, la respuesta a esta pregunta que hace temblar la vida del cura, no la da ninguna pastilla, sino la conciencia de lo que Dios quiere que sea y del regalo y don que me ha dado, que no es para mí sino para los demás; don del que no he sido ni seré digno de merecer por mí mismo, pero sí digno de administrar por deseo de Dios. Esto significa ser ALTER CHRISTUS.
 
2. ¿Seré capaz?:
 
Y esta es la pregunta que asalta muchas veces mi vida y mi ministerio. ¿Podré con el paquete que implica ser sacerdote? Porque esto no es un título que te dan en la universidad sino un modo de vivir tu vida. Y además eres hombre público y lo que hagas no es indiferente, ni el cómo lo hagas o dónde lo hagas o a quién se lo hagas. Mi vida es para Dios y para los demás. Y esto comporta una tremenda responsabilidad. Cuántas veces, en momentos de oración o de silencio, me he hecho esta pregunta: “Pero, ¿seré capaz de llevar esta vida?” Porque –y lo digo de verdad- te ves débil, humano como todos; que eres egoísta, con defectos, con problemas personales o familiares, y además, cargando los problemas y necesidades de los demás. ¿Habré elegido bien o me equivoqué? Aquí, en esta pregunta, están las crisis de tantos y tantos hombres que como yo hemos sido ungidos sacerdotes.
 
La respuesta no está en nosotros. La solución a esta pregunta no me la puedo dar a mí mismo. Y es que el sacerdote es PUENTE entre Dios y los hombres. Esta es nuestra responsabilidad: ser puentes. Llevamos dones y talentos que no son nuestros. Si nos creemos nosotros los protagonistas, duraremos poco y nos cansaremos mucho y rápido. Si valoramos lo que somos, nos daremos cuenta que nuestra misión es dejar correr el agua de Dios por nuestro canal hacia los demás. Si Dios se la jugó con nosotros, Él se encargará de ayudarnos a mantener este puente en pie y este canal abierto. No es cuestión de cuánto puedo, sino de cuánto quiero dejarme actuar por Dios. Por eso, más que si seré capaz de llevar adelante este tipo de vida, se trata de si seré capaz de dejar que sea Dios el auténtico protagonista de mi vida; si yo le dejo ser ese puente y ese canal que necesita Él para llevar el agua y las gracias para todas las personas que lo necesitan. Se traduce en LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS.
 
3. ¿Perseveraré?:
 
Y ¡cómo no!, aun reconociéndome indigno servidor de Dios y de los demás -y siendo consciente que mi vida y acción no es solo mía sino sobre todo de Dios a través de mí-, nadie me garantiza que viva así toda mi vida. Que con el paso del tiempo pueda dudar, dejar el sacerdocio o no serle plenamente fiel  y generoso. Y viene la incógnita: ¿podré con todo esto hasta el último instante de mi vida? De esta inquietud nadie puede escaparse.
 
Para un sacerdote joven, como es mi caso, resuena fresco todavía en mi corazón el día de mi ordenación; la emoción, las ganas y la felicidad de esos momentos. Quizá para otros este momento ya es eco lejano de un pasado. Pero para unos y otros revivir nuestra ordenación, como para los casados el día de su boda, no puede guardarse solo en un álbum de fotos. Lo que ahí prometimos, lo que ahí sucedió con nuestras vidas, no fue mero sentimiento. ¡Es real! ¡Me cambió la vida! “La obra buena que Él comenzó, Él mismo la llevará a término”. No estamos solos. No vamos por la vida como vagabundos. Dios me llamó, me eligió -y repito: se la ha jugado conmigo. No he de dudar de Él. A veces no le podré distinguir, o se me nublará la vida, pero Él ahí sigue, ahí está, acompañándome jornada tras jornada.
 
He aquí la respuesta: Dios es mi garantía, la vida eterna es la meta. No me puedo equivocar. La perseverancia no está exenta de luchas, de fracasos y malos momentos. Pero, es verdad también, que ni estoy solo ni voy errante. Tengo a Dios conmigo, esa es la certeza, incluso sacramental. Si le sigo a Él no me perderé; si hago lo que Él me pide, perseveraré. Me vienen a la cabeza muchas otras cosas, pero aquí está lo que más me motiva a superar las “crisis” sacerdotales, más o menos momentáneas, que van llegando. En el centro de la vida una persona ha de estar el amor, máxime de un alma consagrada a Dios, de un sacerdote. Por amor Dios me llamó y yo le seguí; por amor me regaló el sacerdocio, que acojo con amor a Él y a cuantos Él ponga en mi camino; y por amor espero seguirle siendo generoso hasta el último instante, como sacerdote.