Para tener una nueva vida. Saber dar el mejor de los regalos

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Para tener una nueva vida

Saber dar el mejor de los regalos

1) Para saber

Se cuenta que San Luis, rey de Francia, cuando alguno de sus hijos recibía el Bautismo, lo estrechaba con alegría entre sus brazos, y lo besaba con un gran amor diciéndole: “Querido hijo, hace un momento sólo eras hijo mío. Pero ahora lo eres de Dios”. Es una gran verdad que, a partir del Sacramento del Bautismo, las personas adquieren una relación muy estrecha con Dios, se vuelven sus hijas.

El Espíritu Santo logra en cada bautizado una transformación interior, que consiste en hacernos partícipes de una nueva vida. Cuando rezamos el Credo y decimos “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida...”, queremos significar que nos proporciona una nueva vida. No se trata de la vida natural, sino de una vida espiritual, es la vida de la gracia, y es vida divina. Esa vida nueva, nos fue obtenida gracias a la redención obrada por Jesucristo.

2) Para pensar

En ocasiones, cuando nace un hijo, los padres lo colman de regalos, incluso le regalan cosas que aún no puede apreciar o usar. Por ejemplo, un papá le regaló a su hijo un balón de futbol, y nadie se atreve a criticarlo, ya que es muestra de su amor. Pues hay un don más valioso que cualquier regalo y es el don de la gracia que recibe a través del bautismo. Por ello es muy importante es bautizar a los hijos desde que nacen, haciéndoles partícipes de este gran regalo.

Pocas relaciones hay tan estrechas entre las personas como la que se da entre un hijo y sus padres. Los padres contribuyen con Dios en darle la vida a su hijo. Dios crea el alma espiritual y los padres ayudan en la concepción de su hijo; esa es la razón por la que se dice que Dios crea y los padres “procrean”, es decir, ayudan a la creación de un nuevo ser.

Así como el nuevo ser es hijo de sus padres por recibir de ellos la vida natural, también se vuelve hijo de Dios al recibir la vida sobrenatural. Dios ha querido ser nuestro Padre y nos da una nueva vida. Es una vida más valiosa e incluso más duradera que la natural, pues se sigue teniendo incluso después de la muerte. De aquí se deriva el inmenso valor que tiene cualquier persona humana. El Papa Juan Pablo II lo recordaba en una de sus encíclicas: “El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la misma vida de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal” (El Evangelio de la Vida, n.2).

Pensemos si valoramos y respetamos la vida de cada persona, incluyendo la propia, procurando nunca perder esa vida divina.

3) Para vivir

Sabiendo el gran valor que tiene la gracia, podemos fomentar entre nuestros conocidos que reciban el bautismo quienes aún no tengan este sacramento o que recuperen la gracia, por el sacramento de la penitencia, quienes la hubieran perdido.

Dice San Pablo: “Hijos de Dios son los que son guiados por el Espíritu de Dios” (Rom 8, 14). Hemos recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos permite llamarle Padre a Dios. Podemos fomentar nuestro trato con el Espíritu Santo, acudiendo a Él con frecuencia y pidiéndole nos aumente la gracia para que nos sintamos cada vez más hijos de Dios.