Un tema clave de Benedicto XVI: ¿cómo conversar con Dios?

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Al inicio de la Jornada Mundial de la Juventud en España, es interesante hablar de un tema que el Papa Benedicto XVI ha venido exponiendo desde el inicio de su Pontificado: la oración o meditación personal.

Nos encontramos en la sociedad contemporánea con muchos hombres imbuidos en las prisas, en la ansiedad, en el stress, en el acelerado ritmo que se impone en las modernas urbes y, al parecer, no tiene tiempo para la más mínima reflexión sobre sí mismo ni menos de buscar a Dios.

Tal vez por eso han tenido éxito todos esos libros y talleres de “meditación trascendental”, de influencia budista, que pretenden hacernos creer que nos comunicaremos con Dios, partiendo de la paz y la tranquilidad, pero vaciándonos completamente de nosotros mismos.

El Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz, cuando estuvo de Embajador de México en la India, confesaba con transparencia: “Buscaba a Dios y me acerqué a la meditación budista y allí no lo pude encontrar. Tan sólo hallé vacuidad, un oscuro abismo y la ausencia completa de Dios”

Un hijo de Dios, bien lo sabemos, tiene muy en claro que Dios es su Padre y, por lo tanto, no necesita de métodos ni recursos extraños a la doctrina de cristiana para dialogar íntimamente con Él.

Lo puede hacer en el momento y en el lugar que quiera. Podríamos decir, en lenguaje ordinario, que siempre tiene a la mano un teléfono celular para hablar con Él y comunicarle sus más íntimas inquietudes en pleno bullicio de la calle y en el intenso tráfago de su labor profesional.

Sin duda, una frase de Santa Teresa de Jesús define con gran acierto y profundidad qué es la meditación personal: “ese trato de amistad, a solas, con Quien sabemos que nos ama”.

Porque Jesús se pasó muchas horas de meditación, algunas veces noches enteras, o levantándose antes del amanecer para dialogar con su Padre en un huerto o en un lugar descampado. Les causó tanta impresión esta actitud de Jesús a sus Discípulos, que le pidieron: “Señor, enséñanos a orar”.

¿Pero a qué oración se refiere el Romano Pontífice? No es propiamente la oración vocal. Por ejemplo, cuando rezamos un Padre Nuestro, un Avemaría, etc., que por supuesto hay que hacerlo y es de gran provecho y utilidad para nuestras almas.

A lo que el Papa invita a los jóvenes y a todos los cristianos es a tenerle a Dios la confianza de un hijo con su padre, de modo que, se pueda detener a platicar con Él, aunque sean unos cuantos minutos pero de forma diaria y constante, ya sea en la soledad de una iglesia o en la tranquilidad de su hogar.

Benedicto XVI gusta ponernos de ejemplo a Moisés cuando hablaba largamente con Dios en el Monte Sinaí: “cara a cara, como cuando alguien habla con su mejor amigo”.

Y añade que equivocadamente piensan algunos que para platicar con el Señor se requieren de largos y elaborados discursos, cuando la verdad es que basta incluso con la disposición interior, de sentarnos a contemplarle.

Como cuando llegamos a nuestra casa, nos sentamos en el sillón de la sala, en compañía de nuestros seres queridos, y con unas cuantas breves frases, ya estamos platicando con ellos.

En otras palabras, para conversar con Dios se requiere de ser sencillos como niños, auténticos, espontáneos y contarle de los asuntos ordinarios que hemos tratado durante ese día.

¿Pero cómo orar, nos pregunta el Papa? Un camino seguro es tomar los Santos Evangelios, que es la Palabra de Dios, y contemplar las escenas de la vida de Cristo: sus enseñanzas, sus parábolas, sus edificantes ejemplos.

Partiendo de esos textos, cuestionarnos lo siguiente: ¿Qué me dice Dios a mí, el día de hoy, con la lectura de este pasaje del Evangelio? ¿En qué puntos concretos debo de mejorar en mi vida?

El Romano Pontífice afirma que, sin duda, ello nos lleva al compromiso de superarnos cada día en nuestra vida de cristianos e imitar a ese Modelo de perfección, que es el mismo Jesucristo.

San Josemaría Escrivá de Balaguer nos animaba a “meternos en el Evangelio como un personaje más”. Es decir, aprender a utilizar la imaginación positivamente y pensar, por ejemplo, que estamos a los pies del Maestro escuchando el Sermón de la Montaña, admirando sus portentosos milagros, o haciendo las veces de Simón de Cirene, ayudando a Jesús a cargar la Cruz hasta el Monte Calvario.

Este santo de nuestro tiempo, decía que -en lo personal- le servía mucho este recurso. Y le resultaba muy aprovechable para “vivir a fondo el Evangelio”. Por ello aconsejaba leer las Sagradas Escrituras con pausa, serenidad y atención.

¿Pero de qué hemos de hablar con Dios? ¡De todo! De nuestros asuntos, de nuestros proyectos, planes, trabajos, de lo que nos alegra o lo que nos preocupa. ¿Nos son acaso los padres, hermanos, esposa, hijos, los primeros en interesarse por lo que realizamos cotidianamente? Pues con más razón nuestro Padre-Dios.

Al poco tiempo de que el ahora Beato Juan Pablo II fuera nombrado Sucesor de San Pedro, pronunció unas palabras que a mí me resultan conmovedoras:

“”La oración es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios.

“Por tanto, no podemos menos que abandonarnos en Él, nuestro Creador y Señor, con plena y total confianza (…). La oración es, ante todo, un acto de inteligencia, un sentimiento de humildad y reconocimiento, una actitud de confianza y de abandono en Aquel que nos ha dado la vida por amor.

“La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, una diálogo de confianza y amor”.

Hace poco me preguntaba un amigo: “-Oye, ¿se puede hacer oración cuando estás en un embotellamiento de tráfico y te pones de mal humor?” Le respondía: -Si te tomas ese suceso con calma y ves el lado positivo, podrías concluir: ‘tengo media hora más para conversar a solas con mi Padre-Dios’. Verás qué buen resultado te da este recurso.

En definitiva, me parece que este tema sobre el que tantas veces nos ha animado a que lo practiquemos el Papa Benedicto XVI puede tener un efecto verdaderamente “revolucionario” en nuestras vidas.

En vez de concebir a Dios como un ser lejano y distante a nuestra existencia y ocupaciones cotidianas, con su gracia, podemos transformar ese trato y considerar al Señor como nuestro mejor Confidente y Amigo. Y, por supuesto, nuestra vida se llenará de paz, alegría y serenidad. Sin duda, este trascendental tema lo expondrá de nuevo en la Jornada Mundial de la Juventud.