Sexting: una nueva modalidad de acoso a menores en internet

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Sara y Paloma volvieron de clase con la mochila repleta de deberes. Aquel día tocaba estudiar en casa de Sara. Ambas, alumnas de 4º de la ESO, acostumbraban a realizar los trabajos en pareja, algo que llevaban haciendo desde que entraron juntas en el colegio. Eran unas chicas responsables. Antes de comenzar con el trabajo de Historia, Sara encendió su ordenador para ver si Andrés estaba conectado al chat. “Es que es tan guapo...”, suspiró la joven.

 

-¿Y tú crees que le gusto? -preguntó a Paloma-. ¡Mira, me está escribiendo y dice que le envíe una foto! Eso está hecho.


-¡Ni se te ocurra, Sara! Podría enviárselas a sus amigotes, ya sabes cómo son...


-Tía, pero ¿qué dices? Te aseguro que Andrés no se atrevería a hacer una cosa así, no es como el resto de chicos. Además así aprovecho y le envío las fotos que me hice ayer al salir de la ducha...


-¡Estás loca!

 

Sara mandó las fotos. Eran, como cabía esperar, unas imágenes subidas de tono. Ya no había vuelta atrás y bien que lo iba a lamentar. Sin saberlo, había incurrido en sexting. Es así como se denomina a la difusión o publicación de contenidos -principalmente fotografías y vídeos- de tipo sexual, producidos por el propio remitente, utilizando para ello el teléfono móvil u otro dispositivo tecnológico. Sexting es una palabra tomada del inglés que une sex (sexo) y texting (envío de sms).

 

Ligera de ropa

 

Al día siguiente, en el colegio, Sara advirtió ser el centro de todas las miradas. En el patio, en clase, en los pasillos... allá donde fuera percibía un molesto runrún que se formaba cuando ella aparecía. Mal presagio... que terminó de confirmar Paloma cuando anunció a su amiga que todo el mundo en la escuela había visto en la red social las fotos que ella había mandado a Andrés. Ignorante e inocente, su caso pasó del sexting al cyberbullying, es decir, el hostigamiento, burla y humillación pública que se generan a raíz de unas fotos publicadas de un menor.

 

Cuando se lo comunicaron a Andrés, este negó cualquier implicación, ya que el día anterior había estado en el médico con su madre. Su hermano pequeño, que conocía la contraseña, había entrado en su cuenta de correo-chat haciéndose pasar por él. Esta suplantación de la identidad o cracking se produce con el robo o pérdida del dispositivo tecnológico o por el acceso -como es el caso- de terceras personas sin consentimiento. Algo parecido le sucedió a la actriz Scarlett Johansson cuando unos hackers lograron acceder a su teléfono móvil y difundir algunas fotos en las que aparecía semidesnuda.

 

Pero hay más tipos de sexting. Por ejemplo, el que le ocurrió a Begoña poco después de abandonar a su novio Carlos. Los jóvenes -17 años él y uno menos ella- salían juntos desde hacía meses. Carlos llevaba tiempo pidiéndole a su novia que se retratara en una postura sexy y le enviara el documento. Al principio, Begoña, rehusó satisfacer las peticiones de su novio, pues no acababa de sentirse cómoda ante tales sugerencias. Pero la insistencia del joven y la confianza que ella tenía en Carlos pesó más en su ánimo que la timidez (prudencia) demostrada hasta el momento.

 

En poco tiempo, el envío de fotografías resultó insuficiente para el joven, quien ya no se conformaba con ver a su novia ligera de ropa. La siguiente proposición fue algo más grave: Carlos le pidió grabar con el teléfono móvil las relaciones sexuales que mantenían esporádicamente. De nuevo se repitió la escena: la adolescente comenzó con un “jamás” para acabar aceptando. Eso sí, Begoña puso una condición: prohibido enseñarle las grabaciones a nadie. “Hecho”, contestó él.

 

Suicidio por agobio

 

Este caso de sexting es uno de los más frecuentes por constituir el envío de material a personas consideradas dentro de un determinado círculo de confianza. Eso, la confianza, es lo que acabó por romperse cuando Begoña dejó a su novio. Claro que ella, en ese momento, jamás imaginó el calvario que la aguardaba tras tomar tal decisión.

 

Carlos no encajó el golpe de buenas maneras y tomó represalias. En poco tiempo todas las fotos y vídeos que comprometían a su novia se convirtieron en el arma arrojadiza que el joven utilizó contra ella. Se trataba de un caso de sexting y cyberbullying, pero también de sextorsión. Se considera sextorsión al chantaje en el que alguien (mayor o menor de edad) utiliza determinados contenidos para obtener algo de la víctima, amenazando con su publicación.

 

Lejos de amilanarse, el despechado subió las fotos con su teléfono a una página web de contenido sexual sin el consentimiento de ella. Fue cuando Begoña deseó que la tierra la tragara. La joven, desesperada y sin nadie que la asesorara (no quería contárselo a sus padres) terminó llamando a la teleoperadora de la compañía telefónica para denunciar los hechos. 

 

Mientras, Carlos continuaba con el chantaje (sextorsión) y las repetidas humillaciones (cyberbullying o ciberacoso).

 

Peor suerte corrió Jessie Logan, una joven de 18 años de Cincinnati (EEUU), que se suicidó al no soportar la presión a la que fue sometida después de que su novio mandara a sus compañeros de colegio unas fotos en las que ella aparecía desnuda. Jessie, arrepentida por habérselas mandado, llegó incluso a acudir a un programa de televisión para pedir que dejasen de molestarla. Como eso no sucedió, la joven acabó ahorcándose.

 

Entablar amistad

 

No menos escabroso fue lo que le sucedió a Elena, una quinceañera asidua a los chats. La joven, que se divertía conversando por internet, jamás suplantó su identidad ni se inventó datos falsos sobre su apariencia física. Justo lo contrario que la mayoría. A tanto llegaba su ingenuidad que no tenía reparos en compartir sus fotografías con otros internautas. A pesar de su falta de apego a tomar precauciones, jamás le ocurrió nada malo... hasta que apareció Alfredo.

 

Efectivamente, la suerte de la joven cambió el día que se le abrió una ventana del chat en la que un tal Fredy le soltaba un escueto “¿qtal?”. Alfredo era un tipo solitario que rebasaba la treintena y que dedicaba gran parte de su tiempo a conocer a jovencitas a través de la Red. Él, con muchas horas de chateo a sus espaldas, sabía cómo ganarse la confianza de quien tecleaba al otro lado de la Red. Que la chica fuera menor no supuso un freno para él, si acaso un aliciente.

 

Fredy se hizo pasar por un chico de 18 años que buscaba “entablar amistad”. Poco a poco la joven fue cayendo en cada uno de los señuelos que el treintañero le iba preparando. Elena comenzó a satisfacer los deseos del jovencito Fredy, y conectó su webcam ante la que aparecía ligera de ropa. Las siguientes peticiones fueron aumentando de temperatura hasta el punto de exigirle desnudarse. Elena picó y picó en todos los anzuelos y -prácticamente arrastrada por la inercia- le mandó un buen número de fotos y vídeos en los que salía tal y como vino al mundo.

 

Una vez logrado el primer y dificultoso objetivo de aglutinar el material pornográfico, Alfredo pasó al ataque, es decir, al grooming. Así se le llama al conjunto de estrategias que desarrolla una persona adulta para ganarse la confianza del menor a través de internet con el fin último de obtener concesiones de índole sexual. Es decir, o haces lo que yo te diga o difundo tus fotos.

 

El grooming es algo parecido a la sextorsión, pero con la diferencia de que en este caso siempre implicaría el abuso de un adulto sobre un menor. De esta forma, los contenidos de un menor haciendo sexting llegan a manos de un adulto que decide usarlos para obligar al menor a satisfacer sus deseos sexuales. Justo lo que le sucedió a Elena.