Técnica: ¿liberación o esclavitud?

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Técnica: ¿liberación o esclavitud?

 

 

No podemos vivir sin la ayuda de la técnica. Desde la mañana a la noche, la técnica nos rodea, nos precede, nos acompaña, a veces nos gobierna... 

Despertamos en una cama, cubiertos por sábanas, ayudados por un reloj, acompañados por la luz eléctrica, aseados gracias al agua que llega desde tuberías y sistemas de control sumamente complejos. 

Desayunamos con alimentos conservados gracias a sustancias químicas, guardados en un refrigerador, calentados en una estufa o un microondas, servidos en un plato de cerámica o de plástico. 

Salimos de casa a través de una puerta hecha a prueba de incendios y ladrones, bajamos por el ascensor o la escaleras, subimos a un coche de gasolina o de diesel, o usamos el metro con sus cables, vagones y anuncios electrónicos. 

En la oficina o en la fábrica, todo es técnica: máquinas, computadoras, papeles, archiveros, hierros, sierras, poleas, básculas, tornillos, vigas y cemento. 

La misma técnica nos abre a un mundo casi infinito de informaciones y noticias. Nos llegan por la prensa, la radio, la televisión, el internet, o los mensajes que leemos en el móvil, el messenger o la cuenta del e-mail. 

Hemos de reconocer que la técnica nos facilita tantas cosas: comida, vestido, aire acondicionado, transporte, trabajo... Nos abre mil caminos, nos descubre horizontes inmensos de posibilidades antes ni soñadas por los hombres del pasado. El mundo se nos ha hecho pequeño, cercano, a la mano: basta un boleto o un click en la computadora para ver panoramas de tierras y de gente de muy lejos. 

Pero tanta técnica, ¿nos ha hecho más humanos, más solidarios, más felices? ¿Nos ha abierto a relaciones más profundas con los amigos, a una vida más alegre en la familia, a una reflexión más profunda ante el sentido auténtico de la vida humana? 

La técnica nos ha liberado de trabajos que podrían ser vistos como algo pesado, difícil, cansado. Pero existe siempre el peligro de que las posibilidades técnicas se conviertan en un reclamo continuo que poco a poco ahogue nuestro tiempo, hasta esclavizarnos por no haber sabido usarla como lo que es: un instrumento, un medio, una ayuda para vivir de un modo más humano. 

Sería triste que la computación, la facilidad de los transportes, el mundo siempre nuevo de las diversiones y los juegos nos llevasen, poco a poco, a la angustia, al sentirnos esclavos de tantas solicitaciones que nos llevan a pegarnos a una pantalla o a un libro y a olvidar lo importante que es un rato de diálogo con un familiar o con ese amigo que se siente solo y necesitado de escucha paciente y sincera. 

Para que las cadenas de la técnica no nos ahoguen, para no terminar esclavos de sus espejismos de felicidad, hemos de tener siempre presente lo más importante, lo más profundo, lo más rico de nuestra vocación humana: dejarnos amar y vivir para amar a quienes viven a nuestro lado. 

Tal vez dejaremos de lado algún último modelo de un cacharro electrónico, pero será para emplear el poco tiempo de nuestro vivir terreno en cosas más sencillas y más buenas: la búsqueda de la verdad, el compromiso en el amor, la lucha por la justicia, la acogida de la bondad infinita y fascinante del Dios amante de la vida.