¿Tú también tienes un "chip liberal"?

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   Hace poco un amigo me comentaba:

-¿Te has fijado que muchos mexicanos parece que tienen la cabeza como una especie de “chip liberal” que les impide manifestarse como católicos de forma natural y sencilla?

-A ver, me interesa el tema, detállamelo un poco más. –le contesté.

-Me refiero a que, dentro de la actividad profesional o en la vida pública, cuando a una persona le preguntas abiertamente si es creyente y va a Misa los domingos, invariablemente titubea, vacila, da la impresión de que “se le queman los fusibles” y no sabe qué contestar. Recientemente me encontré a un amigo que iba saliendo de una iglesia y como pregunta meramente formularia, le dije:

-¿De dónde vienes?

Y me respondió:

-Vengo “de por allá” –me dijo-, sin atreverse a decirme que había pasado a visitar el templo.

-¿Piensas que existe un miedo o vergüenza a externar la fe sin tapujos?-le pregunté.

-Desde luego, como dice la letra del viejo corrido de “Juan Charrasqueado”, algunos prefieren que se les tome por “borracho, parrandero y jugador” antes de que se les considere ser buenos practicantes de su religión. Es más, existe un acentuado horror a que se les tilde de “mochos”. Es un adjetivo que muchos lo consideran insufrible. Cuando ser cristiano debería de ser un timbre de orgullo.

-¿A qué se deberá esta actitud de algunos católicos en México?-le volví a cuestionar.

-Me parece –reflexionó en voz alta- que todo el siglo XIX con su marcado liberalismo hizo estragos en muchos creyentes. Luego vinieron los más de 70 años del PRI-Gobierno en que se vivía una pintoresca simulación. Tú estabas enterado, por ejemplo, de que un funcionario público había estudiado en una escuela cristiana, había sido bautizado, provenía de familia piadosa, incluso de niño había sido hasta monaguillo. Pero, en ese mundo de las apariencias y del temor a “no quedar mal”, aquel político era una especie de tumba para con sus antecedentes biográficos y jamás revelaba ese tipo de información porque “podía poner en juego su carrera” o, si era profesionista, “arriesgaba su buena fama o reputación”.

-En efecto, yo recuerdo –le añadí- que cuando estaba en la primaria, a principios de los años sesenta, de pronto se presentaba en el salón el Director de la Escuela y le pedía al profesor y a nosotros -los alumnos- que escondiéramos los crucifijos, todas las imágenes de la Virgen María, de los santos y cuanto asunto vinculado existiera por doquier, debido a una inesperada noticia: ¡Acaba de avisar por teléfono el Inspector Escolar de la Secretaría de Educación Pública que esa mañana nos iba a visitar! Y había que cuidar las apariencias y fingir que en ese centro educativo no se practicaba ninguna religión, cuando la verdad era que el señor Inspector conocía perfectamente qué formación se impartía en el plantel.

Es verdad que la legislación hasta entonces vigente mantenía leyes persecutorias contra los creyentes y ponía en riesgo las instituciones educativas oficialmente católicas y, entonces, no había más remedio que “jugar ese doble juego”.

Luego, durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari se establecieron las relaciones Iglesia-Estado, se nombró a un embajador de México ante el Vaticano y la Santa Sede envió a un Nuncio. Pero, entre la población permaneció esa desconfianza, esa inseguridad, ese titubeo a manifestar cristalinamente la fe.

Hasta aquí la conversación con mi amigo. También recuerdo que en aquel primer viaje de Su Santidad Juan Pablo II a México, en enero de 1979, no se le recibió con los honores de Jefe del Estado Vaticano sino que el Presidente José López Portillo, al bajar el Pontífice las escalerillas del avión, en el aeropuerto capitalino, simplemente le dijo:

-Su Santidad, está usted en su casa. Bienvenido.

Y a continuación el Primer Mandatario desapareció sigilosamente, mientras que por todas las calles estallaba una algarabía incontenible de alegría y regocijo ante la primera visita del Sucesor de San Pedro, el Vicario de Cristo en la Tierra, que duró desde el primer instante en que pisó tierras mexicanas hasta el último momento, cuando se despidió de los regiomontanos.

El día de su despedida de la Ciudad de México, yo me encontraba en las tribunas del hangar del aeropuerto y pude observar un espectáculo insólito. Todo aquel numeroso contingente que custodió durante su estancia en nuestro país al Papa (guardias presidenciales del Estado Mayor, custodios, policías, etc.) en el último momento en que el Santo Padre iba a subir al avión, se desabotonaron sus camisas y le mostraron en sus pechos al Romano Pontífice cuadros de la Virgen de Guadalupe, de otros santos, medallas escapularios, rosarios, estampas religiosas, etc. y le pidieron que se las bendijera. Con gran serenidad y una amable sonrisa, Juan Pablo II fue bendiciendo todas esas manifestaciones concretas de fe verdadera, aunque solapada por las circunstancias adversas. Se detenía con cada uno, los persignaba en la frente, les daba las gracias por haberlo cuidado, les comentaba que extendía su bendición a todas sus familias. Parecía no tener ninguna prisa ante la emoción desbordada de todo ese personal que celosamente cumplió con su deber.

En pleno vuelo de retorno hacia Roma, sostuvo una rueda de prensa. Le preguntaron sobre la fe de los mexicanos. El Papa comentó que era admirable y que le recordaba mucho a su tierra natal, Polonia, que también había sufrido numerosas persecuciones. Y que esperaba que “México fuera siempre fiel” a pesar de las dificultades históricas para practicar con libertad la religión.

Considero que actualmente los tiempos han cambiado. Me parece que ha llegado el momento de perder esos temores y de confesar abiertamente la fe y de romper con las inercias anteriormente mencionadas. Es una necesidad imperiosa que toda mujer y todo hombre tiene, de darle un sentido trascendente a su existencia. Hay verdades que no se pueden callar porque uno de los derechos fundamentales que todo ser humano tiene, es la de practicar con libertad su religión y sus personales convicciones.

Es importante vivir una vida congruente entre lo que se cree y la conducta diaria que se ejerce en el trabajo, en la familia, en la convivencia cotidiana, en los ratos de esparcimiento. Cuando hay un divorcio entre fe y razón, vienen esas manifestaciones equivocadas de temores, incertidumbres y actitudes dubitativas. ¡Qué importante es que cada uno de nosotros luchemos por extirpar de nuestras mentes ese dichoso “chip liberal”! ¡Y que con nuestras palabras y nuestras vidas brindemos a los demás ese atrayente ejemplo del orgullo de ser cristianos!