¿Sexo por curiosidad?

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Todo padre verdadero ha de adoptar a su hijo. Schiller dice que es el corazón lo que nos hace padres e hijos. Educar es tratar de sacar a flote en cada persona lo mejor de sí misma, ayudándole a liberarse de las esclavitudes que le vienen de fuera y, sobre todo, de las ataduras todavía más poderosas, que le vienen de su propio interior.   

Los padres son educadores por el hecho de ser padres; no necesitan título añadido alguno. Educar a un hijo no es lograr que “esté contento” a toda costa, que no le falte nada. Educarle es favorecer su desarrollo como persona, en sus conocimientos, en sus comportamientos, en sus convicciones y en sus actitudes. “La persona se logra cuando se siente amada y puede amar. Sólo quien ama educa de verdad”.  

Educar es algo parecido a plantar un árbol; requiere cuidado y muchas atenciones, es necesario quitar las hierbas dañinas y la maleza, echar abono y  darle apoyo para que pueda crecer derecho.  

Educar la fe es fundamentalmente facilitar la toma de conciencia de la presencia de Dios en el interior de los hijos, ayudarles a acogerla, a consentir en su llamada. En definitiva, educar a las personas en la experiencia de Dios presente en su interior, provocando la adhesión a la fe. La experiencia de dios es algo a lo que todos están llamados, especialmente los pequeños y los sencillos de corazón (cf. Mateo 11,25). “El hombre es un ser con un misterio en su corazón que es mayor que él mismo” (H.U. von Balthasar, La oración contemplativa, Ed. Encuentro, p. 16).  

Si no se educa en la fe se educa en la increencia. Todo educa o deseduca en una familia. La alegría es como el signo de la identidad cristiana. Escribía Gilbert cesaron: “La única prueba verdadera de la existencia de Dios es la prueba de la alegría”.  

La educación en la fe no es una carga pesada, sino una tarea gozosa y gratificante: es poner en lo más profundo de la existencia, los más sólidos fundamentos para que esa persona pueda ser feliz y alcanzar la plenitud humana, sea lo que sea lo que le depare la vida. Es el ejercicio más alegre, amoroso y apasionante.  

Todo ser humano necesita un hogar donde se sienta acogido y comprendido. El hogar debe ser un espacio de libertad. El hogar es fuerza creadora de seres para el encuentro, porque se ofrece como un lugar de descanso, de recuperación, de acogida… En nuestra sociedad abunda el anonimato, la despersonalización. Son legión los que se creen nadie. Es urgente que se sepan personas. La familia, dijo Juan Pablo II, “es el centro y el corazón de la civilización del amor” (Familiaris consortio, 13).  

La familia aporta estabilidad emocional a los individuos, y también arraigo de sentimientos de pertenencia, afiliación y solidaridad, necesarios para la cohesión social. La familia es la referencia esencial de la vida para la mayoría de los ciudadanos; es soporte en la enfermedad y en la ancianidad, en la soledad y extravío. Es ámbito de vida estable y recurso en momentos de crisis e indigencia. Por eso, minar la solidez de la familia es una irresponsabilidad.  

Después de la relación padres-hijos, son las relaciones entre hermanos el componente principal de las relaciones familiares. Las relaciones de fraternidad son el siguiente componente de la convivencia familiar; es la riqueza de compartir en igualdad un único amor: el de los padres.  

La familia posee una indudable función mediadora. En ella conviven las diversas generaciones, y, tratándose de una familia sana, hay comunicación de experiencias y sabidurías mientras se comparten ilusiones y decepciones. En la familia se pasa suavemente de lo privado a lo público y viceversa.  

La familia tiene sus propios mecanismos de intercambio y de comunicación ajenos tanto al dinero (mercado) como a la ley y la pena (Estado). La familia no presta una ayuda impersonal; hay un trato cara a cara. Donde hay familia hay consistencia ideológica y emocional, pero hoy, raras veces hay comunicación de los temas verdaderamente importantes o, si la hay, es de escasa profundidad.

Educar, ¿en qué? 

·        Educar en la libertad ante los bienes materiales, viviendo austeramente en una sociedad consumista.

·        En el sentido de justicia y del amor a los más pobres, especialmente.

·        En la fe como experiencia aportadora de sentido.

·        En el perdón que supera el rencor y las ansias de revancha.

·        En el respeto a la libertad ajena.

·        En la sexualidad como expresión de amor hecho entrega y servicio, frente a una sociedad que banaliza la sexualidad. Educar para el amor como don de sí. La sexualidad es una riqueza de toda la persona –cuerpo, sentimiento y espíritu- y manifiesta su significado íntimo al llevar a la persona al don de sí misma en el amor.

Educar desde la verdad 

Amar lleva a no engañar. Padres e hijos han de situarse en la verdad: reconocerse y aceptarse como son, sin fingir. No se trata de exigir por exigir, sino como una forma de amar. Quien de verdad nos quiere nos exige que demos lo mejor de nosotros mismos. Todo esto, combinando exigencia con comprensión. 

La educación es siembra. La cosecha vendrá después; tener paciencia es también dar oportunidades. Sólo educa verdaderamente quien ama. Le recriminaba un hijo a su padre: “Lo que eres me grita tan fuerte que no me deja oír lo que me dices”. 

El bien de los hijos es ayudarles a tener un corazón bueno, un corazón capaz de conmoverse ante la belleza y, sobre todo, ante las miserias humanas, un corazón capaz de darse a los demás con gestos constantes de servicio.