Steve Jobs y la esperanza

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Todos quedamos conmocionados hace unos días al enterarnos del triste fallecimiento de Steve Jobs, uno de los pro-hombres de la cultura contemporánea, uno de aquellos que más han contribuido a plasmar nuestro modo de vivir: En efecto, todo el universo “i” (i-pod, i-pad, i-phone, etc), han revolucionado la vida ordinaria de millones de personas y creado una nueva manera de comunicarse, trabajar y divertirse en la sociedad. ¿Por qué su muerte puede ser un detonante de esperanza? Quizá por que nos ayuda a recuperar la noción del valor de la vida; redescubrir lo que significa el “factor humano”.
Tal vez estoy “violentando un poco la naturaleza de las cosas” en un deseo de llevar a toda costa “agua a mi molino”, pero lo cierto es que Steve Jobs, ese gran hombre al que ya nos habíamos acostumbrado a ver con frecuencia lanzando al mercado cada vez un nuevo producto más ingenioso, ese hombre que era capaz de crear necesidades que antes no teníamos, ese hombre que muchísimas personas han llorado fue un hijo no deseado. El hombre que era capaz de despertar nuevos deseos en millones de personas –deseos de poseer las últimas maravillas de la tecnología- ese místico del consumo e icono del sueño americano no fue planeado, ni deseado, y en su momento representó un difícil problema humano para sus padres.
La Providencia (¿habrá alguien que todavía crea en la casualidad?) nos da con su vida una valiosísima lección: la cultura que vive de satisfacer los deseos, y que todo lo sacrifica a la satisfacción de los mismos, incluso la vida de los “no deseados” (los abortos) tiene por uno de sus más grandes, valiosos y atractivos modelos a una persona no deseada, no planificada ni prevista. Cuando la racionalidad y el capricho nos impulsan a otorgar derecho de ciudadanía únicamente a aquellos que estaban planeados y vienen a satisfacer un deseo, uno de los más grandes creadores de deseos no ha sido a su vez deseado. En el fondo se trata de un “mentís” a una civilización que lo quiere programar y planear todo –incluso el origen de la vida- en aras de la racionalidad.
¿Qué lección nos ofrece la vida prematuramente llegada a su fin de Steve Jobs? Nos recuerda la importancia del “factor humano” que escapa a los intentos de encorsetamiento, planeación y clasificación, que violenta cualquier taxonomía: la libertad del individuo es un imponderable, la grandeza o la miseria humana imprevisibles, y es preciso contar con ello si no se quiere perder la medida de la realidad. Nos dice sencillamente que a los hombres no se les puede tratar sólo ni principalmente con criterios estadísticos; no puedo tratar a las personas –responsables, libres, creativas- como cabezas de ganado, como individuos de la misma especie, equivalentes e intercambiables entre sí: cada ser humano concebido es único e irrepetible, con nombre y apellidos, con historia personal.
En su momento Joanne Schieble hizo su elección (“choise” diríamos en inglés), y a pesar de ser estudiante y no estar casada, acepto brindarle una oportunidad al pequeño Steve que se formaba en su seno, sin haber sido planeado. No pudo casarse en un primer momento con el padre de Steve, la oposición de sus padres impidió tal unión, así que optó por darlo en adopción. Ciertamente en el momento en que Joanne tomo esa decisión, en realidad no había otra opción, no existía el “pro choise” que sólo en 1973 se hizo posible con base en una mentira dentro de los Estados Unidos, y de ahí ha pugnado y pugna actualmente por extenderse al mundo entero.
Si hubiera existido esa posibilidad, ¿qué opción hubiera tomado Schieble? Nunca lo sabremos, pero debemos estar agradecidos de que no fuera posible, gracias a eso tenemos en gran medida muchos de los elementos que integran nuestro mundo virtual, que poco a poco sobrepuja incluso al real. ¿Cuántos Steve Jobs hemos enviado, no a la fosa –no se les trata como cadáveres humanos, que eso son- sino al basurero? Tampoco lo sabemos, si es conocida en cambio la opinión de más de un sociólogo genocida, que opina que desde que se legalizó el aborto ha disminuido el crimen. Quizá, pero probablemente también muchos Steve Jobs –y no solo criminales- no han tenido la oportunidad de ver la luz del mundo, porque ya alguien antes que ellos consideró que no merecía la pena su existencia.
Por todo lo anterior la vida y la muerte de Steve Jobs nos recuerdan el valor absoluto que tiene una sola vida humana. Nos recuerdan que el hombre no solo es un número para la estadística, sino que tiene inteligencia, voluntad, creatividad, amor; que el hombre no solo ocupa un espacio sino que transforma, revoluciona y modifica su entorno, y que aquel que en un momento supuso un dolor de cabeza y un problema no pequeño para una pareja, después pudo contribuir a resolver millones de problemas y mejorar la calidad de vida de sociedades enteras.