El suicidio de los pueblos

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El suicidio de los pueblos

Un pueblo, una comunidad humana, deja de existir cuando pierde los vínculos de justicia, de paz, de colaboración, que servían como lazos de unidad. Cuando deja prevalecer los intereses de alguna parte por encima del bien común. Cuando ya no tiene el estímulo de un proyecto, de un ideal que reúna a todos en el esfuerzo por conquistar la meta. Cuando no recuerda por qué nació. Cuando niega sus raíces para lanzarse a aventuras promovidas por grupos de poder que sólo desean satisfacer sus ambiciones.

Sobre todo, un pueblo deja de existir cuando promueve la destrucción de la familia y cuando permite o fomenta el aborto como comportamiento socialmente aceptado. Cuando no nacen hijos porque la sexualidad ha llegado a ser vista como algo desligado de la procreación. Cuando el embarazo ha dejado de ser una esperanza para convertirse en un problema. Cuando permite la eliminación de embriones y fetos “enfermos” porque aprecia sólo la vida de los sanos y los fuertes. Cuando no reconoce el valor de cada ser humano por lo que es, sino sólo por lo que tiene, por sus “funcionalidades”.

Asistimos a múltiples señales de suicidio de comunidades y pueblos en Europa y en otros lugares del planeta. No sólo porque algunos miran con desdén la unidad política en la que nacieron y de la que dicen sentirse extraños, sino, sobre todo, por los ataques a la familia y a la vida.

Los promotores de leyes insolidarias no se dan cuenta de que el germen del suicidio está muy extendido. También entre quienes sueñan en autonomías o independencias basadas en los intereses de aquellos adultos que no aman la vida. Adultos que cavan una fosa delante de sus zapatos sin darse cuenta de su ruina, sin percibir que fomentan el fracaso de los pueblos que dicen defender.

Sólo hay futuro donde cada vida es respetada y amada. Sólo hay esperanza donde la justicia acoge la existencia del diferente. Sólo hay un pueblo con futuro donde el espíritu solidario mantiene unidos a hombres y mujeres desde el tejido básico de cualquier experiencia comunitaria: la familia.