Un cuerpo incorrupto

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El pequeño Mario Ángel viajó con sus papás, Celia y Felipe a Europa para visitar a una de sus tías. Ella había ingresado con las Hermanas de la Caridad, en una comunidad de religiosas en Nevers, Francia. Cuando el niño llegó al lugar se quedó admirado porque en la iglesia del convento observó que se mostraba el cuerpo de una joven mujer a través de una urna de cristal. Mario comentó: “Es como el cuento de Blanca Nieves” Y luego preguntó: “¿Está dormida esperando que un príncipe la despierte con un beso?”. Celia se sonrió y le dijo: “¡No! Es Santa Bernardita. A ella se le apareció 18 veces la Virgen en el poblado de Lourdes, Francia, en 1858. Después de aquellas apariciones se hizo religiosa y entró a esta comunidad. Murió en 1879 a los treina y cinco años de edad y desde entonces su cuerpo se ha mantenido incorrupto”. El pequeño hizo cuentas y se quedó admirado. Entonces exclamó: “¡Tiene más de ciento treinta años y permanece como si estuviera durmiendo!” Don Felipe le explicó: “Dios ha querido que algunos cuerpos de santos y santas se conserven en una forma inexplicable y milagrosa. Así también se conserva el cuerpo de San Charbel, en Libano y otros más”. Mario Ángel preguntó: “¿Por qué Dios permite esos milagros?” Doña Celia la dijo: “Cristo predicó muchas veces que Él es el Camino, la Verdad y la Vida, y que quien creyera en Él no moriría para siempre. Para demostrar que sus palabras eran verdad resucitó a varias personas y nos prometió que al final de nuestra vida viviríamos con él eternamente. Por eso, Dios permite que algunas personas que se han caracterizado por vivir una vida de santidad, no sufran la corrupción de su cuerpo. Es como una prueba de la vida eterna que Dios nos dará a todos los que creemos en él” El pequeño entendió que todos los cuerpos sufren la corrupción en el sepulcro y terminan convertidos en polvo. Pero también comprendió que, para ayudar a aumentar la fe de los fieles, Dios concede ciertos privilegios a los santos. Entonces dijo: “Si yo fuera Dios, no permitiría que mis papás se murieran porque los amo con toda el alma. No me gustaría saber que sus cuerpos se desintegran por la muerte”. Doña Celia suspiró y le comentó: “Eso mismo pensaba Jesucristo, por eso le concedió a San José y a la Virgen María vivir con él eternamente. Y para que constara que la Virgen había vivido sin pecado toda su vida, no permitió que su cuerpo sufriera la corrupción del sepulcro”. Don Felipe le dijo al niño: “La Virgen María llevó en su seno al Salvador del Mundo y, además fue la mejor cristiana de todos los tiempo. Se caracterizó por ser siempre fiel y obediente a Dios, y nunca cometió pecado. Por eso merecía un don especial. Cuando llegó su momento final en la tierra, Dios decidió asumirla, tomarla y llevarla en cuerpo y alma a su presencia. La tradición cuenta que los apóstoles la llevaron a sepultar en un sepulcro de piedra en el monte Sión, pero Tomás no estaba con ellos porque venía de muy lejos. Pocas horas después, cuando regresaron con Tomás al sepulcro vieron que el cuerpo de la Virgen ya no estaba y, en su lugar, había cientos de flores maravillosas”.

Mario Ángel comentó: “Esa fue una muestra maravillosa del amor de Cristo por su madre, pero además es una prueba de lo que hará con todos los que lo amamos. Si Dios puede hacer que algunos santos conserven su cuerpo incorrupto, con mayor razón lo pudo hacer con su madre amada” Doña Celia concluyó: “Por eso el quince de agosto celebramos la Asunción de la Virgen.

Eso significa que fue asumida, asunta, tomada o llevada por Dios a los cielos. Y en un misterio del rosario la recordamos coronada por Dios como reina de los cielos