Un burro y un buey / Cuando la irracionalidad se volvió sabia

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Según la tradición, junto al Niño Dios, en el establo de Belén había un burro y un buey. No sin una razón bíblica: «Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo», dice el profeta Isaías. Se antoja, además, una razón práctica: los dos animales, con el calor de su cuerpo y la humedad de su aliento, servirían de improvisada incubadora al recién nacido. Pero ninguno de los dos tiene buena fama. El burro simboliza la imbecilidad, la necedad, la terquedad, por decir lo menos. El sustantivo “buey”, por su parte, con una extraña variante en “g” y con diéresis, se ha convertido en apelativo unisex y universal, no muy laudatorio. El caso es que estos dos iconos de la irracionalidad son figuras de primer plano en Navidad. Desde que San Francisco de Asís los colocó junto al Niño Dios en el primer nacimiento de la historia, su presencia en cada nacimiento es casi tan obligada como la de María, José y el Niño. Cabe pensar, por tanto, que detrás de sus ojos impávidos y de su inexpresivo rostro, ha ido fraguando una sabiduría madurada a lo largo de siglos de contemplación. Si les dejásemos hablar, ¿qué dirían el burro y el buey a los hombres de hoy? A los racionalistas les dirían que el misterio de la Navidad sólo se comprende desde el corazón. Que es preciso apearse de la lógica y descalzarse los cerebralismos para contemplar con fruto a un Niño dormido. A los pesimistas les dirían que aquel Niño ha sido la mayor esperanza cumplida y aterrizada, tan contundente como su carne y tan olorosa como sus pañales. A los frustrados y enojados con la vida les dirían que también el Niño comenzó la suya en medio de problemas. Que el hecho de ser Dios no le ahorró ninguna mala suerte. Y con todo, no hizo más que sonreír. A los inconformes les dirían que el Niño fue el primero en asumir los imprevistos, los reveses y las incomodidades como gajes del oficio. A los descreídos les dirían que lo esencial es y seguirá siendo siempre invisible a los ojos. A los eficientes les dirían que la verdadera productividad está en dejarse quemar y transformar por el amor que se irradia cada año desde el portal de Belén. A los tristes y nostálgicos les dirían que todas las nostalgias confluyen en la añoranza de Dios, y una vez que ese Dios se ha encarnado y está vivo entre nosotros, debería quedar espacio sólo para la alegría. A los escépticos les dirían que la Verdad existe, que reposa en un pesebre y tiene como eco el resplandor de una estrella. A los extraviados les dirían que ya no busquen más camino; que sólo sigan las huellas de ese Niño. Y a los muertos les dirían que ese cuerpecito blando acabaría en cuerpo rígido para abrirles así, con su muerte, las puertas de la vida.